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Aquí en la lucha: cuando el pueblo se levanta contra el miedo

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Por: Camilo Gómez

BESOTES, Cesar/ La tarde cae sobre la Ruta del Sol, y el aire caliente levanta polvo y consignas. En el punto de Besotes, Cesar, los manifestantes han detenido el tráfico. Entre los potreros se levantan carpas, ollas comunitarias y banderas que gritan lo que los poderosos no quieren escuchar: Aquí en la lucha, por la vida y la dignidad de los pueblos.

No hay miedo. Hay firmeza. Hay cansancio y rabia, pero también una convicción profunda: el pueblo colombiano volvió a caminar junto, otra vez. La gran movilización nacional Aquí en la lucha ha unido a campesinos, obreros, maestros, estudiantes, comunidades indígenas y afrodescendientes, que decidieron salir en diferentes puntos del país: Besotes (Ruta del Sol), Bogotá con 5 refugios humanitarios en instituciones del Estado, el Cauca en la vía panamericana, la vía Buenaventura-Cali, Arauca, y el corredor vial entre Chocó y Antioquia, para gritar contra la injusticia, contra la guerra y contra la mentira, por las transformaciones estructurales que necesita el país.

El documento que convoca esta jornada no es un simple panfleto: es un manifiesto ético y político que desnuda la barbarie de un sistema que ha hecho del hambre y de la guerra su forma de gobierno. “El hambre recorre el planeta no como un accidente, sino como resultado de un modelo económico capitalista que convierte la vida en mercancía y condena a millones a la miseria”.

Mientras tanto, sobre el asfalto de Besotes, se siente esa hambre de dignidad. Los campesinos del Cesar, curtidos por el sol, repiten que no se trata solo de exigir cumplimiento a acuerdos olvidados: se trata de recuperar la voz, de recordarle al país que la protesta es un derecho y que la represión no podrá convertirse en costumbre.

La doctrina del enemigo interno

En medio del ruido de los pitos y los cánticos, el abogado y defensor de derechos humanos Leonardo Jaimes habla con serenidad, como quien carga décadas de observar la violencia institucional con lupa y con dolor. “La doctrina de seguridad nacional nunca desapareció”, dice. “Solo cambió de nombre. Hoy la llaman doctrina Damasco, pero su esencia es la misma: el Estado identifica a un enemigo dentro del propio pueblo, y lo combate como si fuera una guerra”.

Leonardo recuerda que esa lógica se impuso en los años 50 y 60, importada desde Estados Unidos, que la había heredado a su vez del modelo francés de contrainsurgencia. Fue el punto de partida para justificar la persecución sistemática contra todo lo que oliera a organización popular.

“Esa doctrina enseñó que el enemigo no era otro país, sino el vecino. El sindicalista, el campesino, el estudiante. Y eso justificó las torturas, las desapariciones, las masacres. Hoy sigue operando, solo que más refinada”.

En su análisis, la criminalización de la protesta es una pieza central de ese mecanismo. “El aparato judicial colombiano —explica— fue moldeado para reprimir al opositor. Desde inicios del 2000, el nuevo Código Penal fue diseñado bajo la asesoría de la USAID. Fiscales y jueces fueron adiestrados en los Estados Unidos, aprendiendo a ver al campesino como sospechoso, al líder social como enemigo”.

Lo que Jaimes describe con precisión técnica, el país lo vive a diario en sus carreteras. En cada paro campesino, en cada marcha estudiantil, en cada protesta ambiental, aparece la misma respuesta: represión, estigmatización, judicialización. La democracia se predica en los discursos, pero se aplasta en los territorios.

El fascismo que crece por dentro

Jaimes va más allá. No se queda en la denuncia jurídica. Advierte que Colombia vive un proceso de fascistización social, una transformación silenciosa donde el odio se vuelve política y el miedo se vuelve ley. “El fascismo no llega de la noche a la mañana. Se construye poco a poco, hasta que el ciudadano común adopta el discurso del poder y golpea al que piensa distinto”.

Sus palabras resuenan con fuerza mientras,  jóvenes sostienen una pancarta que dice: Protestar no es un delito.

El defensor de derechos humanos lo explica luego de la movilización que estaba preparada en Santander: “Lo que ocurrió en Santander el 16 de octubre fue una acción fascista. Más de cien personas fueron obligadas a caminar 18 kilómetros bajo el sol, golpeadas y hostigadas por grupos de ‘seguridad ciudadana’ con el aval de la Policía. Eso solo puede entenderse dentro de una lógica fascista: el Estado delega la violencia en los civiles, para que sean ellos quienes castiguen al disidente”.

Ese es el núcleo del fenómeno: cuando el Estado logra que el odio sea administrado por la sociedad misma. Cuando el vecino repite los discursos del poder y aplaude la represión porque cree que defiende el “orden”.

“El fascismo se alimenta del miedo y de la frustración”, dice Jaimes. “Logra que la gente descargue su rabia no contra los responsables de la crisis, sino contra el que protesta, el migrante, el sindicalista, el campesino. Es un odio horizontal, fabricado desde arriba”.

