Por Álvaro Lozano Gutiérrez
Palestina de muerte y nacimiento.
Te llevé, como fuego de mis versos,
en mis viejas carpetas.
Te llevé de alimento en mis viajes.
Y te llamé, gritando, por los valles.Mahmud Darwish, enamorado de Palestina.
Tras la escalada militar del ejército israelí sobre la franja de Gaza el pasado 9 de octubre, vuelve a los medios internacionales un conflicto heredado de las políticas colonialistas que configuraron el mapa actual del Medio Oriente. Una guerra que pasa de lo militar a lo mediático y, como intenta explicar el presente artículo, al campo de lo ideológico dominado por la gigantesca industria cultural de la Hasbará, término con el que se denomina la manera como Israel gestiona su propaganda interna e internacional en torno al tratamiento del conflicto con Palestina.
Palestina 1948: la Nakba
Tragedia, así identifica la población palestina, asediada en su propia tierra o en el exilio, a la creación del estado de Israel por la ONU en 1948. Los hechos históricos no son tan idílicos como se han plasmado en los libros de historia occidentales o en las películas que han difundido la narrativa de “una tierra sin dueño, para un pueblo sin tierra”. Mientras los estados nación europeos se consolidaban en torno a estructuras políticas, formas culturales y el arraigo en un territorio, nace en el seno de las comunidades judías europeas la ideología de sionismo. Su principal objetivo es el establecimiento de un estado judío preferentemente en las tierras palestinas, en ese momento bajo en control del Imperio Turco Otomano.
Si bien la Soah o asesinato de millones de judíos en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), va a ser un catalizador para acelerar el proceso de ocupación por parte de Israel, lo cierto es desde el principio se trató de un proyecto colonialista, que comienza y se sigue imponiendo con violencia. Así, el 22 de julio de 1946 se comete el atentado al Hotel Rey David, sede de la Comandancia Militar del Mandato Británico de Palestina, realizado por el grupo terrorista sionista Irgún Tzvaí Leumí comandado por Menájem Beguin, posteriormente primer ministro de Israel. Los 91 muertos tendrían como objetivo presionar al mandato británico en el reconocimiento de un nuevo estado.
De la misma manera, importantes voces judías como Albert Einstein, Hannah Arendt o Primo Levi, protestan ante masacres como la de Deir Yassin, donde 120 civiles palestinos son asesinados por grupos paramilitares israelíes. Acción que se repetirá año por año en nombre como Jenín o Sabrá y Chatila, y que marca sistemáticamente lo que se conoce como limpieza étnica.
¿Choque de civilizaciones o guerra religiosa?
Si bien los hechos referidos son congruentes con la manera como las naciones centro europeas han ejercido su poder en sus enclaves coloniales, lo cierto es que los medios de comunicación global han impuesto una serie de narrativas que pretenden justificar acciones como el ataque al Hospital Bautista Al-Ahli el 17 de octubre. Estas dominan las matrices de información que en últimas desinforman bajo el presupuesto de una complejidad que va más allá de la comprensión del ciudadano promedio.
Entre estas narrativas tenemos:
● Es un conflicto religioso: el cual lleva miles de años (se habla incluso de tiempos bíblicos), donde judíos y árabes disputan una tierra de promisión. Esta narrativa pasa por alto hechos como que antes de la aparición del sionismo la población musulmana, judía y cristiana ortodoxa convivió pacíficamente, ya fuera bajo los califas omeyas o el imperio Turco Otomano. Por otra parte, tiene como punto de partida que no existen otros grupos religiosos en Palestina o que son una minoría insignificante. Asimismo, asume que la comunidad judía apoya de manera unánime al régimen de Tel Aviv sin tener en cuenta importantes movimientos como Neturei Karta, quienes consideran ilegitimo a Israel y sus pretensiones sobre los territorios ocupados.
● Es un conflicto de civilizaciones: tal como lo expone Samuel Huntington en su libro- manifiesto, los árabes y el islam representan la otredad, y al no compartir los mismos valores representa un peligro para la civilización blanca, cristiana y occidental. Así lo han declarado Benjamín Netanyahu o Donald Trump en sus alocuciones donde consideran a Israel como último bastión en Medio Oriente frente al avance del islam radical. Al igual que la narrativa religiosa, desconoce el valor de la cultura islámica y su complementariedad con el proyecto civilizador de occidente, además de pasar por alto proyectos alternativos al poder hegemónico de EE. UU y la unión europea como el Sur Global y las alianzas de los que siempre han sido considerado el Tercer Mundo.
● Es un conflicto entre la democracia y el terrorismo: Narrativa construida desde el 11 de septiembre, donde se identifica cualquier movimiento alternativo, de liberación nacional o de lucha social, con el terrorismo internacional. Esto se hace patente ante las declaraciones del presidente de Colombia Gustavo Petro, que ya en el marco de la Asamblea General de las Naciones Unidas pedía una solución negociada y el reconocimiento de Palestina como territorio ocupado; las reacciones no se hicieron esperar y comienzan con el embajador israelí Gali Dagan que acusa al mandatario de apoyar el terrorismo de Hamas y ponerse en contra de la legitimidad del derecho internacional. Poco o nada se habla de la ocupación israelí, el asesinato de civiles, la destrucción de casas, el arresto de niños o las detenciones “administrativas”, donde cientos de palestinos se encuentran presos sin ningún proceso ante entes judiciales. La palabra “ocupación” se reemplaza por “soberanía”, y las acciones contra el Derecho Internacional Humanitario se ignoran de manera intencionada, siempre para favorecer a quien se impone únicamente por la fuerza.
Y es que ciertamente en la política de apartheid y colonialismo simpe habrá como justificar la barbarie. Mientras en el bando israelí se habla de “asesinados”, los palestinos sólo son “muertos”. Cada día de se realiza de manera más eficiente la limpieza étnica. Hoy se normaliza “marcar” en un brazo a los niños (sombra de los tatuajes en Auschwitz) para reconocerles tras ser destrozados en un bombardeo. Hoy la imagen de una madre palestina aferrada al cadáver de su hijo se ha convertido en parte del paisaje mediático… hoy sufren y mueren los condenados de la tierra.











