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La paz total

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Foto tomada de Semanaria Voz
Foto tomada de Semanaria Voz

Por Camilo Builes

La paz en Colombia ha sido una quimera objeto de más de una obsesión. Las inacabables guerras del siglo XIX en el país, atestiguan lo eterno de la esperanza de por fin conseguir la paz. Centralistas contra federalistas, liberales contra conservadores, guerrilleros contra paramilitares, etc. Pareciera ser que, debido a la ausencia de un poder centralizador de corte autoritario, como paso históricamente en el resto de Sudamérica, Colombia se hubiera sumido en el anarquismo absoluto. Pues cabe recalcar que la generación liberal colombiana, que fue quien gano las primeras guerras civiles e impuso un modelo de país –el más liberal de toda América–, rozaba los principios del anarquismo de Proudhon; también recordar que Murillo Toro era un enemigo declarado de poder ejecutivo. Los prematuros Estados Unidos de Colombia, surgidos bajo un bautizo de sangre, tenían mucho de Estado y poco de unidos. Hay en esa disolución del proyecto de la Gran Colombia un germen del conflicto interno que hasta hoy perdura.

Es verdad que en el fondo, esta idea supremamente liberal de cada uno por su lado, del individualismo exacerbado en lo económico y en lo social, tiene algo que ver con la violencia del país. Igual que tiene razón quien afirme que el conservadurismo reaccionario, de la intolerancia y la inquisición, carga una buena culpa de por qué somos una sociedad con una incapacidad absoluta de diálogo. El punto no es realizar una elaborada etiología histórica del carácter violento e intolerante de un país que se ha dedicado a matarse entre hermanos, eso aparte de promover una parálisis a todo tipo de acción contra el problema, nos da una respuesta esencialista e irracional sobre un problema social, pues nos dice que siempre hemos sido violentos y siempre lo seremos. Cambiemos de pregunta mejor: ¿por qué hemos sido históricamente tan violentos?

Como bien han señalado infinidad de sociólogos, esta pregunta tiene que ver sobre todo con un asunto: la distribución de la tierra. Desde que la república es república, las tierras han estado concentradas en muy pocas manos, pero cuidado que hablo de la tierra fértil, pues de nada sirve la propiedad de baldíos o bosques gigantes para un campesino sin mayor capital. Esto, aparte de provocar la migración interna de millones de personas del campo, y de crear una cada vez más numerosa clase obrera en las ciudades, trajo una pelea inmensa por las pocas tierras que se escapaban de las garras de los terratenientes. Los bandoleros liberales y la casería política entre las comunidades rurales son un reflejo de este fenómeno, aunque a su vez se pueda formular en un término más amplio: la competencia. El terror en el campo tiene tanto el rostro del pequeño propietario como del grande, lección que también nos enseña las invasiones vikingas en Inglaterra, aunque el paralelismo histórico pueda sobrar. Pero nos sirve comprender que ha sido dos siglos de expropiación de los grandes a los pequeños, y de los pequeños a los aún más pequeños.

Hoy por hoy, después de quien sabe cuántas reformas agrarias fallidas, y a la expectativa de una nueva, el problema parece ser los términos en los que definimos reforma agraria. Porque desde los primeros gobiernos liberales se viene impulsando la figura del pequeño campesino capitalista como modelo ideal, cambiar los terratenientes por millares de granjeros con escopeta como en USA. Puesto que me mantengo escéptico de que con la llegada de dinero público e inversiones privadas se arregle mágicamente la producción agraria –pues no profeso el credo al libre mercado–, pregunto si no tiene más sentido la tierra en manos de las mayorías unidas, en lugar de fragmentadas. Sí en lugar de buscar una clase media campesina, buscamos un campesinado unido donde nadie se quede atrás. Si algo nos ha enseñado Asia es el valor de las cooperativas agrarias, de la acción comunal que ha sacado a miles de millones de la pobreza extrema. Un modelo que permita ver que la acumulación privada no es solo amoral, sino ante todo, improductiva e irracional. Juntos es que se puede invertir en caminos, en comercializadoras, en exportaciones, en educación, y en buscar un futuro para no tener más generaciones olvidadas en las montañas.

Si el nuevo gobierno quiere conseguir la paz en Colombia, que no se le olvide que las condiciones de esta son económicas, que la liberación de la pobreza y la matanza no es legislativa o espiritual, sino material. De nada sirve firmar acuerdos con la guerrilla y repartir tierras del tesoro burocrático, si es para allanar el camino de medianos y pequeños capitales agrarios rezagados. Igual que el problema de la esclavitud no era volver a cada hombre un amo, el problema de la acumulación no es darle a cada hombre su capital. Para una paz total, es necesaria una reforma agraria igual de total.

Prescindir de los que nos separa e insistir en lo que nos une

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