Edición 50 - Abril 2010

Control migratorio en Europa: prueba de xenofobia creciente

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El control de los flujos migratorios ha sido la obsesión que ha estado detrás de cualquier iniciativa relacionada con la política migratoria europea. Los 27 países de la UE intentan establecer reglas comunes para proceder a la deportación de los inmigrantes indocumentados. La expulsión, que se describe con el eufemismo de “alejamiento”, debe hacerse de manera voluntaria. Pero en el caso de “resistencia”, podría ser forzada y estaría acompañada por una prohibición de entrada durante cinco años.

 

La Europa Fortaleza
Para reforzar la eficacia de los controles fronterizos, se han puesto en marcha diversos dispositivos, basados en el novedoso principio de la “solidaridad obligatoria” entre los Estados-miembros. Frontex, la Agencia de Protección de Fronteras creada en 2005 por la Comisión Europea, tiene la tarea de promover un modelo pan-europeo de seguridad fronteriza integrada. Una red de patrullaje marítimo empieza en Grecia, un país que por su ubicación geográfica se ha convertido en la primera línea intransitable de la Europa Fortaleza, hasta las islas Canarias. Desde su creación, Frontex ha triplicado el número de inmigrantes expulsados. Solo en 2009, unas 1600 personas fueron repatriadas.

Frontex opera con 116 barcos, 27 helicópteros, 22 aviones y 400 radares móviles en las costas de los países de tránsito. Por si esto fuera poco, se ha creado un cuerpo especial de unos 450 agentes fronterizos, constituido en patrullas de rápida intervención, los denominados “Rabbit”, quienes son pagados por los Estados de procedencia.

El número de refugiados africanos, y sobre todo de personas originarias de países del Medio Oriente, se ha incrementado a partir del 2001, después de las guerras que desataron G.W. Bush y sus aliados. Las víctimas de estas “intervenciones humanitarias”, en busca del “sueño europeo”, son detenidas por Frontex. Los inmigrantes se aglutinan en las fronteras esperando su oportunidad y por muy altos que sean los muros de la Europa-Fortaleza, seguirán saltándolos; los muros y alambres no son un freno para las personas que están desesperadas por entrar. En cambio, las rutas se hacen cada vez más complicadas, por lo cual los inmigrantes no solo tienen que viajar en barcos más pequeños, sino que también deben escoger caminos más largos, con todos los riesgos que eso conlleva.

Durante los últimos veinte años, más de quince mil inmigrantes han muerto en la frontera europea. La mayoría de estos han desaparecido en las fosas comunes que son el mar Mediterráneo, entre Marruecos, Argelia, Senegal hacia España; el Estrecho de Gibraltar o el océano Atlántico; el mar Adriático, entre Albania e Italia; el mar Egeo, entre Turquía y Grecia. A ellos hay que añadir los centenares que han muerto viajando escondidos en camiones, ahogados en ríos fronterizos, congelados atravesando montañas o deshidratados atravesando el desierto del Sahara. Otros, asesinados por los militares o a causa de las minas antipersona.

El resurgimiento de la ultraderecha

El país donde más se nota el auge del racismo, no solo a nivel de instituciones sino también en la calle, es, sin duda, Italia. Berlusconi, con el apoyo de su monopolio televisivo, se presenta como el defensor de la seguridad ciudadana. Mientras pretende despenalizar el soborno, a través de una ley ha procedido a tipificar la inmigración clandestina como un delito que contempla condenas de hasta cuatro años de prisión. Asimismo introduce un endurecimiento  de las condiciones de concesión de la ciudadanía italiana para el
cónyuge extranjero. No es ningún secreto que el gobierno de Berlusconi integra a los fascistas del partido Alianza Nacional (del cual hace parte la nieta de Mussolini), con Gianfranco Fini como presidente del parlamento. A eso, hay que sumarle los cuatro ministros de la Liga Norte, partido abiertamente xenófobo y racista.

La erosión de los valores democráticos, la degeneración institucional y el resurgimiento del racismo cotidiano, son fenómenos que se alimentan recíprocamente. El año pasado, la declaración del Ministro de Interior italiano, Roberto Maroni, de que “todos los campamentos de gitanos deben ser desmantelados inmediatamente y sus habitantes expulsados o encarcelados”, incitó ataques contra una comunidad de gitanos en Nápoles. En la región de Calabria, una banda de jóvenes organizó una verdadera cacería humana contra los trabajadores subsaharianos de la localidad de Rosarno. Las víctimas eran los 1500 africanos que trabajaban en zonas rurales recogiendo fruta, viviendo en fábricas abandonadas sin agua corriente y recibiendo 25 euros al día.

Las agresiones que provocaron heridas a unos 70 inmigrantes fueron apoyadas por la organización mafiosa la N’Drangheta, vinculada a los empresarios, con el fin de reprimir las protestas de los obreros extranjeros que reclamaban unas condiciones decentes de trabajo. El hecho de que frecuentemente son los empresarios clandestinos quienes organizan la llegada ilegal de estos esclavos modernos, se acompaña por un silencio cómplice de las autoridades europeas. La prensa vinculada al poder político, o bien calla esta situación o intenta minimizarla.

En otros países como Grecia, las estaciones de policía son comparables a Abu Ghraib, con la tortura de inmigrantes siendo el pan de cada día. Muchos de ellos son blancos de ataques en barrios y en espacios públicos y se niegan a pedir asistencia médica en un hospital por no tener papeles. Hace unos meses, la Policía Antidisturbios ordenó la evacuación forzosa de un asentamiento de 2000 inmigrantes afganos; posteriormente, este fue “misteriosamente” incendiado por desconocidos.

Aunque es cierto que los actos de violencia física por el momento son limitados, en la mayoría de los países europeos la ultraderecha no solo participa en los gobiernos sino que también su ideología es adoptada cada vez más por los partidos convencionales. En muchas ocasiones los partidos de extrema derecha llegan incluso al Parlamento Europeo. Se trata de una nueva estrategia, paralela con la de demostrar su poder en la calle. Encubriendo su verdadera identidad, se disfrazan de políticos “respetables” y adoptan una retórica antiestadounisense y anticapitalista con el fin de ganar votos. Con sus actos públicos, marchas, festivales, etc, los fascistas intentan atraer una nueva audiencia, reclutar jóvenes y convertirlos en militantes comprometidos.

Por mencionar algunos ejemplos, en las elecciones europeas del junio pasado, fueron elegidos por primera vez dos miembros del partido fascista BNP (Partido Nacional Británico). En Holanda, el islamofóbico Partido por la Libertad consiguió el 17% de los votos y se alzó como segunda fuerza del país. En Austria, los dos partidos que ha heredado el nazi Heider, ganaron un total de 18% de los votos. En Hungría, los resultados le otorgaron al partido racista Jobbic tres escaños en el Parlamento Europeo. 

Los centros de reclusión como reflejo de la crisis humanitaria

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