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El totemismo argelino que reside en el río y el balón

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Por: Mariana Toro

Fotos: David Alejandro Pérez

Vergüenza fue lo que sentí cuando, mientras advertía caliente la piel de mi rostro, frío el sudor del cabello en mi espalda, húmedos mis impertinentes tenis blancos ahora teñidos con pantano, y nebuloso el interrogante de cuánto faltaba para ver un horizonte distinto a la trocha del Oriente Antioqueño, cuyas piedras únicamente me permitían alzar la mirada en leves intentos miopes por enfocar el anochecer entre las montañas sin tropezar, oí a Viviana preguntarme si quería que me cargara el morral que yo llevaba en mis hombros.

¿Cómo decirle que sí, si ambas llevábamos caminando lo mismo?, ¿no estaríamos igual de exhaustas?, ¿no tendríamos ambas el mismo deseo de llegar a la escuela para dejar de sentir en el oído el corazón que agitado palpitaba en el pecho? Las respuestas las discerniría al día siguiente, donde sabría que Viviana, junto con sus seis compañeras que integraban el equipo femenino de El Pital, serían las ganadoras de El Gran Torneo de Fútbol por la Vida y la Defensa del Territorio en la vereda. Ella lo que menos quería era aquietar su cuerpo, por el contrario, expandir sus vasos sanguíneos era parte esencial para intensificar el tránsito de las demandas populares que, ese fin de semana en Argelia, se evocarían en los pases del balón. Acepté y ella, sin más, se colgó mi morral.

“Que las microcentrales no sobrevivan en el territorio” es la consigna que, a voz de Alquenci, levanta el campesinado argelino. Si bien ahora mismo no hay hidroeléctrias en funcionamiento en el municipio, existen tres proyectos que cuentan con licencia ambiental otorgadas por CORNARE (Corporación Autónoma Regional de las Cuencas de los Ríos Negro y Nare) a la empresa Gen+, producto de una alianza de recursos entre la Gobernación de Antioquia y entes privados. Ante esto, la Corporación Jurídica Libertad, hombro a hombro con el proceso de defensa del territorio, ha interpuesto acciones de nulidad en contra de cada licencia, y en consecuencia, una de estas está siendo tramitada en las Altas Cortes mientras las dos restantes están en revisión, apelando a procesos jurídicos que tardan años para derivar una resolución.

Alquenci es un Guardián del Agua, él relata el modo en que las microcentrales han arrojado al desplazamiento de comunidades y a problemáticas en los territorios, las cuales profundizan la violencia de la que el campesinado ha sido el foco por diversos grupos que replican esta clase de proyectos. Está convencido de que sin hidroeléctricas ni proyectos extractivistas, el campo es un lugar libre y con aire puro para seguirlo trabajando. No solo él es un Guardián, también lo es Fabián, quien siente que la finca, la agricultura, los animales y el agua son su vida y su tranquilidad, además de la herencia que le queda de su esposa en forma de tierra, por ende, las microcentrales arrebatan su paz.

Como ellos, hay cientos de botas de caucho que, animizadas y dotadas de espíritu por cuerpos campesinos para pisar El Pital, a propósito de la superación de una contradicción base del capitalismo, aquella en la que el trabajo no humaniza la naturaleza ni naturaliza al humano, reconocen que hombre y naturaleza son una unidad dialéctica.

Así pues, bajo un incipiente aroma de liberación del humano y de la naturaleza exterior a la del hombre como parte del camino para abolir cualquier alienación, el proceso de ocho comunidades de Argelia, evocado como Guardianes del Agua: terruño y herencia de vida campesina, germina hace siete años en el marco de una cohesionada defensa del territorio frente a los proyectos minero-energéticos de pequeñas hidroeléctricas, en un principio, alrededor del río La Paloma que, recorriendo zonas de herencia campesina y patrimonio hídrico, ha reclamado ser una paloma libre y no enjaulada, y ahora abrazando también al Río Negrito con sus banderas reivindicativas. Estos ríos que generan afluentes de los que las comunidades se benefician, traen aguas dentro de las cuales se pesca, aguas a través de las cuales hay movilidad entre territorios, aguas con las cuales se hacen sancochadas para el alimento colectivo y aguas debajo de las cuales personas, lavando sus cuerpos, dejan inundadas las amarguras de su ser.

