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Prescindir de los que nos separa e insistir en lo que nos une

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Foto: Andrés López
Foto: Andrés López

Por Wilmar Harley Castillo Amorocho

Taparse la cara y tirar una piedra, portar un escudo o devolver un gas lacrimógeno, es de las pocas acciones/símbolos que se apropió de la modernidad para llenarla del pensamiento propio que cultivamos los pueblos del sur mundial. Recordemos a los pueblos zapatistas del sur mexicano, los piqueteros argentinos y demás comunidades organizadas que tapan su rostro para hacerse escuchar.

La capucha sigue vigente entre nosotros/as como símbolo de lucha popular. El Paro nacional del 2021 la oxigenó con las Primera Línea, haciendo que la mística alrededor de ella despertara con los aires de esa juventud que le imprimió sus rasgos propios. Se le agregaron gafas de dotación industrial para proteger los ojos, el casco de obrero, el escudo, stickers, las hubo de colores claros y oscuros para distinguirse entre colectivos o individuos que pusieron su grano de arena en ese acontecimiento masivo y popular.

Esta prenda de vestir se impregnó en el imaginario colectivo para distinguir quién era quién. De un lado las gentes movilizadas que cerraban las carreteras contra el gobierno de Iván Duque y todo lo que representaba, del otro lado el ESMAD, policías en moto y gente de bien defendiendo al régimen asesino. En medio de la fiesta callejera, la capucha ayudó a proteger la identidad de los/as protestantes, porque todos los ojos con diversos intereses les apuntaban, incluyendo a aquellos intereses de judicializar y asesinar.

Lamentablemente protestar para exigir derechos o cambios sustanciales se considera un delito legal y cultural. Legal porque los ricos han construido su paquete normativo para judicializar el pensamiento crítico y las protestas. Cultural porque esta clase adinerada ha impuesto la idea de que la capucha es sinónimo de violencia. Aun así, desde que persistan las injusticias económicas, sociales y políticas que alimentan los conflictos sociales, seguirán saliendo a las calles encapuchados/as para proteger la vida.

No recordaré más lo que otros/as han expuesto exhaustivamente y con más rigor investigativo acerca de las causas de la capucha. Le dedicaré las siguientes palabras a una reflexión que brotó por una acción conjunta de varios colectivos encapuchados de la Universidad del Tolima (UT) el pasado martes 14 de febrero, en la ciudad de Ibagué.

Ese martes el gobierno nacional invitó a marchar a quienes lo apoyamos, la convocatoria empezó a las 8:00 am y la jornada terminó al medio día. Todo tranquilo hasta ahí. A eso del medio día salió una coordinación de colectivos estudiantiles encapuchados en la UT, se presentaron como Cofradía y, según contaron los/as defensores de Derechos Humanos, hicieron una reunión en la avenida cuarta (a dos cuadras de la entrada principal del campus), quemaron papas bomba y voladores, hicieron algunas pintas en las paredes de la universidad y entregaron un folletín de tamaño bolsillo. Pregunté por las razones de su salida y no hubo una respuesta concreta más allá de la clásica denuncia contra el orden injusto de cosas en el país.

Cierto aire de vanguardismo de izquierda noté en ese episodio que brilló por su desconexión con el periodo histórico que estamos atravesando. Primero porque la unidad entre la clase popular es una tarea urgente para no solo apoyar a un gobierno que pusimos con luchas, sudor, sangre y ojos, sino al plan de gobierno que representa parcialmente nuestros intereses, y así empezar a transitar hacia la democratización real de la sociedad, las condiciones de vida digna y la consecución de un proyecto de sociedad que mire más allá de dichas reformas. Pero en la exposición multimedial de Cofradía no se supo si su acción estaba en esa sintonía, su exposición política no estuvo mal, pero si incompleta porque se quedaron en lo general y no apuntaron a la coyuntura actual. Por el contrario, esta acción se prestó para aumentar la especulación dañina que la derecha local y nacional sigue empeñada en imponer contra los sectores populares que estamos (de manera crítica) con el gobierno nacional.

Lo que representó este nuevo episodio de marchas y mítines es el pulso político entre derecha y sectores populares por la correlación de fuerzas, por no dejar ganar a los intereses desestabilizadores y golpistas que desde el 7 de agosto del 2022 empezaron a trabajar integralmente dentro y fuera del Estado. El apoyo al gobierno nacional y al programa de gobierno fue uno de los objetivos de estas movilizaciones, pero otro objetivo fue y sigue siendo exigirle al gobierno nacional que cumpla con dicho plan de gobierno, y que este paquete no termine favoreciendo a los de siempre, sino que beneficie integralmente a la gente de a pie. También se marchó para que el gobierno nacional desmonte el paramilitarismo en el país (que llega al 70% de los territorios hoy en día) y cumpla los acuerdos pactados con las comunidades que antes y durante este gobierno siguen siendo incumplidos. El panorama es más complejo, pero por ahora dejo esta rápida mirada del periodo por el que transitamos.

Ante este panorama, Cofradía quedó desarticulado de la jornada del 14 de febrero al salir cuando las marchas habían terminado, asunto que los aísla de las luchas que otros sectores sociales impulsan. Se perdió la contundencia política de su acción colectiva, y su fuerza no se aprovechó para restarle piso político a la derecha golpista, por eso la pólvora que reventaron ese día pudo haberse reemplazado con acciones publicitarias que ayudaran a incrementar su legitimidad como colectivos estudiantiles encapuchados y posicionar más sus propuestas políticas dentro de una jornada nacional de movilización.

Cofradía fue víctima de la estrategia de la administración universitaria de cancelar el funcionamiento del campus, sacando a la comunidad académica bajo un ambiente de terror infundado, para dejar sin apoyo social a cualquier colectivo estudiantil encapuchado que sale públicamente. A veces, sin querer queriendo, los efectos de las acciones colectivas populares favorecen las estrategias de la derecha, por lo que hay que tener una perspectiva integral e integradora de la lucha de clases en cualquier territorio donde estemos tensionándola, para evitar sumarle puntos al adversario de clase. La memoria juega un papel importante en la medida que nos enseña sobre la experiencia propia y la experiencia de lucha de otros pueblos y procesos organizativos, evitando repetir errores y prevenir la reacción de la derecha. Para el caso de la UT, como no está ajena al control de la clase represiva y corrupta a escala departamental, siempre busca impedir que se reactive el movimiento estudiantil.

Hago estas críticas para mejorar en las luchas populares y articularnos más como sectores empobrecidos con objetivos compartidos. Las hago con todo el amor eficaz hacia los/as estudiantes universitarios que arriesgan la vida para alcanzar esos objetivos comunes en estos días de cambios históricos y tensionamientos políticos entre clases sociales. Tampoco creo que tengo la palabra sagrada, solo aporto insumos para profundizar en las reflexiones necesarias sobre nuestras formas de construir la sociedad y el mundo que llevamos en los corazones.

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