Edición 176 – Enero - Marzo 2024

La puerta de oro y la nevera vacía de Joselito Carnaval

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Por Juan Alejandro Echeverri
Fotografías: Sebastián Hernández y Eduardo Trujillo

Treinta minutos antes de que Gustavo Petro se reuniera con el presidente y el vicepresidente de la Corte Suprema de Justicia en la Casa de Nariño, tres equilibristas parados sobre las rocas porosas y desiguales se batían contra una brisa pletórica, deseosos de que allí donde el río Magdalena y el mar Caribe se convierten en un solo cuerpo, su anzuelo artesanal atravesara el paladar de un animal sin parpados y sin orejas.

Son los hombres del fin —o el principio— del mundo. Ermitaños hechos de agua, sol y sal. Personas que, probablemente, hacen parte de ese millón y medio de colombianos que el Estado no ha podido identificar, que viven en las partes más remotas y ni siquiera tienen cédula, por lo tanto tampoco tienen derecho a salud, educación o a cualquier misero e insuficiente subsidio. “Colombianos” que viven en Bocas de Ceniza, cinco kilómetros rectos de formación rocosa, con ranchos de tabla en sus lados, y donde luego de la última roca el río Magdalena —después de nacer a 3.685 metros de altura en el Páramo de las Papas, atravesar doce departamentos y absorber más de quinientos ríos en su curso— se vuelve pequeño cuando desemboca en la infinidad del mar.

Mientras el presidente tuitea sobre su reunión, y Barranquilla se prepara para recibir miles de turistas que gozaran del desenfrenado Carnaval, en Bocas de Ceniza, a 17 kilómetros de la Alcaldía, la noche es más oscura que en cualquier otra parte de la ciudad.

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En su Biografía del Caribe, Germán Arciniegas escribió que “cuanto más absurdo, más lindo es el milagro”. Es la primera rueda de cumbia, el tronar de los tambores, lo que cada primero de enero revive a Joselito Carnaval de su resaca penitente. Durante su paso invisible pero determinante por este mundo, Barranquilla, de manera gradual, se mostrará ante Colombia y el mundo tal cual es. Ni lo beodo ni lo aparentemente divino lo hace inmortal. La noche anterior al miércoles de ceniza, por las calles se llorará la muerte del famoso borracho que nadie ha visto, pero que todo el mundo conoce. Su merecido y anual descanso dará por finalizada otra versión del Carnaval.

Wilson Castañeda, director de Caribe Afirmativo, referente regional y nacional en la lucha por los derechos de las diversidades sexuales y de género, asegura que “para entender a Barraquilla, hay que entenderla en perspectiva de su Carnaval”. Hay quienes dicen que se realizó por primera vez a principios del siglo XIX, otros que a inicios siglo XX, también hay quienes aseguran que Esthercita Forero, celebre cantante y compositora, fue la precursora cuando en 1974 promovió la realización de la guacherna, una procesión nocturna, musical, festiva, y bailable, el evento más público de todos, que marca el fin de los precarnavales y el inicio social del Carnaval. Lo cierto es que, según Wilson, la definición más clara y contundente de la cultura barranquillera sale a flote durante el Carnaval, “es el punto de partida y el punto de llegada de las acciones de construcción de ciudad”.

En las primeras semanas, las más importantes del año, Barranquilla logra sintetizar y hacer suyas expresiones que modelan el espíritu cultural del Caribe colombiano: expresiones de Talaigua, sur de Bolívar; de Tamalameque, en el Magdalena; del norte de La Guajira; del Caimán cienaguero; de la fiesta de la Candelaria de Cartagena; del río Sinú de Córdoba. La huella cultural dejada por la migración turca, italiana y árabe que empezó a llegar a la costa norte del país a finales del siglo XIX, también supo articularse a la ciudad, lograr un sincretismo particular y dejar su impronta en el evento magno a pesar del regionalismo soterrado de los barranquilleros.

Pese a los avances tecnológicos y los naturales cambios en la idiosincrasia de los pueblos, el Carnaval de Barranquilla, declarado patrimonio de la Humanidad por las UNESCO en 2003, logra ensalzar, salvaguardar y poner en el centro la cumbia, los disfraces tradicionales relacionados con la historia de los esclavos africanos y con los animales que perviven en la región, entre otras expresiones características de su cultura caribe.

