Por: Juliana Builes Aristizabal

El nombre Nadia significa esperanza, y parece que ese bautizo hubiera sido un llamado del destino para esta mujer morena de treinta y tantos años. Nadia nació en Bogotá, en medio de una sabana fría y una ciudad rápida, muy rápida. Sin embargo, su ombligo, sembrado entre las tierras del Chocó, Tolima y Cundinamarca, la devolvió a esas raíces agrarias que siempre llaman al eterno retorno de sus hijos, a esos territorios que vieron nacer, correr y luchar a sus ancestros.

La primera vez que Nadia lideró una recuperación de tierras fue en el centro del Cesar, esa tierra que la acogió y le mostró que no existe una cartilla para reclamar lo que siempre ha sido de las comunidades. Comunidades cimarronas y rebeldes que hasta hoy mantienen su noción de autonomía como una forma de vivir la vida misma y entender el territorio.

Como nos lo ha demostrado la historia, parece que la lucha viniera en la sangre de quienes la ejercen. Pero más que la sangre, es la herencia, las raíces y la propia crianza lo que forja este espíritu. El bisabuelo de Nadia fue dirigente campesino y lideró, en los años 30, la recuperación de una hacienda muy grande llamada El Cocho, donde hoy se encuentra el pueblo de Silvania, Cundinamarca. Desde ese precedente, hubo varios momentos en la familia de Nadia marcados por procesos de liderazgo. Sin embargo, aunque la llama de la lucha es fuerte, la represión también lo es. Sus padres trabajaron toda su vida en la educación formal y popular. Allí, en medio de las luchas sindicales, vieron morir a muchos de sus compañeros y compañeras que lucharon a su lado.

En este contexto y en medio de la fría Bogotá, Nadia no tuvo una formación política en su familia que la hubiera llevado directamente a la conducción de los procesos en los que hoy yace, pero sí que creció con las canciones de la revolución Sandinista de Nicaragua sonando en toda su infancia.

Nadia empezó a estudiar sociología por “El Mensaje a los Estudiantes”, un texto del padre Camilo Torres, sin tener ni idea quién era el hombre que había firmado el texto, solo con la esperanza de escribir cosas tan claras y bonitas como lo hacía el autor. Ya inmersa en la Universidad Nacional de Colombia, comenzó a explorar caminos que la conectaron con su historia y su sentido de comunidad. Fue entonces cuando ingresó a una organización llamada Hijos e Hijas por la Memoria y contra la Impunidad. Allí se reunían los hijos e hijas de muchos dirigentes, hombres y mujeres de distintas corrientes de izquierda.

“Pensaba que como generación teníamos un deber, independientemente de si mis padres eran dirigentes famosos o no, o si los habían asesinado o no”, recuerda. Esta generación, nacida del dolor de las luchas de sus predecesores, cargaba una culpa profunda. “La generación de nuestros padres sobrevivió al genocidio con mucha culpa. Había una ética en la izquierda muy mártir, muy sacrificada: si estabas realmente comprometido, lo más seguro era que te encarcelaran o te mataran. Y si no te pasó eso, sentías que lo habías hecho mal”.

Desde ese lugar, Nadia quiso transformar esa narrativa. “Hay tantos seres anónimos que no estarán nunca en pendones o afiches, pero son los constructores reales de las luchas sociales: el presidente de la Junta de Acción Comunal, la compañera en las labores de formación política, el guardia en las marchas. Ellos son los que tejen el día a día de las luchas”.

Este pensamiento marcó el inicio de su formación política. En Hijos e Hijas encontró un espacio diverso y amplio, donde convergían historias y trayectorias distintas. Pero su conexión más profunda vino con los territorios. Durante la universidad, comenzó a vincularse con movimientos como Fuerza Común y se adentró en escenarios como la Minga de Resistencia Social y Comunitaria. Allí descubrió que la transformación no estaba en los libros ni en las aulas: “La academia no transforma todo, lo hacen las bases y las regiones”.

