Por La Bruja Tara
Para el diccionario de americanismos una nea es una persona de malos sentimientos. Para ChatGPT, el modelo de lenguaje artificial creado por OpenAi, la palabra nea se utiliza para referirse a un amigo o compañero de una manera informal y amistosa, o como una expresión de alegría o admiración. Para algunos académicos colombianos la palabra es una reducción de gonorrea (otra expresión con varios significados, entre ellos el de amigo o parcero). Como es usual en el parlache, la palabra ha mutado y se ha insertado en el vocabulario general de la población de la ciudad (y del país) con significados variables. Sin embargo, cuando se usa como adjetivo para calificar a alguien, encontramos un estereotipo reconocible: una nea será un hombre o mujer de ropas vistosas, usualmente anchas, a veces gorra, que tiene un hablado particular de calle y que, en términos generales, sobresale del común; algunas veces las neas son asociadas con la delincuencia y el consumo de estupefacientes.
El neísmo es una filosofía que quiere rescatar el término nea de los señalamientos discriminatorios. Para ellos la sociedad desconoce el potencial de sus neas, en parte porque nunca ha creído en ellas. Para el neísmo una nea es cualquier persona con sueños por cumplir. Un neísta será, entonces, una nea con disposición a materializar esos sueños por vía artística: una nea que hace arte.
Los neístas no son famosos, no tienen dinero, no tienen una formación académica especializada. Se rebuscan el día, hacen lo que tienen que hacer sin dejar de hacer lo que aman. Esta convicción férrea de crear, pese a las dificultades, es su estilo de vida, su sello identitario. Los neístas han sobrevivido a entornos violentos, los han perseguido, los han amenazado y señalado por ser distintos y, usualmente, no solo son invisibles para los entes gubernamentales —cuyas políticas de cultura siguen recompensando el mismo tipo de artista—, sino que, además, son anónimos en sus propios barrios en los que no se han podido desligar del estereotipo de neas o de chirretes.
Los neístas conocen la calle como si fuera su casa, es su patio de recreo y trabajo, su maestra, su fuente de inspiración. Cantan la ciudad y su vida en versos de rap, punk, rock o reguetón. Hacen poesía de su día a día, se desgañitan en buses, parques y semáforos buscando monedas y aplausos, bailan. Independiente de la labor que desempeñen, todos hacen malabares para sobrevivir. Pintan, dejan plasmadas sus impresiones, lo mismo en muros a los que adornan con letras gigantes, que en la tela de un lienzo en que abstraen su realidad a golpes de pincel. Hacen música que suena a calle y a melancolía, ya sea un simple beatbox o una instrumental. Son artesanos, creadores de piezas únicas, artefactos que contienen sus almas en formas de anillos, aretes, pulseras, cadenas e infinidad de accesorios con los que muchas personas se identifican y que vuelven, orgullosos, parte de su propio estilo. Hacen performances de ensueño, unos usan las tablas de los teatros, otros las cámaras de las habitaciones.
La idea del Neísmo es crear una expresión artística que reúna las voces de creadores invisibles en la ciudad de Medellín. Decir que algunos neístas se inspiran en Gonzalo Arango, en Pedro Nel Gómez o Helí Ramírez, por citar algunos ejemplos, es querer ponerle al movimiento un carácter académico que no tiene. Los neístas son pintores, cantantes, muralistas, poetas, escritores, bailarines, etc., y son varios los artistas que los han influenciado, pero su arte no responde, en esencia, a los lineamientos académicos de ninguna corriente específica. Los neístas narran, por medio de sus creaciones, sus historias de vida, cómo ven la ciudad, qué piensan del mundo para el que parecen sobrar. Son como el lenguaje, que está vivo, que muta, que evoluciona en parlache, que es impredecible; tienen en común la calle, las experiencias y su impulso creativo. Sus ideas pueden ser diametralmente opuestas, su concepción del arte puede diferir y es también en esto en donde está la riqueza del movimiento que no quiere imponer ninguna directriz, al que solo le interesa que el neísta se exprese en su obra, alentarlo a que continúe haciéndolo, lo que él o ella piense es problema del neísta y no del neísmo.
El movimiento no tiene manifiesto, ni siquiera un panfleto, surgió de conversaciones espontáneas entre amigos del corregimiento San Cristóbal de Medellín; que son, precisamente, artistas sin nombre, invisibles, muchachos de barrio que sobreviven de trabajos que no les llena el alma, que llegan a casa a sumergirse en las obras que crean, y que estaban cansados del estigma que viene con la palabra nea. El neísmo no compite, no se queja del éxito de ningún tipo de artista. Los neístas retratan la realidad y quieren dejar huella en la cultura del país. La idea del neísmo es generar unión, que los artistas emergentes aprendan a reconocerse como tal, que no son menos artistas por vender menos, por no vender nada o porque no han podido poner sus pies en las baldosas lustradas de las academias de arte. El neísmo se ocupa de ayudar al neísta a ejecutar una de sus máximas: Mostro, hágalo real… eso es todo.