Edición 66 - Septiembre 2011

Retrato de un hijo del Valle del Sinú

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Mientras corta con destreza un pedazo de carne de res, Juan Bautista López, o “bola negra”, como le dicen sus amigos, me va contando sobre su vida en ese lugar de magia y tristezas que es la costa Atlántica, hogar del poeta Raúl Gómez Jattin y los ejércitos privados de la familia Castaño Gil, algunos de cuyos miembros han estado asociados al narcotráfico y al paramilitarismo. Además, donde creció Juan, en el departamento de Córdoba, también se encuentran las llanuras bañadas por el río Sinú, aptas para la ganadería extensiva. En estas tierras se halla la finca de Álvaro Uribe Vélez: El Ubérrimo.

 

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Tierralta, su pueblo de origen, es un municipio de aproximadamente 100.000 habitantes conectado con la capital antioqueña por la carretera Medellín-Montería, tomando un desvío 15 kilómetros antes de llegar a la capital del departamento de Córdoba. Juan es un costeño de metro y medio de altura, pelo corto y negro, un hombre que casi siempre le hace mala cara a todos por todo. Sin embargo, a la vez es una persona “mamagallista” —burlona—, alegre y emprendedora. Conoce de todo un poco: construcción, mecánica automotriz, conducción de ambulancia, hasta de historia nacional y local; además, es experto en el manejo de carnes y de vehículos. Estuvo casado con Gloria Arcia, relación de la cual nacieron tres hijos: Ana, Juan y Freddy. Quedó viudo luego de que un accidente de tránsito, durante un combate de los paramilitares con la policía, terminara con la vida de Gloria.

Me sigue contando sobre su tierra natal entre cliente y cliente que atiende en la carnicería “La Economía”, en el barrio La Rioja, ubicado en la Comuna 10 de la ciudad, en el oriente alto del área urbana. Según él, «allá a diez kilómetros(de Tierralta) se encuentra la Hidroeléctrica de Urrá, donde los ingenieros construyeron un complejo habitacional que luego se convirtió en una cárcel para desmovilizados del Bloque Catatumbo». Además, cuenta como el 10 de diciembre del 2007 se reunieron en ese lugar con el comandante de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), Salvatore Mancuso, para continuar con el proceso de confesión a través de la Ley 975 de 2005 —llamada Ley de Justicia y Paz por la cual se dictan disposiciones para la reincorporación de miembros de grupos armados organizados al margen de la ley—. Según VerdadAbierta.com en su versión del 15 de diciembre, “El Inpec decidió cerrar las instalaciones de la cárcel de Urra para los desmovilizados de las Autodefensas”
(http://www.verdadabierta.com/justicia-y-paz/2069-inpec-cierra-carcel-de-urra-para-justicia-y-paz).

También me contó que trabajó desde los cinco años con Alejandro Anaya, ganadero de la región, quien le garantizó una estabilidad laboral difícil de conseguir en el departamento, seguridad que corrió hasta los 18 años cuando se independizó y se casó; a pesar de eso, le siguió ayudando de cuando en cuando en las labores del campo y la ganadería. Trabajó durante 20 años en su propia carnicería, fue conductor en Tierralta durante las alcaldías de Jhonny Guerra, Mario Puentes y Edison Salcedos, este último asesinado el 20 de mayo de 1996 por los paramilitares, por «no compartir sus ideales». Según versiones del paramilitar Hernando de Jesús Fontalvo Sánchez, alias ‘El Pájaro’, Salcedos fue asesinado por apoyar a Marciano Argel, candidato por la alcaldía en el periodo siguiente, por orden de Aníbal Ortiz, actual alcalde de Tierralta y quien era el candidato de Salvatore Mancuso.

 En medio del relato me contó como antes a los paramilitares en Córdoba les llamaban ‘Los tangueros’ porque en la finca Las Tangas del municipio de Valencia fueron creciendo los ejércitos privados de los ganaderos al mando de Fidel Castaño, muerto en 1994. Luego de su muerte lo reemplazó su hermano Carlos, quien fue asesinado el 16 de abril de 2004 por órdenes de su otro hermano Vicente Castaño, aunque la Corte Suprema de Justicia no considera que las pruebas sobre el fallecimiento de Carlos Castaño sean concluyentes. Juan me explica que en Tierralta nunca se conocieron masacres tan grandes como la de El Aro – Antioquía o El Salado – Bolivar, pero los asesinatos selectivos, atribuidos por la gente a los paramilitares, se veían regularmente, además de las “vacunas” —cobros extorsivos llevados a cabo por distintos actores armados a sectores económicos o instituciones estatales.

Los grupos paramilitares de la región fueron financiados por los ganaderos que estaban cansados de las “vacunas” de la guerrilla y la poca acción del Estado, sobre todo en los años 80, en medio de los procesos de paz con los grupos insurgentes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Movimiento 19 de Abril (M-19), donde sectores militares, económicos y políticos pensaban que se estaba perdiendo la guerra contra la insurgencia. Anteriormente Córdoba tenía mucha presencia de las FARC y el Ejército Popular de Liberación (EPL), pero para Juan Bautista «todo cambió cuando llegaron ‘Los Castaños’ y ‘Los Tangueros’» con sus tácticas contrainsurgentes y el apoyo velado del Estado y la clase política, según han confesado varios desmovilizados que se han acogido a la Ley de Justicia y Paz.