Después de una fugaz visita, la mirada cosificadora y superficial del visitante podría llevarlo a pensar que la cultura barranquillera y caribeña se fundamenta en la exageración, el saboteo y la (auto)ridiculización. Wilson no nació en Barranquilla, reconoce no ser un experto sobre el Carnaval, pero después de vivir quince años en la ciudad puede dar fe de “que hay una convicción, una vocación, un espíritu carnavalero en las personas de Barranquilla. La ciudad tiene una capacidad transformativa en torno al Carnaval. Eso de ser hacedores del Carnaval es una realidad que vive la gente. Tienen un respeto y una convicción profunda por la cumbia, por los disfraces, por los bailes, el vestirse y el disfrazarse es un ritual, no es una burla, pero es un ritual desde la alegría. Mi mayor aprendizaje de vivir en el Caribe es la alegría como medio de vida. En la región Andina, o por lo menos donde me eduqué, había cierto desprecio a la alegría por pensarla que era una pérdida de tiempo, de pensar que no tenía calidad, y el Caribe logra redimensionar la alegría”, cuenta Wilson.

Esas subcapas que se revelan en lo cotidiano, pero que al visitante le pueden ser difíciles de percibir en su efímero y desenfrenado paso por la ciudad, son las que mantienen viva y vigente una expresión cultural como el Carnaval. Las cámaras y los cubrimientos mediáticos, por ejemplo, no logran reflejar en los televisores y dispositivos móviles la trascendencia de las personas LGBTIQ+ en uno de los eventos más importantes del Caribe colombiano. El relato gaycentrico planteará que la lucha LGBTIQ+ comenzó con la primera marcha que se realizó en Bogotá en el 79, otros dicen que fue en el 80. Pero en Barranquilla las personas trans se abrieron un espacio de resistencia en la guacherna de Esthercita Forero en 1976. “Por supuesto que hubo dificultades —asegura Wilson—. En una ocasión tuvimos un obispo que le prohibió a la reina central del Carnaval ir a la guacherna porque iban las personas LGBTIQ+. En los años 70 y los primeros cinco años de la década del 80, cuando terminaba la guacherna LGBTIQ+, les esperaban los policías y las capturaban, o las perseguían; la gente les tiraba cosas”.

Con los años el movimiento creó su propia guacherna, que actualmente se celebra un día después de la guacherna de ciudad. Fruto de esos 48 años de resistencia y apropiación, hoy el museo del Carnaval de Barranquilla tiene una sala permanente sobre su huella en la celebración. Algo ha cambiado, cada vez la violencia y la discriminación contras las personas trans u homosexuales es menos generalizada. En su propia guacherna de este año, dice Wilson, la gente les acompañó, salió a la calle a aclamarles, y los grupos musicales se presentaron en ella.

El Carnaval es fiel a sus raíces y ha sido capaz de cambiar para bien, pero quien visita por primera vez la ciudad necesita una voz conocedora, nativa o no, que le explique por qué, especialmente en Barranquilla, no todo lo que brilla es oro y las lindas fachadas se utilizan para disfrazar las penurias de adentro.

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El corazón del Carnaval es la gente que lo vive y que lo goza. El Carnaval no tiene dueño, pero de un tiempo para acá Carnaval S.A ha empezado a ponerle precio a ciertos eventos. Wilson asegura que esta empresa público-privada, que se creó para salvaguardar el patrimonio más valioso de Barranquilla, le ha dado un salto cualitativo al evento “en términos de marketing, de funcionabilidad, si se quiere (…) Pero sí es un poco crítico que, en aras de la eficiencia de un proyecto de ciudad, la solución sea la privatización. Y entiende uno que cuesta mucho dinero, pero también le deja muchas entradas a la ciudad que terminan quedando en lo privado”.