Omar destaca aquí el deber ético y político de escuchar al río que trae consigo historias y la memoria de las familias que habitaron el territorio, alimentando la discusión sobre el valor simbólico de este en torno a la sanación y el juego. Él, quien acompaña a la ACA (Asociación Campesina de Antioquia) y al proceso de Guardianes del Agua a partir de una perspectiva latinoamericanista, crítica y popular como maestrante en Salud Pública en la Universidad de Antioquia, apuesta metodológicamente por la IAP (Investigación Acción Participativa) sobre los modos de vida del joven campesino y las prácticas lúdico-deportivas ancladas a la defensa del territorio para problematizar los derechos de dicha población, esto, mediante jornadas deportivas y de salud mediadas por entrevistas colectivas, procesos cartográficos sobre prácticas lúdicas, talleres y fogatas, y la proyección de un encuentro de jóvenes campesinos para el liderazgo de procesos recreativos, pues estas estrategias animan a las diversas voces juveniles a fortalecer los procesos comunitarios a partir de saberes propios y preguntas reflexionadas, elementos esenciales cuando se reconoce que el poder de la palabra del campesinado es el móvil de su investigación. En este sentido, Omar considera que, a pesar de que históricamente el deporte se ha visto desde una perspectiva hegemónica con proyectiva al alto rendimiento, al trascender los superfluos intereses de dinero, fama y competencia, se pone en manifiesto el lugar social del deporte en la construcción de poder social.

El deporte ha brotado en Argelia, al igual que el río, como un bien común que cohesiona a toda una comunidad. Este ejercicio dotado de sentido político, cultural y organizativo tiene el rasgo fascinante de congregar la participación desde niños hasta adultos mayores, y convertirse en el escenario para transmitir valores de resistencia a las infancias y juventudes en pro del objetivo común de la protección territorial; partiendo de que el agua es necesaria para que las nuevas generaciones puedan vivir y garantizar la permanencia en tierras argelinas. El deporte es el dispositivo convocante para construir una comunicación generativa que renueva los sentidos y los significados de la lucha a defensores territoriales nacientes. Ahora bien, ¿cómo ejercer en la praxis un deporte revolucionario? “Tiene tanta fuerza la corriente del río, que nos une en el fútbol”, diría Omar.

El fútbol, descrito por Eric Hobsbawm como la religión laica de las masas proletarias, recoge aquellos sentimientos de veneración campesina al río en Argelia, para hacer de sí mismo una estrategia de aguante que cambia, incluso, las abrasivas lógicas de relacionamiento alrededor del juego. La sacralidad universal del fútbol no ofrece en las veredas del Oriente una felicidad ilusoria, un credo pagano que enceguezca ni distraiga, y menos aún el suspiro de la clase oprimida presentándose como el opio de pueblo en palabras de Karl Marx; si bien el capitalismo atraviesa toda forma de trabajo productivo para la consecución de plusvalía y convierte al fútbol, a pesar su no producción de mercancía material en principio, en un negocio mundial bajo el modelo de propiedad privada, hay formas de apropiación rebelde de este deporte que subsisten entre lógicas enajenantes para hacerlo políticamente significativo.

Una de ellas es la que yo presencié luego de llegar a El Pital, sin saber dónde había quedado mi morral, pero sintiéndome liviana en el salón de clase de la escuela, que también cumpliría las veces de habitación con abiertas ventanas rojas a través de las cuales podía divisar la cancha que se posicionaba en el centro del lugar, siendo abrazada por un parque, una cantina y por el salón desde donde yo la veía. La misma cancha que prestaba su suelo para que unos niños montaran sus bicicletas mientras otros recogían hojas caídas de sus alrededores para que yo pudiera limpiar mis zapatos con ellas. Más tarde lo prestaría para sostener una fogata que invitaría al diálogo comunitario alrededor del fuego. Lo haría al día siguiente, cuan templo, para sostener un ritual de lucha por el territorio.

