Edición 50 - Abril 2010

EDITORIAL No. 50 ¡Otro día de la clase obrera sin trabajo!

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En medio de un panorama bastante oscuro celebramos ahora el primero de mayo, día internacional de la clase obrera. Con el repliegue del movimiento sindical, la organización obrera burocratizada y divorciada de sus bases, desarticulada y desgarrada en sus luchas internas; con políticas laborales vejatorias en casi todo el mundo, lo que ha posibilitado un recrudecimiento de la explotación en todas sus formas; con políticas migratorias en los Estados desarrollados que tratan a los inmigrantes, que ellos mismos han producido, como cotos de caza y ratas que infestan su aire y con una de las tasas más altas de desempleo y pobreza de los últimos años. En fin, es un momento de primacía aterradora del gran capital y de aparente impotencia de la clase obrera y de los movimientos populares en que se expresa. Pero es eso: solo un momento en el juego dialéctico de la historia. Y el primero de mayo es un día para el encuentro, la alegría y la fiesta, que nos permite un respiro para revitalizar la confianza en el futuro que podremos construir de otra manera.

Sin embargo, eso requiere conciencia y trabajo; requiere también un compromiso desde la dignidad. Eso es lo que tienen que recuperar los trabajadores y los que no tienen trabajo en Colombia. La dignidad no se negocia.  Ni por un plato de sancocho ni por el ofrecimiento de un  cargo importante ni por una notaría. Por nada.
El presidente Álvaro Uribe Vélez es tal vez el adalid más comprometido con la causa del capital en Colombia, con los intereses de los terratenientes, los emporios financieros y las poderosas transnacionales. A él debemos, a parte del terror material que nos ha impuesto, la infame flexibilización laboral como política permanente que abarata los costos de despido sin justa causa y empobrecer la capacidad organizativa de los trabajadores a partir de la intermediación en las contrataciones. Acabó Uribe con la modalidad de contrato a término indefindo, que era la que de alguna manera le daba confianza, estabilidad y seguridad al trabajador.

Y sin embargo, algunos sindicalistas fueron sus principales voceros, incluso han devenido en intermediarios laborales, como Empresas de Trabajo Asociado o cooperativas. Pero lo más grave es que Uribe (a quien los antecedentes ya lo habían retratado de cuerpo entero como Senador que expuso y defendió la reforma laboral de 1990 y como gobernador de Antioquia con las famosas Convivir que legalizaban a los paramilitares en función de asesinar a los líderes sociales y sindicales y desmembrar la organización popular en todos sus niveles) obtuvo tal vez la votación más elevada alcanzada por algún presidente en Colombia en las elecciones presidenciales de 2002. Y luego, a pesar de haber profundizado sus nefastas reformas a las pensiones, a la salud y al trabajo, fue reelegido como un Mesías. Ahora no lo será, pero solo porque la Corte Constitucional acabó con esas pretensiones; sin embargo, buena parte del pueblo se disponía con entusiasmo a mantenerlo en el poder, igual que se dispone hoy a elegir al mejor heredero de su legado.

Es cierto que estas votaciones no reflejan plenamente el sentir del pueblo, de la clase obrera y de los sectores populares. Es cierto que buena parte de estas votaciones fueron forzadas por los paramilitares amigos del gobierno, y también por el encantamiento de la gran prensa. Pero es un hecho, y no podemos entonces desconocerlo. Necesitamos los espacios y las estrategias más poderosas para que fluya el sentir del pueblo, para que brote la inteligencia de todos aquellos que han sido apagados por el sistema a través de sus múltiples estrategias de alienación, para que se construya su fuerza y se avizore la dirección de su lucha, que hoy por hoy parece impotente. Recordemos que  de todas maneras la mayoría de colombianos no vota.

Este primero de mayo deberíamos tener todo esto bien presente y hacer de él en verdad un día especial para la clase obrera, los movimientos populares, los estudiantes que estan por salir al mundo del trabajo;  también para los que han sido despojados del derecho al trabajo y los que a pesar de regar hojas de vida no logran colocarse. Quisiéramos que el primero de mayo dejara de ser solo el espacio para la euforia ciega y la rabia amarrada. Que nos permita más bien la reflexión madura y reposada y la imaginación constructiva. Que no fuera solo el día en que, borrachos de alegría, se nos olvida la causa y nos reunimos al fin, como en un fin de año, a darle incluso el abrazo más  sentido a nuestros enemigos y fundirnos en ellos. Que sea el día en que afloren las diferencias en todos sus matices y colores para el despliegue de un abanico de fuerzas que permita al fin vislumbrar las posibilidades de unidad en función de un futuro mejor y posible.

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