Dos de los desfiles de comparsas más emblemáticos, donde están apostados los mayores esfuerzos, los que salen en televisión, la batalla de flores y la gran parada de tradición, hoy solo los pueden vivir aquellas personas que tengan cómo pagar los palcos, que empezaron siendo para unas pocas empresas, pero actualmente son la única forma de disfrutar el show que atraviesa la vía 40. Que la cultura valga por lo que cuesta, mas no por ser un catalizador identitario, hacen del Carnaval un espacio selectivo. El impacto en la tradición también resulta sutil pero determinante. Las cumbiamberas, esas mujeres adornadas con chapoleras que al ritmo de la tambora van cortejando con los cumbiamberos durante los desfiles, se ponían la flor en la oreja izquierda como símbolo de soltería, ahora, aunque ese lado indique lo contrario, la flor va en la oreja derecha porque es en ese lado donde están ubicados los palcos.

Carnaval S.A no es el único responsable del clasismo que bulle durante el Carnaval, está impregnado en el ser de la ciudad. Wilson cuenta que los primeros años que vivió en Barranquilla “era muy marcado el clasismo”, mientras mucha gente de afuera llegaba para el gran Carnaval, muchas familias barranquilleras preferían irse.

La elección de la reina del Carnaval es claro ejemplo de ese tufillo de clase. “Las reinas del Carnaval no son reinas de belleza, son reinas de talento cultural —me explica Wilson—. Es una reina elegida por decreto. Suele ser una mujer que proviene de una familia adinerada de la ciudad, porque precisamente es su responsabilidad costearse todos los retos de ser reina del Carnaval, que va desde los vestidos, hasta ir a los diferentes eventos. Hace tres, cuatro años, hubo un intento para que el poder adquisitivo no fuera significativo, pero termina haciendo la diferencia”. La reina del Carnaval suele ser “turca”, es decir una mujer que proviene de las familias árabes de la ciudad, que se caracterizan, entre otras cosas, por ser una porción demográfica acaudalada y poderosa. Como bien lo dijo mi guía y amigo, a esa “turca”, cuyo capital le permite integrar la realeza carnavalesca, quien le enseña a bailar cumbia es una matrona negra o mulata, que no tuvo la más mínima oportunidad de coronarse reina por nacer en un barrio popular como Barrio Abajo, que ha sido y es epicentro de la riqueza cultural del Carnaval. Son esas, quiero pensar, las contradicciones incómodas y postergadas de nuestra identidad.

Contradicciones como las que el juicio sosegado de Wilson puede identificar. En el Carnaval se volvió normal que ondeen banderas arcoíris, que la discriminación y la violencia no tengan cabida. Pese a ello, “en ciudades como Cartagena o Santa Marta, Sincelejo, o Montería hay más trabajo con asuntos LGBTIQ+. Aquí no hay ninguna política pública, aquí no hay línea de base. Solamente el gobierno anterior de Jaime Pumarejo fue el primer gobierno que habló de personas LGBTIQ+ en su plan de desarrollo, los de antes no habían hablado de eso, pero aun así no hizo nada (…) Las emisoras de Barranquilla, en su gran mayoría, tienen personajes que se hacen pasar como personajes LGBTIQ+, y lo que hacen es burlarse de estas personas. Hay una violencia verbal y simbólica muy fuerte (…) Sigue siendo común que las personas LGBTIQ+ de Barranquilla prefieran irse a Bogotá o Medellín, porque sienten que la ciudad es muy agreste, es muy violenta, no tanto en términos de asesinarlos, pero sí de excluirles verbal y simbólicamente, de rechazarles”. Afirma Wilson.

Mientras Joselito Carnaval alucina en su pea, la ciudad les fustiga. Cuando Joselito Carnaval revive y se entrega al desenfreno, Barranquilla permite que la riqueza cultural liderada por las personas trans y la comunidad LGBTIQ+ brille por sí sola. “La gente que siguió el Carnaval vio que tenemos reina trans del Carnaval, reina internacional trans del Carnaval, reina popular trans del Carnaval, reina departamental trans del Carnaval, rey momo gay internacional, rey momo gay central, un montón de realeza LGBTIQ+, pero eso se acaba con la muerte de Joselito.

El resto del año hay un silenciamiento de estas personas, personas que vuelven a su vida cotidiana, marcada por altísimos niveles de precariedad en su calidad de vida. Muchos y muchas, sobre todo las personas trans, tienen que concebir su proyecto de vida en otro país o en otra ciudad, porque aquí no hay condiciones. En Barranquilla parece que solo importáramos en el Carnaval. El Carnaval, que es un espacio garante para las personas LGBTIQ+, le deja a la ciudad una tarea pendiente, y es que esto sea los 365 días del año”, sentencia Wilson.

