Por Angy Bedoya
El bochorno era desesperante y la brisa escaseaba. El conductor se detuvo en cada pueblo, vereda, caserío o centro poblado, independientemente de que alguien subiera o bajara. Sí o sí, el autobús reportaba su ubicación y daba detalles de la ruta. La mayoría de personas se bajaron entre el trayecto de Timba y San Francisco, territorios unidos por el majestuoso río Cauca.
Era la una y dieciséis minutos de la tarde cuando el conductor del autobús de la empresa Transur S.A dijo “llegamos a Suárez, por favor bájense todos los pasajeros”. Bajamos 5 personas, dos mujeres y tres hombres. Lo primero que vi fue un puesto de jugos de naranja-limón, una galería de mercado cerrada y un coliseo consumido por el monte y la basura. Las calles eran transcurridas e inquietantes, pasaban negros, negras e indígenas a pie (algunas cargaban su bebé a tuntún), motos destartaladas, cuatrimotos último modelo, carros achacados por el trajín, camionetas blindadas de marca Mazda y Mercedes Benz. Sólo bastaron unos minutos para percibir lo evidente: la desigualdad.
Suárez es un pueblo afrodecendiente, indígena y campesino que ha resistido amargos siglos de esclavitud, despojo y violencia. Sus primeros pobladores, según la investigadora María Cristina Navarrete, fueron esclavos africanos e indígenas que trabajaron en las minas de oro de Gelima y el río Ovejas.
Históricamente la población suareña ha vivido de la pesca, la agricultura y la minería artesanal, esa minería que se hace en las riberas del río con pala, baldes y una batea de madera para separar el oro de la arena sin utilizar mercurio.
Una fiebre de oro y río
– ¡Por fin llegó! Vamos a almorzar —fue lo primero que dijo Tokunbo, un negro barbado y con flow rasta, al verme.
Caminamos unas cuadras arriba, hacia el barrio El Centro. Allí estaban los cuatro artistas del colectivo Alpa Jaguar pintando un mural en plena vía principal. La gente comentaba la obra de arte en voz baja; un hombre se acercó tímidamente a los artistas y preguntó si el retrato es de Francia Márquez. “Sí, es ella. ¿Se parece?”, le respondió “Apu”, uno de los artistas; el señor sonrió ligeramente y se fue.
Al sentarme a almorzar en el andén, al frente del mural, se me acercaronn tres mujeres que iban subiendo y murmuraron: “que bonito está quedando, esos pelaos saben pintar de verdad. El paisaje está lindo, se ve la gente en el río bateando”.
-Venga le pregunto, ¿quién los mandó a hacer esto, quién les está pagando? —dijo la mujer mayor, mirándome fijamente a los ojos.
Les conté que era una iniciativa del colectivo Alpa Jaguar y el suareño Tokunbo, quienes querían viajar al territorio y pintar a una lideresa que ha sido hija de las luchas ambientales y sociales. Las mujeres se quedaron en silencio, sus ojos navegaban en un mar de inquietudes, mientras la memoria les revolcaba su existencia. A los pocos minutos, la menor se fue para la casa, las otras dos se sentaron a mi lado y empezaron a reconstruir las duras batallas que tuvieron con la multinacional surafricana AngloGold Ashanti (conocida anteriormente como Sociedad Kedahda) y la canadiense Cosigo Resources.
El terror fue por todos lados. Primero, las multinacionales y empresarios como Héctor Jesús Sarria empezaron a mover fichas y contactos para desconocer y desplazar a las comunidades de las veredas La Toma, Yolombó, El Hato, y de ahí para adentro. Empezaron a aparecer muertos sobre las riberas de los ríos y en la represa La Salvajina. Los panfletos los tiraban por debajo de la puerta o en la galería. Gracias a las luchas y tutelas interpuestas por los mismos habitantes de Suárez, se logró demostrar la violación de los derechos humanos y suspender las 13 licencias extractivistas (mediante la sentencia T-1045A/10 y T462 del 2014) otorgadas a empresas y terceros por parte del Servicio Geológico Colombiano (anteriormente INGEOMINAS).
Sin embargo, la guerra se descontroló. La minería ilegal llegó a gran escala, un día amaneció y las riberas del río Ovejas estaban invadidas de retroexcavadoras que eran protegidas por hombres armados, como película de ficción. Las y los pobladores, principalmente líderes y lideresas, fueron amenazados, desplazados y otros asesinados.
Además de esto, la Empresa de Energia del Pacifico (Epsa) pretendía desviar el río Ovejas hacia la hidroeléctrica La Salvajina para aumentar un 20% su capacidad de producción de energía.
Esa fiebre por el oro y el río depravó la codicia. La vida no valía ante la ambición. De esas luchas nació Francia (vicepresidenta de Colombia), una mujer berraca que supo pararse duro por el territorio. Con ella marcharon treinta mujeres cimarronas en el 2014 exigiendo la protección de los ríos Cauca y Ovejas como fuentes de vida para las comunidades negras e indígenas. Esas mujeres expusieron ante la opinión pública la cara de la desigualdad, demostraron que su pueblo está rodeado por siete ríos que han sido contaminados por las minas con mercurio, que las comunidades no tienen acueducto ni agua potable, que la energía eléctrica es muy cara, que la mala señal imposibilita las comunicaciones y que, de repeso, los grupos armados coartan y silencian a punta de bala. Ellas lograron sacar varias retroexcavadoras, como lo registró el periódico El País en 2019, que destruían el río y contaminaban el agua; pero la inseguridad incrementó.
