Por: Iván Darío Rojas Moreno
El 20 de enero se posesionó el nuevo presidente de los Estados Unidos, ello marcará un hito en las relaciones diplomáticas del hemisferio occidental y particularmente en América Latina, dejando a su paso amplios debates referentes a los derechos humanos, la economía y la naturaleza.
El magnate Donald Trump irrumpe en su segunda elección como presidente con determinaciones ultraconservadoras, proteccionistas y nacionalistas, las cuales se entremezclan con los escándalos sobre la incitación a la toma del Capitolio Nacional por parte de sus seguidores, los discursos sobre su intención expansionista hacia el canal de Panamá, el Golfo de México o Groenlandia, y un pasado oscuro de aparentes pagos por servicios sexuales a actrices de la industria pornográfica.
Esta realidad debe ser analizada en dos escalas, comprendiendo que las afectaciones son disímiles en conformidad de la geopolítica. Vale recordar que la base militante de Trump son personas de zonas rurales vinculadas por tradición al Partido Republicano y a organizaciones ultraconservadores con estrechos vínculos con grupos racistas, xenófobos y proclives a la segunda enmienda [que protege el derecho a portar armas]. Aun así, dicho electorado por sí solo no fue suficiente para su aspiración presidencial, para ello fueron claves los ciudadanos de los llamados Estados péndulo: espacios geográficos caracterizados por urbes intermedias con graves problemas de seguridad, desindustrialización, desempleo, consumo de sustancias psicoactivas y presencia de población racializada o migrante. Fue allí donde su discurso ampliamente publicitado se enfocó en dos factores esenciales, por una parte, la restitución de la moral conservadora bajo el ofrecimiento del tránsito a la “edad de oro de los Estados Unidos”, ligado ello a la restricción de libertades políticas, culturales y sexuales de poblaciones hispanas, afrodescendientes, árabes y de la comunidad LGBTIQ+; seguido de la promesa de realizar la llamada “revolución del sentido común”, lo que implica buscar tener medidas proteccionistas de su economía con el fin de ampliar el nivel de consumo de su base electoral.
Es por ello que en su discurso de posesión enfiló baterías sobre la educación que se imparte en las escuelas, así mismo sobre la nominación de personas con diversidad de género y sexual, de igual modo a favor de los antivacunas. Esto tuvo su correlato al amenazar con deportaciones masivas a la población migrante, en donde a su mayoría las equiparó con seres proscritos con estrechos vínculos con organizaciones criminales internacionales.
Ahora bien, dicha fotografía instantánea se relaciona en el campo internacional al replicar medidas proteccionistas semejantes al Brexit, en donde el gobierno conservador de Boris Johnson impulsó el cierre de fronteras comerciales y migratorias con la Unión Europea, argumentando un declive de los valores naciones y un relacionamiento desigual frente a sus otrora aliados económicos. En este punto es importante observar como la derecha radical sigue apostando por personajes que no son políticos de oficio, más bien megalómanos que discursivamente generan rupturas con lo “políticamente correcto”, caso de Volodímir Zelenski, Nayib Bukele o Javier Milei, todos ellos tienen en común un lenguaje emocional, carente de argumentaciones racionales, aunado a una agenda que tiende por el recorte de las libertades sociales, el militarismo y el desconocimiento de la memoria histórica de sus pueblos.
Por este motivo, Trump marca la pauta política de su gobierno aplicando medidas draconianas de carácter militar contra la población extranjera, desconociendo el derecho humano que todos los seres tienen de migrar. Esto se compagina con la solicitud a su canciller Marco Rubio de revisar los acuerdos de cooperación internacional establecidos entre Estados Unidos con diversos países de América, en particular con México, Canadá, Panamá y Colombia, además de fortalecer las medidas de bloqueo económico contra Cuba y Venezuela.
De allí es importante mencionar dos elementos: primero, que la llamada cooperación económica y militar se asumirá como parte de las medidas de domesticación a los países de su influencia, generando así formas de presión para doblegar la voluntad, ubicando en condiciones de mayor beneficio a los Estados Unidos. Segundo, las acciones de bloqueo buscarán desestabilizar aún más la política interna de los países opositores, agudizando de esta manera las crisis migratorias en el continente y empobreciendo aún más a la población, factores que sin lugar a dudas generan mayor conflictividad social.
Finalmente, mencionar que a pesar de la radicalidad expresada por el gobierno actual de los Estados Unidos, el panorama no es el mismo de la segunda mitad del siglo XX, porque en la actualidad existen importantes vínculos comerciales y militares de Rusia y China con múltiples países de Latinoamérica. Este generará que el ajedrez político deba ser calculado con mayor detenimiento, como así se evidenció en la crisis diplomática gestada por la deportación masiva de migrantes a Colombia, luego de que al exigírsele respetar protocolos acordes a los derechos humanos, Trump amenazó con retirar el visado de funcionarios del país y el aumento de aranceles, a lo cual China se ofreció a entablar acuerdos comerciales, demostrando de esta manera su interés por fortalecer su ruta de la Seda.
Como bien lo avizoró el intelectual Immanuel Wallerstein, los Estados Unidos son una potencia en declive, la cual se hace más peligrosa porque se resiste a dejar de ser el hegemón del mundo y solo le queda apelar a posturas de guerra.