Fue en la Minga donde se sumó a las comisiones políticas que la llevaron a recorrer el país. Estas reuniones eran masivas y profundamente diversas, un crisol de comunidades indígenas, negras, campesinas, colectivos de mujeres y procesos locales. “Nos inventábamos algo nuevo, una forma distinta”, recuerda. En medio de este proceso se formaron las primeras bases para lo que hoy es Congreso de los Pueblos, un proceso de articulación que, desde 2010, viene juntando diferentes dinámicas de pueblos, sectores y regiones en torno a la transformación del panorama nacional, que permita disfrutar de una vida digna a la mayoría de la población.

En estos espacios Nadia estuvo ligada a los escenarios técnicos de las comisiones metodológicas y de sistematización. “Allí aprendes a articular posturas, saberes y apuestas. Pones al servicio esa capacidad técnica que te da la educación pública, pero adaptándola a un escenario colectivo”.

En ese contexto conoció a Teófilo Acuña, un líder campesino que la llevó al sur de Bolívar. Durante 16 años caminó junto a él y otros líderes aprendiendo a materializar los mandatos populares. En sus palabras, entendió que “hablar de construir una vida digna no es solo un discurso: es generar las condiciones colectivas para hacerlo posible”.

En medio de todos esos ejes, Nadia fue desarrollando un interés mucho más amplio por toda la zona del Caribe, y tratando de entrelazar esos conocimientos académicos con el trabajo de base, decidió escribir su tesis de grado sobre los usos políticos de la memoria alrededor de la masacre de las bananeras y empezó a conocer junto a Teo y Tafur el sur de Bolívar, la vida minera y la vida pesquera, es decir la vida de ese campesinado anfibio.

En medio de las comunidades, que aterrizan el trabajo con una claridad que supera cualquier libro publicado en una gran librería, Nadia entendió que seguir investigando sobre memoria y símbolos no era lo que esas personas necesitaban de ella en ese momento.

“Después de terminar mi tesis, recuerdo haber pensado: ‘Ahora quiero hacer un trabajo sobre el territorio y los símbolos de las comunidades pesqueras, porque su territorio es el agua’. Eran esas cosas que uno se inventa desde la academia”, reflexiona. Sin embargo, la realidad del territorio le mostró otra cara. Cierta ocasión, estaba en una asamblea de pescadores, rodeada de gente a la que había acompañado durante un tiempo en el sur de Bolívar y otras zonas. “La gente, muy bella, me escuchó con mucha paciencia mientras yo exponía mis ideas”, cuenta. Fue entonces cuando don Miguel Orozco, un líder de la comunidad, se levantó con confianza y le dijo: “Comadre, eso está muy bonito, muy interesante. Nosotros podemos hacer eso, pero a nosotros realmente nos preocupa el muelle de carbón que quieren poner acá. Si ese muelle lo construyen y lo amplían, ni qué tesis, ni qué investigación, ni qué pesca, ni qué símbolo, ni nada, porque no va a haber vida pescadora. Entonces yo le propongo que antes de hacer eso, entendamos mejor ese proyecto de ese puerto, quién está detrás y si podemos frenarlo”.

Después de esa confrontación, Nadia recordó el texto por el que había estudiado sociología. “El asunto no es ser revolucionario solamente cuando estás estudiando, eso es casi que un paso lógico, ¿cierto? El asunto es cuando sales. ¿Qué vas a hacer cuando salgas? ¿A qué vas a dedicar eso que has aprendido? No solo en qué vas a trabajar, sino a qué vas a dedicar tu esfuerzo vital, tu vida. Y ahí fue una decisión que yo tomé, porque yo hubiera podido hacer una tesis y escribir grandes libros o pequeños libros o algo, o tratar de transformar, pero ahí entendí que quería dedicarme en ese momento a tratar de entender la explotación de carbón en el Cesar”.

Aunque la escuela de Nadia fue el Sur de Bolívar, su escenario de trabajo fue el Cesar, un territorio donde ella sentía que podía aportar más reconstruyendo ese tejido que se había roto, y donde la violencia había destruido todos los procesos sociales de base. Para ella llegar al Cesar fue una casualidad dentro de todo su proceso de formación, pero lo que no fue una casualidad fue el amor que empezó a cultivar por esa región de gente arrecha y rebelde, que dice las cosas como son y que tiene la capacidad de materializar aquello por lo que lucha.