—A Francia la sacaron corriendo de aquí, casi la matan en varias oportunidades. Todavía le hacen atentados, porque la quieren callar. Su tía vivía aquí arribita, era vecina, y también le tocó salir volada con hijos y todo; la sentencia de muerte era para toda la familia —contó una espectadora del mural con voz suave, mientras movía disimuladamente su cabeza de lado a lado para asegurarse de que nadie estuviera escuchándonos.
Parecía día de feria
El atardecer llegó con sabor a chirrincho y a ritmo de carranga. Son las cinco de la tarde de viernes santo (15 de abril del 2022) y se escucha fiesta en el parque principal del municipio. Recogemos las maletas, guardamos las pinturas y salimos hacia el barrio Pueblo Nuevo, anteriormente llamado Pueblo Lata, a conocer el otro espacio para pintar.
Dos cuadras antes de llegar al parque, se veían borrachos y borrachas tambalear de aquí para allá y de allá para acá. Había colillas de cigarrillos y latas de cerveza Poker y Águila por todos lados. Los carros tenían el equipo de sonido a todo volumen, cada vehículo reproducía una canción distinta, era una ola de ruido. El parque lo era todo, la gente bailaba entre grupos, los más jinchos estaban comiendo pastel, chorizo o tamal; algunos discutían mientras otros se acaramelaban. Mejor dicho, ese viernes santo parecía día de feria y locura.
—Mira ese borracho, no ha podido irse en la moto. Se cae, se levanta, se cae y vuelve a levantarse —comentaban los artistas.
Luego de cruzar el parque subimos cuatro cuadras inclinadas, el cuerpo se alcanzó a agitar con esa caminada. Cuando llegamos al spot, el colectivo se dirigió a las viviendas cercanas para hablar con las familias y solicitar permiso para intervenir artísticamente el muro de concreto. La pared tenía un viejo mensaje que decía: Feliz Navidad y Prospero Año, también había dos firmas de las FARC-EP en aerosol, una borrosa y la otra legible. Una señora que vendía empanadas y limonada me llamó con señas, su puesto estaba cinco casas más arriba del spot.
¿Ustedes son los que pintaron cerca a la galería?, fue lo primero que me preguntó la mujer de rasgos afro. Le contesté sí señora, somos los mismos artistas y la temática es la misma: resaltar a Francia Márquez, y su territorio ancestral y cultural. De inmediato me pasó un vaso de limonada (panela con limón). Su mirada emitía fuego y al mismo tiempo miedo, sus palabras se le atrancaban en la garganta cuando intentaba hablar. Los minutos transcurrían en silencio hasta que le escuché decir “gracias por venir hasta este pueblo, perdido entre tanta codicia. Esos colores le dan vida al barrio y a los niños. Es que aquí no hay tiempo para ser niños, desde chinos toca trabajar”.
Al escuchar los comentarios sueltos de la gente que se acercaba a “chismosear”, nos enteramos que la curva donde se estaba pintando era uno de los lugares donde anteriormente tiraban a los muertos (algunos con mensajes), la mayoría eran conocidos por el barrio y la comunidad. Nadie podía levantar el cuerpo porque automáticamente se sentenciaba a muerte, sólo las familias del difunto podían recoger y reportar el cuerpo; esas experiencias fueron duras, tensionantes, porque el dolor se tragaba a punta de tinto y silencio.
—Ahora en semana santa hay que tener cuidado porque anda mucha gente borracha, loca, transformadas por meter maricadas y van acabando con el que los mire feo. Y hoy viernes es el día más pecador, donde los negocios más perversos y ambiciosos se cierran con alcohol, drogas, putas y plomo. Así que lo mejor que pueden hacer como visitantes es comprar lo que van a comer y beber, e irsen (sic) para la casa. Ni se les ocurra ir a La Salvajina hoy, allá hay gente mala cuadrando cosas malas —nos advirtió una suareña de pura cepa.
Suárez ha sido y sigue siendo una periferia en disputa y resistencia permanente, la falta de presencia estatal ha hecho que todo se desajuste. Los distintos actores armados como el Ejército Nacional, las disidencias de las FARC-EP, el ELN, las AGC, las Águilas Negras, Los Rastrojos y las bandas criminales dedicadas al narcotráfico, se disputan el territorio para controlar los negocios y sus rutas sin importarles la población civil.
Sin embargo, en medio de tanta violencia hay sueños y proyectos de vida que se escapan como estrellas fugaces, un ejemplo es la agrupación musical Uramba, que ganó el primer puesto en la modalidad de violines caucanos en el Festival Músical Petronio Álvarez 2022. También están las lideresas juveniles Heidy Carabalí y Carolina García, quienes gestionan proyectos que fortalecen las expresiones artísticas, culturales y el empoderamiento juvenil. Está Francia Márquez, la primera vicepresidenta afrodescendiente de Colombia que ha demostrado que los sueños no pueden ser solo sueños.