Cuando “La Economía” queda sola sin clientes, Juan me comenta que Marciano Argel, Sigifredo Censor y Héctor Acosta, alcaldes de Tierralta, se encuentran actualmente en la cárcel La Picota por el proceso de la parapolítica; es decir, por tener vínculos con grupos paramilitares. Él sabe todo esto porque su trabajo como conductor en la alcaldía lo llevó a conocer a la clase política de Tierralta buscando una estabilidad laboral. En 1996 decidió probar suerte en Bogotá, donde duró desempleado dos años, hasta que Julio Manssur (partido Conservador) y Salomón Nader (partido Liberal), senadores del departamento de Córdoba, también investigados por parapolítica, lo contrataron como asistente y luego le ayudaron a conseguir trabajo en la entidad de salud estatal Caprecom (Caja de Previsión Social de Comunicaciones) como conductor de ambulancia.

Conducir una ambulancia en las concurridas calles de la capital colombiana es una proeza que necesita tener mucha destreza con el volante y estómago: «En esa experiencia me tuve que encontrar de todo: heridos de bala, apuñalados, infartados, accidentados».

La empresa estatal Caprecom, que manejaba el sector salud del régimen subsidiado y contributivo, entró en crisis desde 1997, y según una Reseña Histórica y Normativa de Caprecom, el 12 de junio de 2003 “la Dirección General mediante mesas de concertación con los representantes de los trabajadores firmaron un acuerdo extraconvencional, a través del cual se permitió suspender por el término de diez años algunos derechos adquiridos por parte de los trabajadores mediante la Convención Colectiva, fundamentalmente para el plan de salvamento de la empresa, cuyo ahorro anual se aproxima a los $45.217 millones”. Esto llevó al recorte de personal entre los que estuvo Juan. Afortunadamente durante una de las reuniones del sindicato de Caprecom, en Bogotá, conoció a Fabiola Suárez, quien luego de un tiempo le propuso que se fueran a vivir en las cálidas tierras de Neiva.

Juan consiguió un puesto en las carnicerías de Surabastos, donde trabajó para ayudar económicamente a la familia que lo recibía con un poco de desconfianza. Fabiola siempre vivió con sus padres, un hermano y su hijo, pero nunca había compartido su hogar con otro hombre. Sus suegros lo aceptaron a regañadientes. En cambio, a los cuñados se los ganó poco a poco.

El negocio con las carnes se complicó y para tranquilidad de su pareja terminaron las constantes borracheras con los compañeros de gremio. Inició un negocio de venta de piñas frente a la institución educativa Sena, mientras trataba de comprar una finca en Palermo «para tener mis animalitos», decía. Hizo muchas relaciones por su facilidad de charlar con cualquier persona y caerles bien a pesar de ser a veces peleón y de mal genio. Desafortunadamente el negocio de la finca no se pudo concretar por la dificultad para conseguir el dinero para comprarla.

El negocio de la piña comenzó a decaer por la suscripción vía internet para los cursos del Sena que terminó con las largas filas de aspirantes que mientras esperaban a pasar su solicitud desayunaban con el cítrico fruto. Despidió al muchacho que le ayudaba y puso a su hijo a que trabajara junto a la hija que llegaba desde Bogotá, para estar con su papá y estudiar; entre los dos se repartieron los turnos de la mañana y la tarde. Pero los problemas continuaron también en este lugar con el inicio de las construcciones de la cicloruta en la Carrera 5ª que cambió la ruta de los buses que se dirigen hacia el barrio Cándido Leguízamo o el Éxito y redujo el número de clientes.

Finalmente, los precios del kilo de piña subieron y terminaron con el negocio y sus hijos entraron a la universidad dejándolo sin mano de obra. Llegaron las elecciones a alcaldía y gobernación que se convierten en la posibilidad de conseguir trabajo por medio del clientelismo y Juan estuvo apoyando a un candidato a la alcaldía de Palermo; sin embargo no obtuvo muchos beneficios, a pesar de ganar las elecciones.

Gracias a uno de sus cuñados consiguió trabajo en una carnicería que abrió un compañero de trabajo del hermano de Fabiola. Luego compró el negocio, el cual atendía solo, a excepción de los fines de semana, cuando recibía ayuda de su hijo empacando carne, limpiando el local, lavando los cuchillos, las bandejas, el molino. Después tuvo que vender el local por las deudas que adquirió pero consiguió trabajo de nuevo en Mercaneiva, en otra carnicería.

La jornada laboral termina y mientras Juan me lleva a casa en su moto C-90 verde voy pensando que el futuro a veces es una caja de sorpresas, como lo debe saber él, quien terminó tan lejos de su tierra natal, trabajó en tantas cosas y conoció a tanta gente. Nunca le dio miedo probar el sabor de lo desconocido, de aceptar las oportunidades que se le presentaban en Montería, Bogotá o Neiva. Son esas personas que se ven obligadas a desplazarse por la violencia económica, buscando oportunidades para conseguir un trabajo, sea en la gran urbe, una capital departamental o en un municipio cualquiera. Sin embargo estas migraciones a veces permiten que el país se vaya conociendo a sí mismo.

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