Por: Majo Región Dos Ríos
La arremetida paramilitar avanza a pasos agigantados desde hace cuatro años. Esta violencia nos ha golpeado directamente como campesinado, como movimientos sociales y como clase popular. Primero, nos arrebataron a dos hombres valiosos: Teófilo Acuña y Jorge Tafur, culpables únicamente de sembrar esperanza y tejer comunidad. Luego, las manos asesinas alcanzaron la Serranía de San Lucas con una tercera víctima: Narciso Beleño. Y hoy, 22 de diciembre de 2025, llega el turno de un cuarto hombre: Jairo Díaz.
Esta región libra una batalla por la libertad en medio de un abandono estatal que no es accidental, sino intencional. Responde a planes de exterminio, de extractivismo y de despojo contra cualquier fuerza social organizada; una realidad que el Sur de Bolívar conoce demasiado bien.
El miedo se viste hoy de nuevas y refinadas estrategias. El paramilitarismo avanza con la connivencia del Estado, instrumentalizando la pobreza y utilizando el chantaje de una falsa prosperidad inmediata. Se crean organizaciones ficticias cuyo único fin es posicionar planes de despojo y apropiación de bienes comunes, perpetuando así la miseria.
En este contexto, dos mujeres —forjadoras de cambios y, sobre todo, constructoras de dignidad en el Sur— hoy se ven obligadas a esconderse para resguardar sus vidas. No pueden tener tranquilidad en estas fechas. El goce de compartir en familia, en las formas que hemos elegido como opción de vida, se ve truncado por la zozobra, la angustia de la ausencia y el desplazamiento forzado.
A la región la ronda la muerte. No es cualquier muerte: es una violencia planificada por una clase poderosa que desprecia a quienes día a día levantan con sus manos labradoras el oro, la yuca y el maíz; a quienes navegan el Magdalena para salvaguardar la doncella, el bocachico y el bagre.
Estas mujeres del Sur de Bolívar hoy tienen miedo, pero caminan con la convicción de que su región merece un destino diferente. Merecen vivir sin el paramilitarismo que sigue operando como estrategia de Estado, impulsado por políticos y familias poderosas que son responsables y cómplices. Son ellos quienes provocan que los liderazgos de San Pablo lloren y se pregunten por qué su compañero de lucha —aquel de largos desplazamientos en mula hasta Calungas— es el cuarto al que debemos llorar.
Él se hizo semilla de lucha y resistencia en la Región de los Dos Ríos. Ya no nos acompañará físicamente, porque el paramilitarismo, al igual que el fascismo y la ofensiva imperialista, ataca precisamente a quienes caminan con la frente en alto para defender la vida.