Los retos no solo son para la institucionalidad. También para el visitante, sobre todo aquel que dice apoyar expresiones y resistencias más populares. Desde el 2014, en el marco del Carnaval, se realiza un evento llamado la puntica no ma’. Una comparsa LGBTIQ+ que por lo general se integra a la batalla de flores de la vía 44 y termina con una fiesta ambientada por reconocidos dj’s y artistas. Quien puede pagar por integrar la comparsa tiene por derecho su entrada asegurada al remate. El costo de la participación varía. Para quienes desfilan por primera vez puede superar los doscientos mil, para quienes repiten supera los cien mil. Pero puede superar los setecientos mil si quieren recibir acompañamiento en la definición y creación de los disfraces, que suelen ser coloridos, ingeniosos, políticamente incorrectos y estrambóticos. Año tras año, la puntica ha ganado afluencia y notoriedad, pese a que —otra vez— una travesti, un gay o una lesbiana de Barrio Abajo no tenga el dinero suficiente para pagar.

—¿Qué pensás de eso? —le pregunto a Wilson.
—Esa visión errada de pensar que la expresión de género es solo para divertirse. La gente ve a las personas trans muy alegres y muy festivas en el Carnaval, pero es una alegría y una festividad que está cargada de un contenido político, que se han hecho a pulso durante 48 años, los 365 días del año —responde Wilson—. La puntica no ma’, que hace parte de los eventos centrales del Carnaval, es un espacio pago que suele ser usado sobre todo por personas foráneas o barranquilleros que tienen acceso a recursos, que viven fuera y vienen para acá. Bienvenidas todas las expresiones de alegría y de libertad. Es muy significativo ver que haya heladerías con personas que no solo alientan y motivan la vida de las personas LGBTIQ+ en el Carnaval, sino que al travestirse y al ver ese desfogue y esos espacios, busca una solidaridad, pero requerimos una solidaridad que sea los 365 días del año, porque la gente tomó ayer sus aviones y se regresó para la ciudad. No hay una pregunta y es qué pasa con el día a día de las personas. chévere que exista La puntica no ma’, pero que eso no de pie a cosificar, o a pensar que la vida de las personas LGBTIQ+ es meramente un disfraz, o que todo termina con el carnaval cuando la lucha continua.

Importa el disfraz, el material del que está hecho, su originalidad, pero más importante es lo invisible que está debajo, quién lo lleva, por qué la rama de un árbol y no los bordes hechos de terciopelo, qué queda cuando en el espejo no se ve la escarcha del disfraz. Sí, Barranquilla se explica en su Carnaval, pero, se debe entender el negocio político que hay detrás para que la historia tenga un final más racional.

En nueve de los últimos diecisiete años, el despacho del alcalde ha sido la oficina de un hombre de apellido Char. Los ocho restantes, fueron de un amigo y una amiga puestos por la familia Char. Al entrar en desuso el mito de Joselito Carnaval, la reina cuelga su corona como un trofeo más; y no solo la soberana del marketing, también la soberana popular, o el rey momo trans. La verdadera realeza, que no necesita corona, sigue ahí.

Son dueños de la cadena de supermercados Olímpica. El 23 de mayo del 2023, El Heraldo cifraba en 53 las tiendas Olímpica que había en la ciudad. Como no son los propietarios del medio, pero son dueños de su línea editorial, del periódico hay que dudar, la cantidad puede ser mayor. Dueños también de la organización radial Olímpica S.A. Y únicos propietarios del Junior Futbol Club. Además, íntimos socios y amigos de la familia Daes, célebres por sus vínculos con el Cartel de Cali, por ser dueños de Tecnoglass, un emporio productor de vidrio, primera empresa colombiana que cotizó sus acciones en la Bolsa de Nueva York; por ser dueños y accionistas de otras empresas que han firmado millonarios contratos con alcaldía durante el reinado Char.