Lo que describe no es teoría. Es la realidad del país. En redes sociales, se multiplican los comentarios que llaman “vagos” a quienes marchan, que justifican los golpes, que repiten los discursos de “mano dura” y “orden”. En la práctica, el fascismo ya no viste uniforme: usa hashtags.

La memoria como campo de batalla

Entre los manifestantes de Besotes, una mujer sostiene una pancarta con la foto de su hijo desaparecido hace quince años. “Camino por él”, dice sin llorar. La memoria está viva en las carreteras, y es también una forma de lucha.

Para Jaimes, la memoria es el terreno donde se define la verdad o la mentira sobre el país. “El poder disputa la memoria porque sabe que quien controla el relato controla el futuro. Por eso se impone la teoría de los dos demonios: que hubo una guerrilla mala y unos paramilitares que se ‘defendieron’, y, en medio, un pueblo inocente. Esa narrativa niega el genocidio contra los movimientos sociales”, explica.

Nombrar el genocidio, añade, es romper la impunidad simbólica. “Porque si decimos que hubo genocidio, el Estado tiene que responder. Si decimos que hubo fascismo, el sistema de poder se tambalea. Por eso prefieren hablar de excesos o de errores. Pero aquí no ha habido errores: ha habido un proyecto de exterminio planificado”.

Las carreteras, llenas de campesinos, estudiantes, mujeres y sindicalistas, son también una gran página de memoria viva. No una memoria de museo, sino de cuerpo y resistencia: la memoria que se escribe marchando, la que desafía la historia oficial.

Protestar para seguir vivos

A lo largo de la Ruta del Sol, la movilización se extiende como una serpiente humana. En cada parada, se levantan ollas comunitarias, se comparten historias y se organizan asambleas. Los rostros curtidos por el sol muestran algo que ningún gobierno puede fabricar: la decisión de no rendirse.

“Las comunidades no protestan por capricho. Lo hacen porque no tienen otra opción. La protesta popular en Colombia no es un derecho decorativo: es una necesidad de supervivencia”.

Recuerda que cada vez que el pueblo se ha movilizado, el Estado ha respondido con guerra. “Desde las masacres de las bananeras hasta el estallido social del 2021, la represión ha sido brutal. Y lo más grave es que incluso bajo gobiernos progresistas, el aparato sigue intacto. Se reprime, solo que con un lenguaje distinto”.

Hoy, mientras el presidente habla de diálogo y participación, la Dirección Nacional de Inteligencia sigue señalando dirigentes sociales, no son gratuitas las recientes declaraciones del ministro de interior Armando Benedetti, quien dijo que era “obvio que hay estructuras criminales detrás de esas protestas”, refiriéndose a las manifestaciones del denominado ‘Congreso de los Pueblos’, que se realizan en nueve puntos de Bogotá con la toma de varias instituciones públicas.

 “El progresismo ha caído en una trampa”, advierte Jáimes. “Divide la protesta entre buena y mala. La buena es la que no molesta, la que acepta protocolos. La mala es la que desborda, la que se niega a ser domesticada. Y esa, precisamente, es la que transforma”.

La ética popular frente al poder

La movilización Aquí en la lucha no solo reclama políticas públicas o cumplimiento de acuerdos: reclama una ética popular, una forma de entender la política desde abajo, donde la dignidad no se negocia.

“La izquierda institucional se ha acostumbrado a administrar el mal menor”, dice Jaimes. “Pero el pueblo no lucha por reformas que nunca llegan. Lucha por transformaciones profundas. Por eso esta movilización es tan importante: porque no pide permiso, porque no busca prebendas, porque sabe que la historia no se mendiga”.

En Besotes, mientras cae la noche, los manifestantes preparan una olla común. Una campesina del Sur del Bolívar sirve café y dice en voz baja: “Esto es lo que somos. Gente sencilla que no quiere vivir arrodillada”.

Esa frase resume todo: el sentido de una lucha que es, ante todo, por la vida. En un país donde la muerte se volvió costumbre, marchar es un acto de afirmación vital.

Contra el silencio

Colombia vive un momento de definiciones. De un lado, el avance del odio, el negacionismo, la represión; del otro, un pueblo que no se resigna. Entre ambos, los medios de comunicación corporativos intentan imponer la idea de que protestar es un delito, que el descontento es peligroso, que la rabia debe ser controlada.

Pero las voces que paralizan la Ruta del Sol dicen otra cosa. Dicen que el silencio ya no es opción. Que la democracia no se defiende con policías sino con pueblo en la calle. Que el miedo cambió de bando. Leonardo Jaimes lo sintetiza así: “No hay opción distinta a luchar. Las comunidades no tienen alternativa. Movilizarse hoy es un acto de vida, y la vida misma es resistencia frente a un sistema de muerte”.

En Besotes, el fuego de las fogatas ilumina los rostros de quienes siguen allí, pese al cansancio y la incertidumbre. En sus miradas no hay derrota, hay conciencia. Y en cada paso, en cada consigna, se reafirma lo que el llamamiento proclamó:

Aquí en la lucha. Aquí en la vida. Aquí seguimos.

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