En la reconstrucción de ese tejido social y el trabajo organizativo y político que venía tejiéndose desde su decisión de entender la explotación de carbón en el Cesar, llegó esa primera recuperación de tierra, en unos baldíos que la empresa Drummond venía apropiándose desde años atrás para la explotación de este mineral. Y como la lucha venía acompañada por ese amor eficaz, allí, en esas tierras de grandes ciénagas conoció a Néstor Martínez o “Campeón”, como lo llamaba casi todo el mundo. Ese hombre negro, grande, acuerpado y símbolo de seguridad de las comunidades, fue referente de vida para Nadia y maestro de cómo hacer de la revolución una fiesta.

En medio de la juntaza y el trabajo colectivo, en 2015 en un ataque defensivo, para meter un gol como en medio de un partido de futbol, Nadia junto a Campeón empezaron otro proceso de recuperación de tierras en San Martín, un paraíso compuesto por un complejo de ciénagas del río Lebrija. “Uno mira esos paisajes, la gente y piensa, ¿cómo no dedicar la vida a defender algo así?”, recuerda Nadia. Sin embargo, esa no es la visión del mundo de los que ven en el devorador capital su forma de vida, para los terratenientes de la región su objetivo era secar las ciénagas para convertirlas en campos de cultivo para palma y cría de búfalos, un modelo no solo explotador, sino también patriarcal y colonial.

Las comunidades campesinas y pescadoras que históricamente habían vivido en equilibrio con el agua sufrieron el impacto directo de esta transformación. Las ciénagas comenzaron a secarse, ya sea por intervención humana o por la contaminación, y lo que antes eran espejos de vida se convirtieron en paisajes muertos. La pérdida de la pesca y la degradación del ecosistema rompieron con su modo de vida anfibio, que combinaba la pesca y la agricultura en los playones que dejaba el agua.

En ese contexto, Nadia y su equipo llegaron a San Martín. La primera asamblea se realizó en un ambiente de urgencia, con los campesinos y campesinas intentando salvar sus cultivos de auyama. Sin embargo, el panorama era desolador; el ecosistema estaba devastado, y la amenaza de los paramilitares liderados por figuras como Juancho Prada era inminente. A pesar de ello, la comunidad decidió actuar. Aunque Nadia y sus compañeros inicialmente trazaron un plan que implicaba formación y organización previa, tres días después la comunidad tomó la iniciativa y entró en las tierras. Después de eso se inició un proceso de formación y educación popular que efectivamente culminó en la recuperación de esos predios. “Ahí fue la primera recuperación. A esa le siguieron otras tres comunidades muy pequeñas. Con todas las condiciones para perder, nos decían: ‘Eso es imposible. ¿Quién va a liderar conscientemente una toma de tierras en San Martín?’ Bueno, todavía están ahí. A partir de ahí, dijimos: no es suficiente con estar atrincherado en lo que nos han dejado. Hay que recuperar. Y hay que poner al servicio todo lo que uno sabe”.

Sintiendo esa sensación de esperanza, Nadia siguió liderando procesos de formación de base mientras era profesora de la Universidad Popular del Cesar y pasaba su vida de lucha con Campeón, tertuliando en la casa, bailando y recuperando el tejido social de la región. “La misma gente me devolvió a la universidad y empecé a ser profe en la Universidad Popular del Cesar, a la que la mayoría de mis compañeros enviaban a sus hijos con un esfuerzo inmenso. Y en el 2016 matan al Campeón. Fue muy duro. No tiene nombre. Así como no tiene nombre esa relación que él y yo teníamos. Eso era una amistad. Eso era un compadrazgo. Eso era una camaradería. Eso era todo. Éramos hermanos de lucha”.

Después de esa pérdida, el duelo por la ausencia de Campeón atravesó cada una de las fibras de Nadia, y comenzó a entender los miedos y los dolores que habían tenido que vivir sus padres en medio de la lucha. Ese tejido que venía entrelazándose en el centro del Cesar en ese momento se soltó, y junto con la muerte de Campeón llegaron los falsos positivos judiciales y toda una arremetida contra el movimiento social. No había condiciones para volver al territorio, pero la digna rabia se encendió otra vez en Nadia cuando a viva voz se escuchaba que: “Campeón no era ni siquiera un liderazgo social”.

