Por: Oscar Blandón
“Aunque dicen que estoy loca, jamás en los días de mi vida he tenido mi juicio más sereno y más cabal de mi entendimiento”. “Sépase como yo, doña Javiera Londoño Zapata, hija legítima del General don Juan de Londoño y Trasmiera […] estando como estoy, sana del cuerpo y en mi libre y entero juicio, memoria y entendimiento natural, […] temiéndome de la muerte que es natural y estando obligada, en virtud de lo que con el difunto mi esposo comprometida a hacer mi testamento, deseando salvar mi alma, lo otorgo en la siguiente forma: que se les dé libertad después de mi fallecimiento a los negros siguientes: José Antonio, su mujer y sus hijos; Santiago, su mujer y sus hijos; Benito y su mujer; Victoria y sus hijas Lucía y Bibiana; Nicolás y su mujer; Joaquín y su mujer; Marta y sus hijos; Cornelia y Julián chiquito; Vicente, su mujer y sus hijos; Ceferino Melchor, su mujer y sus hijos; Juan, José, su mujer y sus hijos; Julián, María Antonia y sus hijos, Luisa, Javiera y Antoñuelo; Alejandro, Sabina y Nicolasita”. Javiera Londoño, 1766.
El Retiro, Antioquia, es un referente en todo el mundo por la liberación de esclavos que hizo la señora Javiera Londoño en el siglo XVIII; sin embargo, todavía hoy, 260 años después, así como a ella, también nos llamaron locos y locas a quienes nos aventuramos a perseguir una cierta libertad para decidir, para pensar y para actuar de otra manera, desde lugares otros, como diría Foucault. Pero, sobre todo, a quienes somos de otro modo, sentimos y experienciamos la vida de otra manera.
El Retiro es libre, nos dicen repetidamente, pero da la impresión de que nos quisieran impedir pensar de una manera diferente. Es esto, más bien, una libertad abstracta, meramente formal. Y es que, en la actualidad, parece que “elegir” siempre lo mismo es la única opción. Y esto fue precisamente lo que nos pasó cuando algunos decidimos recorrer el municipio con una propuesta política diferente: la de Aida Quilcué e Iván Cepeda.
Cuando caminamos por algunos barrios, algunas personas nos escucharon, nos recibieron la propuesta y hasta se tomaron fotos con nosotros; otras, simplemente nos decían “no, gracias”, pero en un ambiente de respeto. No pasó lo mismo al caminar hacia el parque municipal. Desde el centro cultural Javiera Londoño —donde, paradójicamente, hacía un par de días me habían obsequiado el premio Roberto Escobar Isaza al segundo puesto en la categoría narrativa breve— comenzamos a recibir todo tipo de insultos e injurias que iban desde el tradicional “hijueputa” hasta el “mal nacidos, guerrilleros violadores”.
El avance hacia el parque principal fue aún más brutal. Y no, no era un entierro ni un desfile; mucho menos una procesión o una carrera de atletismo. Pero algunos, en su mayoría turistas y gente pudiente, se amontonaron como se hace para ver pasar una carrera de ciclismo —y no precisamente para recibir el periódico o, simplemente, responder como hacían las otras personas de los barrios con un “no me interesa”. No fue una marcha, como dijeron algunos; se parecía, más bien, a un viacrucis o a una inquisición, pues del insulto se pasó a la agresión. Algunos nos señalaban con el dedo de la mitad y nos decían “fuera”, como si no fuéramos de aquí; unas mujeres se santiguaban y zapateaban, como si estuvieran ahuyentando al diablo; otros nos arrojaron violentamente hielos y basura, y varios terminaron persiguiéndonos y golpeándonos.
Algunos de estos ataques también los vivió la Minga indígena en el municipio vecino de el Carmen de Víboral días antes.