Alejandro, al que todos le dicen Álex Char, no necesitó hacer campaña para ganar por tercera vez la alcaldía. Obtuvo el 73,24 % de los votos, 362.772 más que el segundo. Álex, el disfraz jocoso y descomplicado de Alejandro, habla del Junior pero nunca menciona cuál su proyecto de ciudad, porque no lo tiene, y no lo necesita. A diferencia de Cartagena o Santa Marta, Barranquilla no puede entregarse al turismo de playa que encarece las ciudades. Tiene, eso sí, las empresas y la industria de la que sus vecinas carecen. “Muchas personas se vienen para Barranquilla porque aquí hay trabajo para el Caribe (…) La gente que vivimos en ella, vivimos por practicidad, porque es la ciudad donde hay trabajo, porque es la ciudad más económica, y porque es la ciudad que lo facilita todo”, asegura Wilson.

Los Char son los empleadores de la ciudad. Han hecho la ciudad: levantaron grandes edificios, hicieron largas avenidas, reformaron muchos parques, construyeron un extenso malecón paralelo al río Magdalena. La realeza, plantea Wilson, supo adaptar las lógicas empresariales a la política. “Como esta es una ciudad que su razón de ser es tener trabajo, el tema de lo público, el tema del debate, el tema de pensar la ciudad no está en la agenda, porque finalmente aquí estamos para trabajar (…) No es gratuito que agendas tan importantes como el postconflicto y la construcción de paz en Colombia no pasaron por Barranquilla”.

Las de Álex han sido, sobre todo, las alcaldías del cemento, así maquilló la ciudad, y sus vecinas, la región y el país ve en ella un ejemplo de crecimiento y progreso; además, le permitió sepultar la vocación cívica y cualquier crítica a su gestión. Al buen empresario —político— lo caracteriza la eficiencia. No sorprende, entonces, que la inversión institucional se haya canalizado en vías, parques y edificios, pero los teatros estén muriendo de viejos, el Museo de Arte Moderno sea un elefante en blanco, y su zona aledaña un lugar oscuro y hasta peligroso. La cultura, ni si quiera en Barranquilla, parece ser buen negocio. “La puerta de oro”, como le apodan a la ciudad, ha crecido en términos de imagen, sin embargo, “los temas de pobreza, de inequidad, de inseguridad alimentaria en Barranquilla, son tan graves como Cartagena, e incluso algunos indicadores peores”, asegura Wilson.

Como tantas otras, la ciudad está partida en dos: los ricos acá, los que no son ricos allá. El marketing oficial se vanagloria por haber solucionado los arroyos, esos ríos urbanos que se formaban por las calles de la ciudad cuando llovía. Lo que no se atreve a decir la alcaldía es que los arroyos en el norte —la zona más alta y rica— se acabaron porque fueron canalizados hacia La Chinita y Rebolo —dos barrios pobres del sur, a los que de peligrosos te recomiendan no ir—.

Barranquilla es su carnaval, pero también esto. Una ciudad que tiene un sector conocido “Quillami”. Denominado así porque la gente adinerada que vive allí, entre centros comerciales y restaurantes, se siente más cerca de Miami, que de los habitantes de calle que deambulan y duermen en las calles del centro.

Barranquilla seguirá echándose cemento para esconder lo que hay debajo del disfraz. Un buen amigo me dice que es muy común ver afuera de los supermercados Olímpica señoras vendiendo bollos, arepas o fritos, pero en los supermercados de Ara o D1 eso no pasa porque no se los permite espacio público. En su ultimo informe de 2013, la iniciativa Barranquilla cómo vamos anunció que el 54 % de los encuestados creían que la ciudad va por buen camino; los barranquilleros siguen pensando que “Alex” Alejandro es un tipo chévere que deja trabajar

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El Caribe, dijo su biógrafo German Arciniegas, fue trazado a golpes de audacia por quienes menos sabían de geografía, fue “la gallera del poder marítimo europeo”. El Caribe, Barranquilla y cualquier lugar es, también, el resultado de sus contradicciones. No es el único caso de cooptación empresarial de la política. Pero puede jactarse de muchas cosas. Solo en el Caribe una mujer que se llama Lina se puede apellidar Babilonia. Solo en Barranquilla Joselito se levantará con esa hambre y esa sed que da la resaca, y deberá entregarse de nuevo a la fiesta cuando se dé cuenta que su puerta está enchapada en oro, pero no tiene energía y la nevera está vacía.

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