Por Camilo Builes
Hoy que el debate en torno al modelo de salud escala hasta sus últimas instancias, cabe preguntarse qué nos espera. Esa famosa ley 100, la privación, las EPS, el modelo anterior, la Europa de la salud pública universal, todo un universo de conceptos aparecen discutidos, o gritados, para enarbolar una u otra bandera. ¿La salud debe ser pública o debe ser privada? ¿Es un derecho o un servicio? ¿Por qué en las zonas alejadas y desfavorecidas del país no hay hospitales o estancias intermedias? Las preguntas que puedan gravitar alrededor de todo esto, parecen dirigirse rápidamente a dos polos en los que se encarnan estás propuestas: la Europa central y sus fuertes modelos de sanidad universal, donde el estado hace monopolio, y el dinero público es fuertemente invertido en toda esta infraestructura. Y por otro lado, Estados Unidos, la fórmula privada y el mercado cómo prestador de un servicio, donde cada cual vela por sí mismo.
Cada uno puede tener unas virtudes muy marcadas, y unos fallos criminales. Lo privado es la jungla del más fuerte, donde el reino de la estafa, de las letras pequeñas y de la incertidumbre hace nido. Donde la debilidad (algo tan propio de nosotros los hombres) es castigada severamente, donde se deben hacer las cuentas frías para saber qué paciente es más “rentable”. Pero como todo lo sujeto al mercado, la inestabilidad es el día tras día, y todo lo que sube también puede bajar. ¿En una bancarrota importarán las vidas? Depende del contador. Lo público es más complicado, no solo es normalmente ineficiente sino la poca garantía que existe de la institucionalidad estatal. Pregúntese uno, si se puede confinar la salud en aquellos que en los puestos públicos ven más una inversión que una vocación. Afirmando como premisa que los cacicazgos son nuestra organización política a nivel departamental, se vuelve insostenible deducir que lo que le espera a todo el capital público no sea la carroña. Una EPS estatal no es otra cosa que un botín burocrático por el que competir.
Pero aparte de todo esto, existe una cuestión mucho más importante que poner sobre la mesa: la manera en la que concebimos la salud, y cómo debe ser cuidada. Una cuestión importantísima que va desde los centros universitarios hasta los hospitales, y que es vertebral para el futuro de una nación que no quiera seguir muriendo en la fila del hospital. El modelo sea público o privado, tiene por base la idea de que sea el paciente el que se movilice donde el doctor de manera general. Es una persona aquejada por algún dolor o sensación, la cual decide curarse o tratarse. Obviando algunos casos, la atención siempre es ya con el problema y no antes. ¿No debería ser necesario cambiar esto? Porque como nos enseña la sabiduría popular, es más barato prevenir que curar. Las experiencias de las naciones que se fundan sobre la prevención, sobre los diagnósticos semanales, sobre los médicos de cabecera que hacen visitas recurrentes a las unidades familiares, nos pueden ayudar a dimensionar de otra forma el problema. Lo sustancial es pensar en el médico también como miembro de la comunidad en la que participa, de que se creen lazos, que para esta función social son necesarios.
De nada sirve debatir de dónde va a salir la plata, y quienes serán los prestadores, si el plan a trazar sigue siendo ineficiente. Llegaría a imaginar uno que en un Estado donde faltan recursos, donde todo se lo roban, haya que revaluar primero algunas de las premisas de las que partimos. La solución por el sistema terminará, como viene siendo tendencia en el mundo, en lo mixto, que es la necesaria forma en la se alimentan mutuamente el capital público y privado. La prevención es más que un asunto de alivianar costos, igualmente es una lucha por evitar que las personas sean tratadas como carros a los que hay que arreglarles alguna llanta. Es más bien empezar a tratarlas integralmente, día a día, con el esfuerzo que eso requiere de parte y parte. Un sistema en el que la producción ha engullido al tiempo, donde solo hay afán, pararse y tomar tiempo de preocuparse por la salud es un paso en una mejor dirección. En la dirección de los hombres y no de las mercancías.











