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22 años de impunidad

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El 19 y 20 de agosto, en La Pista, municipio de Tibú (Norte de Santander) se desarrolló el Encuentro Internacional de Víctimas y Sobrevivientes de procesos genocidas, espacio en el que se debatió, reflexionó y se tejió alrededor de la memoria viva, la resistencia y el tejido comunitario.

Por: Ana Sofía Ramírez Gómez

En noviembre de 2002, el ejército detuvo y asesinó al campesino Javier Alberto Gonzáles mientras iba de regreso a su casa en Campo Dos, Tibú, Norte de Santander. Desde entonces, su esposa Albinia Arias Gómez comenzó un proceso para encontrar justicia. La historia de victimización de Albinia y su familia coincidió la mayor expansión del Bloque Central Bolívar de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), quienes llegaron a tener presencia en más de 13 departamentos.

En el 2000, Albinia llegó a Barrancabermeja con su familia con el fin de darles educación a sus hijos, sin embargo, el manejo territorial del paramilitarismo cambió totalmente sus planes de vida. Según una investigación de la Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento, para el primer semestre del 2000, más de 134.000 personas habían sido desplazadas de su territorio. En este contexto, Javier Alberto fue amenazado en el parque de Barrancabermeja cuando se dirigía a su trabajo:

“Con la arremetida paramilitar en Barranca, había mucho miedo, mucho temor, y amenazaban a la gente porque sí, él fue uno de esos. Iba para su trabajo en su cicla, lo abordaron en un parque, salió un tipo armado y lo encañonó, y le dijo que no lo quería volver a ver en Barrancabermeja”, cuenta Albinia.

A pesar de que la familia había logrado estabilizarse en la ciudad petrolera, el 18 de agosto de 2000, Javier Alberto tuvo que separarse de sus seres queridos y Albinia asumió  la responsabilidad del hogar en medio de la incertidumbre y el miedo.

Un mes después de que Javier Alberto se fuera, comenzó a ser perseguida y abordada por un hombre que, tras preguntarle insistentemente por su esposo, le dio 12 horas para abandonar la ciudad. Albinia recuerda ese momento con lágrimas en los ojos y ansiedad en sus manos. No olvida el dolor que le causó separarse de sus hijos sin poder garantizar su bienestar, al tiempo que se veía obligada a empezar su vida de nuevo. Decidió reunirse con Javier Alberto en Bucaramanga y dejar a sus hijos en Barrancabermeja con su cuñada.

Después de un tiempo de muchas dificultades, les ofrecieron trabajo como mayordomos en una finca en Campo Dos. La familia se reencontró con esperanza, creyendo que esa era una oportunidad para comenzar de nuevo. Sin embargo, al llegar, se encontraron con una desoladora realidad. 

“Nosotros veníamos con los cinco niños, sin nada, porque lo habíamos perdido todo, solo los niños y cada uno con dos mudas de ropa. Cuando llegamos a Campo Dos, vemos todo ese grupo de paramilitares, y los niños creían que era ejército, mi esposo siempre les había contado que el ejército era quien nos cuidaba y nos salvaba. Entonces ellos veían el ejército y era una alegría, y les decían amigo, y los saludaban de mano. Claro, los tipos no querían darle la mano, pero ellos buscaban que les dieran la mano, y nosotros no sabíamos qué hacer, cuando les vimos los brazaletes que eran de las AUC, nosotros no sabíamos qué hacer.”

Además de ser un territorio controlado por el paramilitarismo, el trabajo que les habían ofrecido tampoco era lo que pensaban. Con el tono de voz más bajo posible, Albinia cuenta que lo único que había para hacer era raspar coca, entonces a eso se dedicaron. Tanto ella como su esposo no se sentían cómodos. El liderazgo de Javier Alberto lo llevó a movilizar a la comunidad para empezar a sembrar yuca, plátano, maíz y otros cultivos que le permitieran a las personas tener su comida en la casa.

