Por Néstor Parra
La paz con el ELN fue tema de campaña, mención en el acto de posesión del nuevo Gobierno, objeto de muchas especulaciones y, al paso que vamos, una gran preocupación.
No todo es culpa del ELN, como dicen los medios de comunicación y como repiten los “académicos”. La propuesta del ELN es simple: participación de la sociedad para producir unos “cambios mínimos y básicos” concertados. Aquí una enumeración de los graves errores del Gobierno que han afectado el desarrollo de la mesa con el ELN.
El primer error estuvo en pensar que el triunfo electoral de Petro ya resolvía todos los conflictos sociales y, por tanto, el ELN debería desarmarse de manera inmediata. Eso sería cierto si Petro no solo tuviera el Gobierno sino también el poder, y si el ELN fuera el responsable de todos los males del país.
Luego el Gobierno nombró a Danilo Rueda comisionado de Paz, un buen tipo que conoce la guerra y a las comunidades que la han padecido, pero que no ha demostrado tener una mirada estratégica a largo plazo. No delega, no se asesora bien y repite errores elementales de procesos anteriores.
La realización de unos diálogos regionales vinculantes fue una pésima estrategia porque, entre otras cosas, buscaba llenar desde la formalidad una de las banderas de los elenos: la participación. Vale añadir que el Gobierno piensa en una participación acotada, express, como el que llena un requisito de un momento, en vez de entender que se trata de un proceso político.
Después vino la ley de Paz Total, una ley inútil, porque lo que se pretende hacer no necesitaba de esa ley y, una vez se avance, esa ley será más un estorbo que una ayuda. Petro cayó en la lógica de Santos de creer que la paz es esencialmente un asunto jurídico.
A continuación, vino la conformación de una delegación del Gobierno con tres problemas: no conocen, en general, al ELN; no tienen experiencia en negociación de conflictos y, además, tienen problemas para asumir que son delegación del Gobierno ya que cada uno quiere ser delegado de sí mismo y de sus banderas particulares.
Los delegados del Gobierno llegaron a Venezuela, igual que a México, a improvisar; no ha habido un proceso interno de cualificación de los delegados, repiten el mismo modelo de fallas organizativas que tuvieron las delegaciones de Santos.
El incidente del cese de hostilidades declarado de manera unilateral por Petro (31 de diciembre de 2022), pero que ningún grupo participante en la Paz Total había firmado, mostró la poca valoración que el proceso negociador representa para Petro. Parece que el presidente no ve al ELN como la otra parte de la mesa de diálogos, sino como un grupo marginal sin banderas.
El 28 de enero de 2023, siete miembros del ELN fueron asesinados a sangre fría por el Ejército, lo que no fue noticia ni tema central en el Gobierno para enviar un mensaje de que no se pueden permitir ejecuciones de personas desarmadas. El Gobierno ha rechazado tales acusaciones.
Y en el curso de la tercera ronda, el 12 de mayo, el presidente cuestionó el carácter político del ELN, con lo cual invalida la mesa y el Acuerdo de México firmado por su delegación, que queda igualmente deslegitimada.
Si la mirada de Petro es la de que el ELN es una banda multicrimen, un grupo terrorista sin ideología, de una organización dedicada al narcotráfico, pues debe ser coherente y no enviar una delegación a dialogar con los elenos sobre las premisas de reconocimiento político.
La solución es de muchos pasos, pero simple: coherencia entre el presidente y su delegación, reorganización de esa delegación oficial para que sepa quién es el ELN y qué es negociar con un actor armado, entender el carácter innegociable de la participación de la sociedad en el proceso, renunciar a lógicas unilaterales y, por último, precisar la estrategia de negociación.
Estos pasos podrían resolver problemas metodológicos, pero subsiste un problema de fondo, que es esencial: ¿qué piensa Petro del ELN? Sin que haya claridad al respecto, el tiempo seguirá corriendo, las rondas pasando y la paz perderá una nueva oportunidad.











