Se anduvieron todo El Hueco, convencidos de que allí encontrarían los pañales más baratos para la niña, pero no encontraron el local que les habían sugerido. Decidieron dejarlo para otro día y averiguar mejor. De regreso, obligados por el cansancio de la búsqueda se sentaron en las gradas que subían al parque, dando la espalda a las dos inmensas nalgas del gordo de Botero y recibiendo la brisa subida desde la Avenida San Juan. En el primer peldaño de las escaleras se había sentado Jairo, un peldaño más abajo y a su izquierda se sentó Cristina, y los dos callaron, sintiendo la sombra de la tarde que se empezaba a echar encima de la ciudad.

A su alrededor el parque se llenaba de jóvenes: mujeres, negras y campesinas en su mayoría. Los dos sabían que estas mujeres eran empleadas domésticas que trabajaban internas en alguna casa y que acudían al parque los fines de semana para amarse con sus novios. Estos eran negros y campesinos también, que trabajaban en alguna construcción.

Un tipo que subía las escalas se detuvo a mitad de camino.

– Negro, negro- dijo, sin mirar a nadie-, traigo un gallo, un gallo muy bueno.
Jairo tuvo entonces la impresión que se refería a él, aunque dijera negro; sólo porque estaba más próximo que cualquier otro hombre. Sin embargo, cuando miró, los ojos del tipo, perdidos, no le confirmaron la impresión. Por eso no dijo nada. El hombre subió unos peldaños más y se detuvo de nuevo, mirando para todos lados. Era alto y delgado, vestido con unos pantalones clásicos de bota ancha y unas zapatillas negras, y con la camisa desabrochada sobre el pecho despoblado de bellos. Descargó en el piso la bolsa de plástico que llevaba, haciendo tintinear las botellas que había dentro.
 
– Tengo un gallo- volvió a decir, esta vez mirando a Jairo fijamente-. Y canta.

– ¿Qué tiene un gallo que canta?- preguntó Cristina muy divertida -. Póngalo a cantar, pues- lo invitó, riéndose.
El hombre empezó a caminar de un lado a otro por la misma escala. Se metió las manos en los bolsillos anchos de su pantalón, se lo subió y lo sacudió, moviendo insistentemente las manos dentro de los bolsillos. De pronto se detuvo en seco, como si estuviera listo para algo.

– ¿Es usted el que va a cantar?- se volvió a burlar Cristina.

– Tengo un gallo buenísimo- repitió estúpidamente el otro. Jairo miró la bolsa tratando de descubrir lo que el tipo le ofrecía, pero no vio más que botellas de aguardiente.

– ¿Qué es lo que tiene?- le preguntó con desprecio, mirando todavía las botellas en el piso.

– Vamos a negociar- dijo el hombre, de una manera incoherente, pero evidentemente animado por el interés del joven-. Es un gallo buenísimo.

– Pero muestre qué trajo- dijo con avidez Cristina, que parecía haber entendido al fin.

– Espere un momento- dijo el hombre, mirando confusamente hacia el parque, y levantando las cejas en un gesto equívoco.

Estaba ebrio: articulaba con dificultad las palabras y tenía el rostro pálido y atezado, un bigote ancho y húmedo que absorbía la saliva acumulada en las comisuras. Jairo comenzó a interesarse en el asunto pensando que el hombre había podido robarse algo de valor y en medio de su ebriedad lo iba a soltar por cualquier cosa. El tipo caminó hacia él y retrocedió luego un peldaño como refugiándose. Se sacó de un bolsillo dos anillos y se los entregó.

– Mírelos bien- dijo-. Son oro puro.

Jairo los miró entonces con desgano. No conocía el oro ni le gustaban los anillos. De no ser por la insistencia del tipo, los hubiera devuelto al instante. Pero más bien se quedó mirándolos sin saber qué quería descubrir en ellos. Lo único claro era el brillo amarillo que resaltaba aún en la penumbra.

– ¿Cuánto valen?- preguntó con ansiedad Cristina.