Aunque dadas las condiciones de seguridad Nadia no pudo regresar a los consejos comunitarios, comenzó a desarrollar un trabajo más urbano con mujeres en Valledupar y a aportar todos sus conocimientos en el fortalecimiento de la Comisión de Interlocución del Sur de Bolívar. Allí estuvo por unos 4 o 5 años, pero, como nunca es bueno acomodarse, la gente la llevó de nuevo a los territorios y a encontrarse otra vez con esa vaina de recuperar tierras.

Otra vez, junto a Teo y Tafur, comenzaron a apoyar a las comunidades en zonas inimaginables del Cesar y del Sur de Bolívar en sus procesos de recuperación. Pero, como este país luchar por lo que nos pertenece parece un camino destinado a la muerte, Teo y Tafur fueron asesinados a principios del 2022.

Con la muerte, claro que llega el miedo. Pero, además del miedo, apareció esa sensación de no saber cuál es el siguiente paso. “Cuando pasa eso, fue terrible. ¿Ahora qué carajos hacemos? ¿Quién agarra las riendas de esto o cómo se agarran? ¿O cuáles son las riendas? Sentimos que se acababa todo. Hubo un momento de parálisis: ¿Qué hacemos? ¿Qué hacemos? Y nos arriesgamos a ir a las recuperaciones. A la primera que fuimos fue a La Oficina, y nos tocó asumir. No podemos dejar que los legados de los compañeros sean en vano”.

Después de vivir todo un proceso de reorganización con los compañeros del sur de Bolívar, Nadia, junto a las comunidades del sur del Cesar, le dio nombre a esa comisión que llevaba más de una década recuperando tierras y luchando por una vida campesina digna. Así nació La Comisión por la Vida Digna, la Tierra y los Territorios, que se convirtió en el escenario de lucha y construcción colectiva para ella y sus compañeros, un proceso que hasta el día de hoy se mantiene.

“Hemos empezado a encontrar un modo más colectivo, pero con una cierta estructura, con una cierta ruta. Escuchando mucho a los compañeros y compañeras. Somos un proceso, y creo que hago parte, como persona, como mujer, como luchadora, de una orientación que hemos construido colectivamente”, cuenta Nadia.

Ahora Nadia está en Bogotá, lejos de su tierra en el Cesar que tanto añora, no por decisión propia, sino como resultado de un desplazamiento forzoso que la obligó a dejar el territorio. “Creo que fue la decisión que había que tomar, pese al desarraigo, pese a lo difícil que ha sido volver a Bogotá. Para los compañeros, venir a vivir aquí ha sido un proceso muy duro, unas rupturas muy fuertes. Pero la responsabilidad que tenemos es muy alta. La región, las comunidades, la gente… las personas como yo, que hemos tenido el privilegio de aprender de allí, sabemos que en el Cesar el bosque florece en verano, o sea, ante la adversidad florece… Como el Guayacán. hemos convertido este desplazamiento en una oportunidad para seguir luchando por la organización, por el proceso. Es un escenario en el que no vamos a dejar de hacer lo que hacemos. Solo cambia la manera en la que se está allá, por ahora”.

Gracias a esas oportunidades que ella menciona, en el último año se abrieron dos escenarios: la oportunidad de trabajar de la mano con uno de los procesos sindicales más grandes del país, la Unión Sindical Obrera, en el puesto de secretaria técnica de la Tercera Asamblea Nacional por la Paz; y la posibilidad de formar parte del equipo de la Agencia Nacional de Tierras para engranar todos los perfiles y procesos campesinos, y avanzar en el procedimiento de formalización y reconocimiento de los Territorios Campesinos Agroalimentarios (TECAM).

Nadia es una mujer que ha entendido muy bien cómo conectar la lucha territorial de base con los escenarios nacionales, sin desconectarse de esos objetivos que nacen de las comunidades que están en pie de lucha todos los días, en sus tierras llenas de ciénagas allá en el Cesar. Nadia sigue bailando, aunque cojee por el dolor de Campeón o por la pérdida de Teo y Tafur. La digna rabia la sigue moviendo desde que las comunidades cimarronas y pesqueras le enseñaron el pulso del movimiento de sus corazones, que, aunque se acelere constantemente, o se sienta más suave en otras ocasiones, nunca se detiene.

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