Haciéndole honor a la trayectoria del fútbol como fenómeno global sostenido por grupos históricamente oprimidos, la convocatoria masiva que este logra fue empleada para transferir, entre generaciones y en cada gol, la fogosa inconformidad campesina con respecto a los proyectos de hidroeléctricas, siendo completamente desalienante al momento de reclamar la preservación del vínculo originario del hombre con la naturaleza y apelar a las facultades creadoras de los sujetos revolucionarios, aquí el campesinado con intereses de abolir las relaciones sociales de producción que sustentan la diferenciación de clase validando la explotación rural, para superar el extrañamiento de su actividad y su autosacrificio en términos físicos o de ideales por la amenaza institucional que los proyectos de microcentrales traen consigo.

Tal como en la dictadura militar de Brasil, en los ochenta, se jugó en las canchas la Democracia Corinthiana a pies de futbolistas como Sócrates, quien creía que quien fuera a mover el mundo primero debía moverse a él mismo, y por eso alzaba su brazo izquierdo con el puño cerrado al celebrar cada victoria, como las hinchadas antifascistas que aún ocupan tribunas de Europa, o sin irnos muy lejos, como el Club Deportivo Palestino de Chile, que se sigue posicionando como identidad cultural a propósito del genocidio perpetrado por Israel. Aquí, los Guardianes del Agua escribían en las carteleras de sus equipos, que colgando adornarían la cancha de la escuela, “con la pasión que jugamos al fútbol, juguémonosla por el río”. El sentimiento popular por el agua en forma de sentimiento popular por el fútbol se fusionó para parir El Gran Torneo por la Vida y la Defensa del Territorio.

Esta práctica deportiva, que guarda el orden divino de atraer multitudes, que aquel fin de semana congregó más de 200 personas en el sur de Argelia, es completamente ritualizada con un tótem principal, el balón, esférico, armónico y perfectamente simétrico, alrededor del cual giran los pies de los jugadores, los ojos de los asistentes, y más aún, las causas populares.

En torno al rodamiento del balón circularon cuatro dinámicas. Primero, la construcción de economía popular a manos de campesinos que con sus productos crearon su propio circuito de comercialización para recoger recursos destinados a la construcción de la carretera entre la vereda La Quiebra y El Pital, esa donde intercambié palabras con Viviana, pues este camino significa impedimentos para la accesibilidad, para la movilización de productos y para la seguridad. Segundo, la socialización del arte a través de la serigrafía que estampa memoria. Tercero, la deconstrucción de los roles de género al convocar doce equipos, tanto de hombres como de mujeres, logrando una final femenina y un primer lugar para ambas categorías. Y cuarto, la práctica pedagógica que, oponiéndose a la lógica del adultocentrismo en los espacios de transformación territorial, pasó las banderas reivindicativas a los niños, entre cuatro y nueve años, que fortalecieron el ritual siendo la barra constante de cada partido y teniendo a la veloz Heidy como la alcanzapelotas. A través de la estrategia de educación popular en torno al juego, reconocimos que ellos no son solo herederos de las luchas por el agua, sino que son parte activa de la resistencia, lo cual aterricé cuando Valeria, mientras el salón en donde yo había dormido ahora recuperaba su función de gestar conocimientos cuando construíamos una cartografía de sentidos sobre Argelia, me enseñaba que un motivo para cuidar el agua era poder hacer “bogaderas” para compartir con los trabajadores de las veredas.

De regreso a Medellín ya no me pesaban los hombros, pero sí la sensación de que, aunque los grandes proyectos modernizadores históricamente han estado enmarcados en el esfuerzo por racionalizar la sociedad, hay afloramientos constantes de elementos místicos, como los tótems del río y el balón, bienes comunes y bienes sagrados de Argelia, que invitan a emanciparnos de las miradas extractivistas y a apostar por la recreación, la salud y la permanencia territorial, colectiva y comunitaria a través del fútbol, un deporte mitificado que en esta zona del Oriente no impone dogmas normativos, sino la sacralización de la capacidad creadora del hombre que logra la construcción de poder a partir de mandatos populares.

Encantamiento fue lo que sentí cuando, sacando del bolsillo de mi chaqueta las cartas que me regalaron Juliana, Valeria y Daniel, me sumergí por un fin de semana en la lucha intergeneracional del campesinado por el agua.

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