Por Angy Paola Bedoya R.
Hay mañanas donde el paisaje huele a pólvora y sabe a miedo, quizás, por eso es mejor no madrugar tanto y buscar un trabajo donde la hora de entrada sea a las ocho de la mañana, o de ahí para adelante.
(Testimonio Carlos)
Solo basta atravesar diecisiete cuadras de Neiva (de Alberto Galindo hacia Villa Magdalena) para ver la rudeza y delicadeza de una sociedad atada a la pudrición humana. Suena fuerte pero así es la vida en esta era de cristal y escape. Las calles de Galindo hablan, entre más agrietadas, destapadas e inclinadas, más peligrosas son. En una cuadra puede haber dos o cuatro ollas (casas utilizadas para el expendio y consumo de sustancias psicoactivas) de donde sale y entra gente a toda hora, como desfile de reina. También hay personas que se la pasan consumiendo día y noche, entre ellos familias enteras que tratan de escapar de su realidad a través del consumo.
—Espere que no ha visto lo peor, lo que realmente da lástima —me dice Carlos con suspicacia.
Pasaron un par de minutos cuando la historia llegó por sí sola. Un niño de cinco años (carisucio y flaquito) comprando $1.000 pesos de pegante bóxer (utilizado para la industria zapatera), para echarlo en su tarro pequeño de plástico e inhalar (por nariz y boca) todo el día. Él abrazaba su tarro como quien abraza su peluche en días de lluvia, no sostenía su cuerpo con firmeza, el rostro estaba demacrado y sus ojos perdidos, no hablaba y esquivaba cualquier acercamiento.
Sentí un golpe en el estómago, de esos que no sabes si respirar o dejar de hacerlo, cada fibra gritaba de dolor. Dolía la garganta para hacer preguntas y demostrarme fuerte, así que alce la cabeza y seguimos caminando.
Ancianos y ancianas, algunos en condición de calle y otros en sillas de ruedas o muletas, son quienes se dedican al microtráfico de estupefacientes que varía desde marihuana, drogas sintéticas, hasta cocaína y demás. Eso es venda y revenda.
—En Santa Rosa conocí a una muchacha, ex vecina mía, tiene cinco hijos y la mayoría pequeñitos (3, 4, 5 y 7 años). Ella les enseña a sus propios hijos a robar y mendigar, los pone a trabajar en las calles de la ciudad (Neiva) y los entrena para la temporada de fiesta (San Juan y San Pedro). Esos chinitos saben bien como sacar billeteras, arrancar pulsera, meter las manos en los bolsillos (cosquilleo) … Y aparte de robar, meten drogas como su mamá. Entonces, una se pregunta ¿qué se puede esperar de esta sociedad tan destruida y obsesionada por el celular? —reflexiona Yolanda con desilusión.
Lo grave de crecer en un contexto así, es que las infancias terminan convirtiéndose en los futuros sicarios, ladrones, expendedores de droga y/o violadores. La mayoría pierde toda empatía humana, lo que agudiza las violencias y conflictos urbanos. Las fronteras invisibles se fortalecen y expanden. Para Yolanda, la delincuencia por parte de niños y niñas es una estrategia para evadir la ley o lograr penas “suaves”.
—¿Y cómo son los tratos con las mujeres, desde lo que usted ha podido observar?
—¡Jum! Denso. Acá se ve mucha violencia, machismo como dice usted. Si una mujer ya tiene marido es mejor no relacionarse con ella, para evitar problemas de celos, porque ya hay muchos muertos por celos —puntualiza Julián.
Además, hay mucho chirrete que obliga a sus mujeres a trabajar en lo que sea, pero eso sí, les controla el tiempo (hora de salida y llegada). También hay mujeres fuertes que no se dejan de sus maridos y se enfrentan con quien sea. Aclaro que todo el barrio no es así, pero sí uan cantidad significativa.
Hay otras mujeres que salen todos los días hacia la vía que comunica Neiva- Palermo a trabajar, venden su cuerpo a obreros que están dispuestos a pagar $40.000 pesos (tarifa estándar) por veinte minutos de sexo. A veces les toca rogarles a los hombres que estén con ellas para no llegar a la casa con las manos vacías. Algunas son jovencitas de diecinueve, veinte o veintiuno años.
Una vez llegan las cinco de la tarde regresan al barrio, al hogar, porque llegar de noche es exponerse a peligros como el robo; más en estos momentos que nadie respeta a nadie, cuenta Carlos.
Antes los ladrones no robaban en su propio barrio o comuna, ahora no importa si usted es la vecina que vive diagonal a su casa, la roban. Ellos pasan en sus motos de alto cilindraje con los fierros (armas) en mano robando indiscriminadamente, y pues cualquier persona entrega todo por miedo. Los códigos mínimos de respeto se han roto y la sociedad civil es la que queda atrapada en esta violencia urbana.
—Mire mamita, en barrios como Villa Magdalena, Darío Echandía, Santa Rosa, Villa Colombia, una parte de Alberto Galindo … no existe autoridad porque la autoridad (Comando de Atención Inmediata CAI de la policía) está comprada, es cómplice del delito. Cuando usted llama a avisar de un robo, violencia o consumo de drogas, termina muerto o desplazado. La misma policía les avisa a los ladrones quién fue el vecino que los aventó, con número de celular y nombre completo. Entonces, los delincuentes llegan a la casa y atacan a la familia que denunció tirándoles piedras, disparan e incluso les han metido candela a las casas (estando la gente adentro). De esa forma nos han desplazado de nuestro barrio —explica Yolanda con la respiración agitada por los recuerdos angustiantes.
La gente prefiere quedarse callada con sus verdades y realidades, hay un miedo por las represalias de los grupos armados y delincuenciales, y al final la guerra se alimenta de ese miedo que paraliza.
(Testimonio Yolanda)
Hace más de seis meses que Yolanda se fue de la comuna nueva de la ciudad de Neiva, ahora vive en el campo, cultivando el alimento y resistiendo desde el amor. Carlos y Julián, dos hermanos que salieron de la crisis económica que azotó a Venezuela, se sortean la juventud y sus sueños al ritmo de los fogones y sus sabores huilenses. Ellos han aprendido a querer su barrio (Alberto Galindo) y a esquivar las trampas de una violencia que no se cuenta.

*Los nombres han sido cambiados para proteger la identidad e integridad de las fuentes entrevistadas.











