Por Juan Alejandro Echeverri
Fotos: Ecos Disonantes
—Nos están escribiendo que las personas que se veían allí [en el bloqueo] no son solamente indígenas o campesinos, hay otras personas. ¿Hay infiltraciones? ¿Están manipulando a campesinos e indígenas? ¿Habrá intereses oscuros? —atiza con su pregunta el “periodista” de Noticias Caracol.
—Hay de todo. Hay motivaciones políticas. Hay acciones en donde gente quiere pescar en río revuelto. Este gobierno no necesita bloqueos para hablar con la gente —responde el enmermelado ministro del interior, Luis Fernando Velasco.
La solidaridad en el primer —¿y el último?— gobierno de izquierda sigue estando bajo sospecha y propensa a la estigmatización. Todavía es motivo de suspicacia y escándalo que un estudiante citadino o una persona con un acento disímil se movilice hombro a hombro con un campesino.
Es mediocre y temerario pensar que, como están las cosas, una organización campesina pueda pagar un salario indigno como los que pagan en sus ciudades de artificio, para que más de mil campesinos bloqueen por varios días una carretera, pese al riesgo que puede implicar, el sol severo y las condiciones sanitarias inadecuadas. Colombia queda muy lejos de Bogotá, pero dos clics en internet son suficientes para entender que la movilización —más por obligación, que por gusto— es un hábito constitutivo del Coordinador Nacional Agrario, organización que agrupa procesos de 22 departamentos.
Si esta protesta estuviera condicionada a las prebendas oscuras —o los implicados tuvieran garantizados los mínimos de los que gozan el ministro y el “periodista”— el campesino del Catatumbo que está sentado sobre un bulto de papa, bajo un cambuche que hace las veces de cocina improvisada, no estaría preocupado por no saber hasta cuándo puede durar, porque al volver a su finca las 10 vacas se hayan pasado para el potrero vecino o porque una lluvia desproporcionada le haya arruinado el cultivo de frijol, del cual depende su mes de sustento.
Sí, es indigno y mezquino que el campesino tenga que recurrir a estas marañas incómodas, tan solo, para ser escuchado. Cuando la vi en el potrero montañoso donde estábamos concentrados, recordé lo que esa lideresa histórica del Catatumbo había dicho unos días antes en una entrevista con El Espectador: “Hay un ejercicio de violencia muy tenaz sobre el ser campesino y sobre esa identidad campesina, porque eso está muy asociado a la disputa por la tierra. Nos ven como terroristas y narcotraficantes, marginalizan nuestro trabajo. Es cuando salimos a la movilización, cuando cerramos una vía, y decimos que los territorios están bañados en sangre, la única manera en que nos ven en la política pública”.
Se le olvida al ministro de respuestas vacías y prefabricadas que su función no es hacer mesas técnicas de trabajo y escuchar, que su deber consiste en implementar acciones concretas para que las cosas que están mal cambien; se le olvida que si su gobierno no hubiera incumplido acuerdos de movilizaciones anteriores, no estarían bloqueando la Ruta del Sol, arteria que lleva a la costa norte, la que en sentido occidente mira la majestuosidad de la Serranía de San Lucas, y en sentido oriente ve la imponencia de la Serranía del Perijá.
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El taponamiento empezó el martes 4 de junio a las 9 de la mañana. Se regaron troncos y piedras en el tramo que atraviesa La Floresta, corregimiento que marca el límite entre Pelaya y Pailitas, municipios de la parte sur del Cesar. Empezó de manera intermitente, se dio paso vehicular un par de veces, hasta que a las 6 de la tarde se cerró definitivamente; solo se autorizó el paso constante de la misión médica y ambulancias.
Quienes ya habían vivido este tipo de manifestaciones, sabían que la tensión sube de grado con el caer de la noche. No solo por el temor que causa el mundo a oscuras, sino porque el gremio tosco de los camioneros aprovecha el horario nocturno para provocar y amenazar con traspasar el bloqueo. La primera noche transcurrió sin eventos inesperados. Los hombres y mujeres de la guardia durmieron a la vera de la carretera, aferrados a sus bastones y sus palos, alrededor de unas cuantas fogatas. Alertas a cualquier luz que se aproximara. Todas y todos con su pañoleta en la cara porque, aun en la oscura noche, los ojos de la muerte son omnipresentes. Desde los cambuches, en la madrugada se escuchaba el pitar coordinado de los camiones.
La mañana del 5 llegó la noticia maloliente. Uno de los camioneros que llevaba cueros de res en su jaula, parqueó un vehículo sin placa delantera cerca de la barricada, y derramó la sangre putrefacta de su carga. Mientras que en el potrero hervían las ollas, en el punto norte, que a diferencia del punto sur no contaba con sombra, la guardia soportaba la ira de los conductores y el olor fúnebre y hediondo. Si el normalizado paramilitarismo —sus doctrinas, sus modos, y sus intereses económicos y cognitivos— tuvieron un olor propio, seguro sería parecido.
Con el pasar de las horas, el bochorno se hizo más engorroso. La guardia propuso dar paso a un bus que llevara a los niños, las personas mayores o enfermas hasta el otro punto de bloqueo. Uno de los camioneros atravesó su vehículo para impedir el paso. O pasaban todos, o no pasaba nadie. Quienes quedaron a mitad del camino, del otro lado de la barricada, iban poco a poco perdiendo la paciencia.
—Nosotros no tenemos la culpa. Si quieren que venga alguien o hacer algo contra los ricos, porque no van y queman el peaje, en lugar de afectarnos a nosotros. Los pobres atacando a los pobres —vociferaba uno de los conductores.
—Ustedes tienen razón, pero nos estamos deshidratando, tenemos hambre, se nos acabó la plata, por un almuerzo nos cobran 35.000 pesos —alegaba otro.
—Dígannos qué decimos, qué ponemos para ayudarles a hacer presión —proponía el más conciliador.
—Ustedes también tienen hijos. Yo tengo que ir a Bucaramanga por mi hija que está con la niñera, y también tiene hijos; no tengo quién la cuide —entre la rabia y el desespero gritaba una mujer de camisilla negra.
Los gritos no hicieron recular a la guardia. El bloqueo sería permanente, y su duración dependía del alto gobierno. La resignación y una olla con comida atemperó los ánimos. Se acercaba otra noche más tensionante que la anterior. A las 10, los voceros de la movilización y la viceministra del interior anunciaban que habían llegado a un acuerdo: instalar una mesa de concertación y diálogo cuya primera sesión sería la mañana siguiente, y en la que abordarían, entre otras cosas, el cambio de la doctrina de seguridad nacional y el desmonte del paramilitarismo, mecanismos de protección y autoprotección, y un plan de reparación integral. Más tardaron las personas en enterarse, que la Defensoría del Pueblo en llegar al punto escoltada por policías con armas largas. Aunque, por cuestiones de seguridad, en Bogotá habían acordado levantar los bloqueos al día siguiente, la movilización terminó esa misma noche.
El jueves 6 inició el mismo hormigueo del primer día. Hombres y mujeres cargando ollas, plásticos, colchonetas y bultos en sus hombros. Hombres y mujeres que regresaban con la esperanza de que, ahora sí, el paramilitarismo deje de suplantar al Estado en sus territorios.
Quien quiera saber o comprobar algo más, que vaya al próximo bloqueo. Esto no es periodismo —dirán los líderes de opinión en sus apartamentos bogotanos—, son letras cocinadas al calor de la movilización.