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Ciudades fallidas y otras formas de habitar el abandono

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Por: María Fernanda Gómez Muñoz

Imaginar la ciudad del futuro suele ser un evento protagonizado por la ambición y la providencia. En un ejercicio vago de esta idea, se imaginan escenarios donde tantas de las problemáticas de una ciudad terminan resueltas con formas someras y quizás peligrosas para esos padecimientos. Y es que son muchísimos los casos en los que políticas públicas pensadas para el mejoramiento de la calidad de vida de una sociedad determinada terminan siendo un mal crónico para la misma, como ocurre en ciertos proyectos de vivienda que, tras anunciarse como símbolos de progreso, devienen en espacios abandonados, desconectados y profundamente hostiles para quienes deberían habitarlos.

Durante la edición 64 del Festival de Cine de Cartagena, en medio de una programación intensa, se presentó la nueva sección Animaficci. Esta franja dedicada exclusivamente a la animación más allá de la proyección, propone un lugar de encuentro, discusión y visibilización de la animación como un hacer propio dentro del cine colombiano. En su apertura se proyectó Lupus del artista plástico y realizador colombiano Carlos Gómez Salamanca, cortometraje colombiano que documenta, a través de múltiples técnicas de animación, el hecho en el que una jauría atacó y devoró a un vigilante mientras cuidaba un predio en construcción en la localidad de Bosa, en Bogotá.

El lugar donde ocurrió el ataque hacía parte de un proyecto de 12.000 Viviendas de Interés Prioritario (VIP), impulsado por el entonces ministro de Vivienda Germán Vargas Lleras, que tenía el propósito de avanzar en temas de densificación y de reasentamientos, y terminó como un terreno abandonado a disposición de la marginalidad. En varios puntos del país, los predios destinados a este tipo de viviendas se han elegido sin estudios adecuados, en zonas desconectadas y sin infraestructura básica. Muchas obras nunca comenzaron, otras se paralizaron y los terrenos quedaron vacíos, convertidos en espacios de nadie.

Lupus nos muestra entonces a la vivienda de aquel momento que se convirtió en un botín político, en una promesa sensacionalista que se piensa el progreso como hierro y concreto. La tendencia en estos casos de inutilidad planificada, es que las casas se proyectan en terrenos desconectados y sin garantías para su habitabilidad, trasladando la precariedad de los asentamientos informales a lotes urbanizados formalizados por el Estado.

El caso del corto no es aislado, en muchas regiones de Colombia abundan los proyectos de vivienda que nacen desde el discurso del progreso, y que en su ejecución olvidan la lectura sensible del territorio. En Granada, Cundinamarca, el proyecto Villa Paula que proyectaba la entrega 76 viviendas de Interés Social (VIS), quedó paralizado por múltiples irregularidades en normatividad urbanística y ambiental, dejando viviendas a medio construir con graves afectaciones. En Santa Marta, Ciudad Equidad es un proyecto de viviendas de interés prioritario afectado por la marginalidad y los incumplimientos, la comunidad esperó más de seis años por un Centro de Desarrollo Infantil que hoy está en las ruinas. En Medellín, el proyecto Torres del Este, promovido desde 2016, dejó más de 200 apartamentos sin terminar, acumulando años de retraso mientras las familias afectadas viven en la espera y la incertidumbre.

Estos proyectos han sido presentados como solución al déficit habitacional y lo que hacen en muchos casos es perpetuar una lógica de desarraigo. En lugar de construir ciudad, se van desangrando las condiciones de vida de comunidades defraudadas por discursos que prometen un porvenir digno. En Lupus, esa ciudad idealizada se vende, se propaga y se impone; mientras tanto, jaurías se crían salvajes.

Si bien la preocupación del corto es una ciudad que se vuelve lacerante e incauta, lo animal, lo salvaje, lo voraz, aparecen como un eje simbólico muy potente. Resurgen cuestionamientos sobre las interacciones entre lo vivo y lo muerto en las urbes. Los cuerpos animales rondan, son síntoma, cuidan los despojos y, al mismo tiempo, se enfrentan al cuerpo muerto de la ciudad. El cuerpo humano se desgarra y la ciudad se pudre, colisiona y entra en un estado de agonía persistente.

En el corto vemos y escuchamos perros que rondan como espectros, lobos en su entendimiento salvaje y natural, el turno de vigilante en los intersticios del concreto y promesas políticas mediáticas, todo esto poniendo en movimiento formas y texturas crudas, sólidas, rasgadas, sombrías, que configuran una ciudad despojada como verdad tangible. Los cuerpos, aunque ensangrentados, no se enfrentan entre sí, coexisten en los márgenes de una ciudad en ruinas.

Imaginar una ciudad para el futuro supondría, entonces, pensarse lugares para la integridad, la justicia y la habitabilidad. Lupus con una mordida canina, nos habla de esa humanidad exigible para que las políticas de desarrollo sean concebidas desde el territorio y se alejen de la posibilidad de ser un saldo electoral. El cortometraje suscita nuevamente los cuestionamientos sobre el doble filo de la innovación y la transformación urbana. ¿Para quién es la ciudad que se proyecta? Es necesario que responda a lógicas del tejido social, proyectando la vivienda con comunidades, trabajo, educación y adherida a las posibilidades de vivir con dignidad.

Tráiler del cortometraje:

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