– Mírelos bien. Primero mírelos bien- sugirió el vendedor. Jairo siguió mirándolos estúpidamente. Pensó que se le podía ofrecer poco dinero, de tal modo que si los llegaba a engañar no doliera mucho. Luego pasó los anillos a Cristina.

– Pero diga cuánto pide- insistió Cristina, dando una mirada a las joyas.

– Mírelos, compruebe que son oro puro – repitió el tipo. Entonces Cristina se quedó mirando los anillos con desconfianza.

– ¿Sí son de oro?- le preguntó a su compañero.
– Sí- dijo el otro con indiferencia.

– Claro que son de oro- insistió el tipo, con notable entusiasmo-. Son de oro dieciocho.

– ¿Qué pide entonces por ellos?- apuró ella.

– Mire a ver cuánto me da.

– Jairo ¿Seguro que son de oro?- volvió a preguntar.

– Claro que son- respondió en su lugar el tipo, comprendiendo que el otro ya no iba a responder-. Vea, aquí entre nos, esos anillos me los acabo de robar.

– ¿Sí?- preguntó con sorpresa Cristina, pero también con malicia-. Y ¿a quién se los robó?

El hombre evadió la pregunta y más bien insistió para que la otra viera con más atención los anillos.

– ¿Y en dónde se los robó?- insistió ella.

– En El Poblado- gagueó el hombre con fastidio-. ¿Entonces qué? ¿Cuánto da por ellos?

Jairo estaba nervioso. Por encima de ellos y a los lados sentía el murmullo de las parejas imaginando que todos estaban atentos.

– ¿Cuánto pide?- repetía tercamente Cristina.

– Deme 25 mil pesos- soltó al fin el hombre-. Se los estoy regalando.

– ¡Oiga!- se apresuró a reprochar Jairo, al ver entusiasmo en los ojos de su compañera.

– ¡Veinticinco!- repitió ella como si solo entonces entendiera la cifra.

– Entonces ¿Cuánto dan?- desafió el tipo. Estaba ansioso de cerrar el negocio, y también desesperado. Miraba constantemente la bolsa, pero no se atrevía a sacar nada y se conformaba con caminar sin sosiego de un lado a otro.

Cristina empezó a gaguear, ensayando una propuesta. Se había apersonado con firmeza del negocio; pero Jairo la adivinó muy laxa y por eso se apresuró a decirle en voz baja, pero enérgica: Diez mil.

– ¿Cómo que diez mil pesos?- le respondió el tipo a Cristina, desilucionado-. Hagamos una cosa. Se los dejo en 15 mil pesos.

– Diez mil- repitió Jairo, en tono fuerte.

– Prácticamente se los estoy regalando. Deme doce mil pesos y se los lleva.
– Pero ¿sí son de oro, Jairo?- volvió a preguntar Cristina.

– Sí son de oro- respondió el otro, confiado. Estaba seguro que si el tipo se había arriesgado en la calle por robárselos era garantía del oro.

– Son de oro- reforzó el tipo-. Pero si no me creen, vamos a una joyería y los hacemos examinar.

– Présteme dos mil pesos- pidió la joven a su compañero.

– No. Que se los deje en diez mil si quiere.

– Deme los doce- insistió, prácticamente confiado, el otro.

– Présteme los dos mil- rogó ella de nuevo.

– ¡Pero si no tengo!- se sostuvo Jairo -. Usted no le puede dar lo que no tiene. Que se los deje en diez; si no, qué se va a hacer.

– Señor- dijo ella, con tono entristecido-. Es que no hay más plata.

– Entonces otro…

– Otro le va a dar menos- se apresuró a cortarlo ella, sin convicción.

– Otro día hablamos- terminó él la frase.
Entonces Jairo le reclamó los anillos a su compañera y se los devolvió al tipo. Le miró a ella los ojos vencidos, pero no dijo nada.

– Que los venda en otra parte- dijo con dureza. Ya el hombre había recogido la bolsa y estaba listo para marcharse cuando los volvió a mirar y dijo con voz de súplica:
– Denme siquiera once por ellos.

