Por: Wilmar Harley Castillo Amorocho
Salimos a la marcha convocada por el Gobierno y sus aliados sociales en Ibagué. Con mi amiga Runa nos juntamos al parche de estudiantes de la Universidad del Tolima, que también participaron en la movilización. Allá en la cola nos acomodamos al ritmo de la banda que un grupo de estudiantes tocaba con la fuerza y rebeldía que los caracteriza. Bajo el sol de las 10:00 a.m., mientras nos tomábamos una pola que le compramos a un par de estudiantes, pusimos nuestra cuota en la movilización nacional.
Como llegamos dos horas después de la hora citada por las centrales obreras, nos demoramos un poco en alcanzar la cola de la marcha. Gracias al ritmo lento del resto de marchantes, pudimos alcanzarles y a partir de ahí animarla con la banda estudiantil. Adelante se alcanzaba a escuchar el tradicional listado de consignas que organizan los sindicatos. Las banderas de Colombia también se ondeaban, las pancartas de cada organización desfilaban y, por supuesto, sus afiliadxs con sus busos de la selección colombiana o de sus organizaciones gremiales iban felices y acaloradxs por el sol del medio día. “¡Qué hijueputa calor, que hijueputa calor, pero es más hijueputa el Congreso de la nación!” Cantábamos de vez en cuando con lxs estudiantes.
Una que otra cara sindicalista conocida saludé. Hablaba con la Runa sobre la ciudad, sobre la escena artivista local y alguno que otra perla de la Universidad del Tolima le mencionaba. Ella me hablaba también de la escena trans de su territorio, de su experiencia con los sindicalistas transfóbicos. Las consignas en las paredes del colegio San Simón se empezaron a mostrar, unas contra la oligarquía, otras pidiendo justicia por Sharit y una que otra llamando a la lucha. Algunas muy revolucionarias estaban firmadas por la Juventud Comunista Colombiana (JUCO), detalle curioso en esta coyuntura, porque ha sido la única muestra revolucionaria de esta organización centenaria.
“¡Y unooo, y doooos y treeees, stop. Uribe paraco hijueputa!” La arenga sacudía el silencio de los pasos para excitarnos y gritar con las fuerzas de las tripas esa consigna que se popularizó en el Estallido social del 2021. A las 12:00 p.m. despedí a la Runa en el terminal y regresé al punto final de la marcha. Cerca de la plazoleta Murillo Toro, me encontré a los familiares del joven Jefferson Baquero, quien entró vivo al CAI de El Salado y amaneció muerto. “¡Justicia, Justicia por Baquero!”
Aproveché para presentarme como comunicador social egresado de la Universidad del Tolima y corresponsal de algunos medios alternativos del país. Además, como vecino del mismo barrio, El Salado, que me ha visto crecer, reír y llorar. Al igual que Edwin Nieto y Angélica Baquero, quienes están llorando desde hace ocho meses por la muerte de su hermano Jefferson y por la demora de una justicia que hasta ese día no les había dado respuesta eficaz sobre el caso.
Edwin recuerda que no fue un perro el que murió, sino su hermano, y por eso exigen justicia a la Fiscalía que lleva la investigación. Él recuerda que a Jefferson lo llevaron al CAI de El Salado por un comparendo, aquel 6 de octubre del 2024. Estaba en buen estado de salud, pero luego apareció supuestamente colgado del cuello con un cordón y con las manos amarradas por la espalda. Angélica también menciona otra irregularidad cuando explica que no vieron el cuerpo de Jefferson hasta el 10 de octubre en la sala de velación, es decir, cuatro días después de la muerte de su hermano. La hermana menciona que, a pesar del maquillaje, eran notorios los morados en su cara.
¿En qué va la investigación? Estos familiares están esperando que llegue un perito de Tunja para que dé el veredicto final. Desde hace cuatro meses, indican Edwin y Angélica, acuden a la Fiscalía de Ibagué para preguntar cuándo llegará el perito. Lo único que le han respondido es que aún no llega y no se tiene fecha exacta de la llegada del investigador.
La delegación de familiares y amistades se plantó frente a la Alcaldía de Ibagué para recordarles que siguen exigiendo justicia por Jefferson Baquero, quien estuvo plasmado en dos pancartas. Bajo la mirada vigilante de los agentes de policía que cuidaban la fachada de la Alcaldía y la mirada desprevenida de una que otra funcionaria pública, las consignas por Baquero fueron lanzadas en esas frías paredes de color melón. Al terminar los discursos ventijulieros de algunos voceros de la marcha, pegamos las dos pancartas de Baquero en una de las paredes donde también estaban colgadas las pancartas de los sindicatos. Allí se dejó pegada la exigencia de justicia por otra víctima, al parecer, del abuso y encubrimiento policial.