Aunque no era el mejor panorama, Albinia y su familia estaban felices por estar todos juntos y con estabilidad. Tomaron la decisión de buscar una casa en el pueblo donde vivían sus padres, Saratoga, Santander. Así podrían asegurar que sus hijos siguieran estudiando y compartir una temporada con ellos y otra con Javier Alberto. Además empezaron un proyecto basado en los conocimientos que tenía su esposo para la realización de láminas que imitaban el mármol. Iniciativa que le permitió pensar en un futuro estable y con toda la familia completa, así transcurrió el 2001 y parte del 2002.

Para noviembre del 2002, Albinia y Javier Alberto sentían que ya estaban lo suficientemente estables para que toda la familia estuviera junta de nuevo. Acordaron que el 21 de diciembre Javier Alberto iba a reencontrarse con sus hijos, pero justo un mes antes, luego de trabajar en una finca cercana tuvo un encuentro con el ejército.

“Venía de regreso del trabajo para la casa, y había un grupo de ejército, lo detuvieron. Me decía un señor que se escondió para mirar, porque él no quería dejarlo pasar, pero él no le hizo caso a ese señor, y le dijo: no, yo no debo nada, yo llevo mis papeles, y ese es el ejército, y el ejército no nos hace daño. El señor le respondió: mijo, usted no conoce lo que es el ejército.”

La persona que habló con Albinia y fue testigo de lo que le pasó a su esposo, le contó que en un primer momento el trato fue formal, incluso se rieron, pero justo antes de dejarlo ir, cuando ya iba a pasar al último guardia, lo toman por la fuerza y lo torturan durante toda la noche. Aunque Albinia buscó su cuerpo desde el primer momento, se enteró 3 años después cuando se embarca en la búsqueda de toda la verdad sobre lo que le pasó a su esposo. Encontró testimonio de este testigo, que además le contó que el cuerpo de Javier fue montado en un camión que transportaba madera y llevado al casco urbano de Campo Dos para ser mostrado como guerrillero e infundir miedo en la comunidad.

Aunque ella ya sabía que su esposo había sido asesinado, Albinia buscó el cuerpo dos semanas después de su desaparición, pero lejos de encontrar la verdad, estuvo a punto de tener el mismo destino de su Javier. Albinia cuenta que fue en compañía de su hermano a preguntar en la funeraria de Campo Dos, pero todo el mundo le daba información diferente y un hombre que se ofreció a llevarlos, tomó rumbo hacia el municipio de La Gabarra aprovechando el momento de vulnerabilidad de Albinia. De no ser por su hermano que estaba pendiente del camino, y de la compasión que tuvo el conductor, otra sería la historia.

Casi diez años después de la desaparición de su esposo, Albinia comenzó a conocer otros casos de víctimas que también buscan la verdad. Gracias a la experiencia y asesoría obtenida, logró activar un mecanismo de búsqueda urgente. Esto permitió encontrar un certificado de defunción con características coincidentes con Javier Alberto: dientes, cicatrices, edad aproximada y color de piel. Tras cotejar las huellas dactilares, el resultado fue positivo.

La Fiscalía 57 de Cúcuta tenía el caso y le confirmó a Albinia la entrega del cuerpo. Sin embargo, a pesar de la importancia del momento y de la presencia de organizaciones sociales, de víctimas y familiares, la institucionalidad falló nuevamente. El encuentro pactado no se llevó a cabo. La fiscal encargada no llegó, justificando su ausencia debido a que el helicóptero asignado debía llevar comida al ejército. En Colombia la cifra de víctimas en búsqueda de la verdad es abrumadora, y se requiere de una institucionalidad comprometida con los procesos de memoria para llegar a las condiciones necesarias de justicia en un país que sigue generando víctimas.

Albinia concluye que “lo que nosotros queremos hacer es visibilizar estas víctimas y visibilizar la verdad, contar la verdad desde nuestro sentir, desde nuestro ser, desde lo que nos tocó vivir, y nos tocará continuar viviendo. Porque a pesar de lo que va ocurriendo en los años, en el caso de Javier Alberto, que fue detenido y desaparecido por el ejército colombiano, ya va a cumplir 22 años y está totalmente en la impunidad”.

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