– Es de verdad que no tenemos más- insistió Jairo-. Espere yo veo cuánto tengo en el bolsillo- sacó quinientos pesos en monedas de cien y se las mostró al tipo.

Cristina también sacó el billete de diez y se lo entregó.

– Ojalá sí sean de oro- dijo casi amenazante-. Porque si no, vuelvo y se los traigo. Yo a usted lo conozco.

– Claro que son de oro. Pero si le resultan falsos tráigalos tranquila. Y si me ve por ahí con hambre algún día, me da cualquier cosa.

Después el hombre desapareció por la calle que bajaba a San Juan, por donde mismo había subido. Cristina se quedó estregando los anillos contra la blusa.

– Sí son de oro- dijo con seguridad-, porque no sueltan nada.

Jairo no habló y ella siguió pidiéndole respuestas a la blusa. Sin embargo quiso que él corroborara lo que ella había descubierto.

– Sí son de oro- respondió, sin disimular el enfado-. Pero guárdelos ya.

– Deje de ser tan visajoso- reprochó ella-. Lo que tenemos es que comprobar si son de oro o no.

– Que guardé esa maricada- gritó él exasperado. Pero ella no se dio por enterada y siguió frotándolos contra su blusa, cada vez con más insistencia. Después se acercó a una de las parejas que conversaba sentada sobre un sardinel y le preguntó directamente al novio, con los anillos en la mano:

– Señor ¿usted conoce el oro?

– Claro que sí- respondió el otro con amabilidad y confianza-. Muéstreme.

El método del hombre era idéntico al de ella: estuvo un buen rato frotando los anillos sobre su pantalón de paño y al final concluyó que los anillos eran oro puro.

– Se hicieron ustedes a un buen negocio- dijo maliciosamente la novia. Pero nadie le prestó atención.

– Yo sé cómo se comprueba mejor- insistió Cristina, cuando se retiraron de la pareja. Acercó la lengua a uno de los anillos y lo saboreó detenidamente.

– Sí son de oro, porque no saben amargo.

Pero no parecía estar convencida, porque no guardaba de una vez los benditos anillos; eso tenía desesperado a Jairo; aunque ella no lograba entender por qué.
– Es que esa gente no es de confiar- se explicaba él-. Si en verdad los anillos son de oro, nada extraño que el tipo se devuelva y nos atraque. O que nos atraque otro.

Estaban ya saliendo del parque cuando Cristina dijo con preocupación:

– Dios quiera que sí sean de oro. Porque le entregué la plata que tenía y todavía no le compro los pañales ni la leche a la niña.

El domingo Jairo subió temprano a la casa de Cristina y le tocó toda la cantaleta que la mamá le echaba a Sandra porque la niña se enredaba todo el tiempo con el pañal de trapo y porque la tenía tomando en el tetero agua de panela. Cristina nada contestaba y soportaba insensiblemente la cantaleta. Estaba contenta con su adquisición; bien temprano había tenido la intención de venderlos, pero ahora, ante la luz radiante del sol que iluminaba las joyas estaba más decidida por quedárselos. Al rato dijo que una amiga le iba a pagar la plata que le debía, y se fue a esperarla al centro. Entonces Jairo se llevó a la niña para la calle para evitarse el mal genio de la señora. No regresó hasta entrada la noche, al tiempo que regresaba también Cristina, igual de desplatada que cuando salió. Para calmar a la mamá dijo que habían quedado de pagarle al otro día, pero nadie le creyó y ella tampoco hizo esfuerzo alguno por convencer.

– Los anillos no son de oro- le dijo a Jairo, cuando al fin pudo hablar a solas con él. Su voz sonaba derrotada y rencorosa-.  Mire cómo me dejaron de negros los dedos-. En un momento Jairo quiso mirar la evidencia. Pero desistió; tendido en la cama donde intentaba hacer dormir a la niña guardó silencio y cerró los ojos.

En Granada, Antioquia, se van a robar el río Tafetanes

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