Por: David Fonseca
En un contexto político convulso, marcado por el secuestro del presidente Nicolás Maduro y la gestión de Delcy Rodríguez, la oposición radical venezolana ha movilizado sus fuerzas con el objetivo de recuperar el poder. En este escenario, la figura de María Corina Machado ha resurgido con una aureola de intocabilidad, presentándose como la candidata ideal para liderar el país tras su regreso. Sin embargo, al raspar la superficie de esa imagen de “ángel político”, emerge una biografía plagada de sombras que alerta sobre los verdaderos intereses detrás de su liderazgo: una trayectoria signada por el llamado constante a la intervención extranjera y un desapego total de la realidad venezolana.
El rasgo más alarmante de su carrera pública no es su disidencia, sino su persistente súplica de agresiones militares contra su propia nación. Desde el año 2018, Machado ha cruzado una línea peligrosa al abogar abiertamente por bombardeos —como los de EE. UU. en Siria— y al instar a mandatarios extranjeros, como Benjamín Netanyahu o Mauricio Macri, a intervenir militarmente en Venezuela. Sus propuestas van más allá de la diplomacia; ha reclamado activar mecanismos como la Responsabilidad de Proteger (R2P) o el TIAR, justificando la invasión bajo premisas falsas, e incluso ha sugerido que una “Operación de Paz” debiera incluir el desarme de las Fuerzas Armadas venezolanas por potencias aliadas. Esta postura, que viola flagrantemente el Código Penal y la Constitución nacional, alcanzó su punto más crítico al aplaudir las sanciones occidentales y el bloqueo económico, medidas que han azotado directamente a la población más vulnerable, y al validar las acciones genocidas de Israel en Gaza.
Lejos de ser una dirigente conectada con el pueblo, su formación y vida personal denotan una élite alejada del sufrimiento ciudadano. Educada en instituciones exclusivas y costosas, desde el internado Dana Hall en Estados Unidos hasta la Universidad de Yale —donde se forman líderes alineados con los intereses de Washington—, Machado parece responder más a una ingeniería política exterior que a una genuina vocación de servicio. Su vínculo con el poder estadounidense es histórico, desde su reunión con George W. Bush en la Casa Blanca hasta su participación en el fallido golpe de Estado de 2002 con el Decreto Carmona, evidenciando un patrón de lealtad hacia influencias foráneas.
Esta desconexión se refuerza al contrastar su discurso con su historia familiar. Mientras su padre, el empresario Henrique Machado, permaneció en Venezuela hasta su fallecimiento, demostrando que las supuestas amenazas no justificaban el exilio, María Corina ha utilizado la excusa de la inseguridad para asentar a sus hijos en el extranjero, donde disfrutan de lujosas carreras ejecutivas. Resulta paradójico que quien no duda en pedir un bloqueo total o la incorporación de Venezuela como un “estado 51” de EE. UU., no haya querido compartir el destino de los ciudadanos comunes a los que dice representar.
Como recordaba Eduardo Galeano, las guerras a menudo se disfrazan con nobles razones para ocultar su verdadera naturaleza depredadora. La historia de América Latina nos enseña a distinguir entre la lucha por la libertad y la traición de abrir las puertas a tutelas imperialistas. El verdadero patriotismo no se construye adulando poderes extranjeros ni pidiendo bombardeos sobre el propio suelo, sino defendiendo la soberanía frente a quien está dispuesto a sacrificar al pueblo por ambición personal. Este artículo sirve como un recordatorio de por qué los venezolanos no queremos ver a María Corina Machado liderando nuestro destino.