A raíz de esto, vale la pena preguntar: ¿sabrán estas personas del gran patrimonio de la libertad que nos dejó doña Javiera Londoño? ¿Acaso la libertad no es también la libertad de expresión, de pensamiento, de acción, de autodeterminación, de identidad, de preferencia política, entre otras? Con todo, la reacción de algunos funcionarios locales fue: “No debieron haber utilizado el perifoneo, eso es ilegal aquí”.
Algunos tienen la hipótesis de que lo sucedido no es un hecho aislado o algo que sucedió simplemente porque un grupo de personas molestó a otras con el perifoneo. No. Esto es, más bien, el reflejo de lo que muchos sienten, pero callan; de lo que a muchos les disgusta, pero se aguantan. Algunos ya lo han dicho: en nuestro bello municipio hay un sector, de unos cuantos, que están interesados en utilizar algún tipo de violencia o presión contra el que piensa y se expresa diferente, pese a que, como se ha dicho arriba, ya han pasado muchos años desde que la señora Javiera Londoño, con su forma de actuar, nos invitó a las futuras generaciones a terminar con el flagelo de la esclavitud, y pese también a que el lema de nuestro alcalde, en la misma vía, sea el de “un Retiro para todos”.
Entonces, ¿qué les molestó tanto? Hay quienes dicen que fue el hecho de que una voz con ideas diferentes se haya escuchado a través de un micrófono. Otros, como Lévinas, que fue el rostro de gente desconocida que nunca se había visto en estas calles. También hay quienes dicen que no fue el rostro desconocido, sino el hecho de que gente conocida apoyara algo diferente. La explicación que algunos ofrecen es que en El Retiro hay quienes consideran que el pobre no tiene derecho a tomar sus propias decisiones (ya que la mayoría de la gente que insultaba era gente pudiente), y consideran que este pueblo tiene dueño, y esa es la razón por la que gritaban con odio: “Fuera, fuera de aquí, malditos guerrilleros”.
¿Dan cuenta estos acontecimientos de que algo de esa esclavitud que en otra época habría abolido doña Javiera Londoño al liberar a sus esclavos, todavía persiste? ¿Qué libertad está en juego aquí para poder ejercer el derecho a hablar, opinar y expresarse políticamente diferente sin ser criminalizado y estigmatizado por ello? ¿Fue también doña Javiera Londoño tachada de loca por acudir a un pensamiento que no se ajustaba al de sus conciudadanos? ¿Se puede hablar de libertad política en el municipio sin ser atacado? Es más, ¿se puede ser libre políticamente hoy en nuestro municipio y escoger un modo de vida diferente al que resuena de manera hegemónica? ¿Hay garantías institucionales y sociales para que sea posible vivir nuestras raíces indígenas, campesinas, afro y demás, sin ser señalados? ¿De qué se puede hablar hoy en el municipio y de qué no?
Con todo y la crítica, algunos conocidos nos dijeron simple y llanamente: “Pero miren, ustedes volvieron días después y la institucionalidad les garantizó que hicieran su actividad”. Eso es relativamente cierto y las razones se pueden discutir en otro lugar. Por lo pronto, nos parece que lo que está en juego es la paz, una que, como la libertad, no está dada, sino que se consigue, y por eso el mensaje es el de sanar el territorio, más allá del Retiro, desde el amor, de caminarlo desde una palabra otra, como diría Aida Quilcué, que no implique la violencia, el desprecio y la confrontación. Lo que aquí está en juego no es la pertenencia a un determinado partido político o a un municipio ( “es que en El Retiro somos así”); lo que debe importar es la dignidad de las personas y toda la vida en el planeta. Por eso, valdría la pena recordar, y no dejar de hacerlo, esas palabras del coro de nuestro himno que con tanto fervor y ardor se cantan, para saber si con tanto fervor y ardor trabajamos por el bienestar de todos:
“Con amor al Retiro cantemos: tierra de oro y de paz, tierra grata, que tus hijos guarceños te canten los loores de tu ínclita raza”.