Hoy se reactiva un debate al interior del PH y entre su influencia electoral, frente a si vale o no que Francia Márquez sea la fórmula vicepresidencial luego de sus significativos y potentes resultados. Frente a este tema, consideraría necesario valorar, en primer lugar, dos aspectos: uno ético, en tanto dar valor a la palabra, respetar los acuerdos y cumplir lo pactado. Y uno táctico, en tanto si es pertinente o no en términos de mecánica y pragmatismo electoral asegurar esa fórmula o, buscar otra. En segundo lugar, considero fundamental analizar los posibles caminos a seguir para las opciones alternativas y de izquierdas en un escenario, que lejos aún de ser favorable, se manifiesta espinoso, complicado e incierto.
Que prime la palabra: ¿una actitud ética con poco de táctico?
En términos de lo ético, un proyecto que se supone de cambio debería mantener una coherencia con la palabra. Y la palabra, materializada en acuerdos al interior del PH en distintos momentos y escenarios es que, la segunda votación sería la fórmula vicepresidencial. Si esa táctica es errada o no es otro debate. Lo cierto es que, en un país donde el Poder incumple constantemente los acuerdos con los sectores sociales obligándolos a movilizarse constantemente para exigir el cumplimiento de lo acordado, en dónde las élites malgobernantes hacen trizas los acuerdos de paz, y donde cada una y uno de nosotros falta a la palabra cotidiana y tranquilamente, lo que uno esperaría es que, un proyecto que enarbola el cambio, la práctica política distinta, que busca devolverle la dignidad a la gente y democratizar la política, asuma cumplir con lo pactado y no torcer los acuerdos a conveniencia ni mucho menos bajo decisiones individuales y no colectivas.
Pero bueno, como en política electoral lo que menos importa es la palabra ni cumplir lo acordado, sino los votos, partamos del hecho de que tal acuerdo se puede deshacer como se deshacen todos los acuerdos.
En términos éticos también, Francia Márquez ha dicho hoy con claridad que su presencia en el PH no obedece a un cargo sino a un cambio. Ello refleja lo que Francia es y representa: una expresión del movimiento social, de las luchas populares, raizales y sectoriales que día a día tejen desde los territorios y que, ni nacieron en las dinámicas electorales, ni se detienen en ellas como escenario principal. Una actitud ético-politica acorde con un proyecto emancipatorio con un sujeto político popular protagónico.
Esas declaraciones pueden entenderse, desde luego, como un espaldarazo a Gustavo Petro para que busque una fórmula vicepresidencial por fuera del Pacto Histórico y asegurar así un crecimiento en la votación que garantice un triunfo en primera vuelta. Expresa esta lectura de Francia y su equipo que, aunque no nos guste a muchos y muchas, si se quiere ganar la presidencia desde un proyecto medianamente progresista, y sobre todo, si se quiere tener un margen de gobernabilidad importante, será necesario si o si, tejer acuerdos con sectores que hoy no están en el Pacto Histórico y que, incluso, pueden encarnar cosas distintas. Eso, repito, es un asunto más que del deseo, del escenario real de la política y las posibilidades de vencer, por un lado, al Uribismo como expresión concreta de un proyecto fascista y narcoparamilitar en el cual se amparó la Oligarquía durante los últimos 20 años para sostener el Poder, y por otro, como posibilidad de quebrar, así sea simbólicamente, la hegemonía del Poder de las derechas*.
Francia Márquez como expresión de un torrente social que quiere cambios verdaderos y no cosméticos.
Vale aquí detenerse un poco en tratar de entender cuál es la votación que expresa Francia Márquez. En primer lugar podríamos decir que Francia canaliza la votación de un componente importante del movimiento social colombiano, con énfasis en la lucha ambiental, las luchas feministas y raizales. También cabemos aquí (y me incluyo porque es mi lugar de enunciación) las izquierdas con perspectiva socialista, que entendemos hoy que no va a venir un gobierno revolucionario en términos de fracturar las contradicciones de clase fundamentales, pero que consideramos vital que el Pacto Histórico se nutra de los insumos necesarios (programa, liderazgos, alianzas)para que su gobierno pueda ser el inicio de una transición hacia una democracia popular transformadora y no, la cuota de retorno hacia el continuismo de la derecha, solo que ya sin el incómodo Uribismo del cual se han servido.
Estos sectores, dentro del Pacto, le han venido apostando a una construcción programática que brinde garantías de transformaciones ciertas, y que, pese a tener la fuerza de la movilización, han estado en desventaja a la hora de los acuerdos, en tanto en el Pacto se ha impuesto la lógica de los políticos de oficio que se mueven solo desde el cálculo electoral y que, además pretenden que el Pacto, más que materializar un programa para las transformaciones, se constituya en una sumatoria para ganarle al Uribismo sin sacrificar mayores reformas al modelo económico y político que nos rige.
Así mismo, Francia recoge un importante voto de opinión de la población que está cansada de lo mismo, que mira con algo de esperanzas al PH, pero a quien la figura de Petro no termina de convencer, ya sea porque les parece muy “polarizador” o muy preocupado por no incomodar a ciertas facciones de las derechas.
Unos y otros votantes, ante la posibilidad cierta que Francia no sea fórmula vicepresidencial, ni aparezca con un rol clave en un eventual gobierno, ya señalan que no votarían por Petro, mostrarán su decepción y terminarán seguramente, en las toldas de centro, o refugiados en un abstencionismo que sigue vigente, aunque no sea lo más adecuado ahora. Seguramente también, una buena parte de las izquierdas y del movimiento social, pese al desencanto, no dejarán de votar por el PH como una expresión de rechazo al Uribismo y sin muchas expectativas en un gobierno Petro amparado en maquinarias tradicionales.
Sumar por fuera del Pacto: una táctica necesaria que puede no salir.
Para quienes insisten en que haya vía libre para que Petro busque la fórmula por fuera del Pacto hay un asunto a favor y es que, sin muchas dudas, la fórmula con Francia no traería muchos votos distintos a los que ya se tiene, pues en esencia son votos o que están dentro del Pacto o que asumen que no hay otra opción que respaldar. Sin embargo, no contemplan que si bien no traería muchos nuevos, si podrían fugarse muchos votos por ese inconformismo y decepción ya expuestas.
Y aquí aparece entonces el elemento central para valorar si en términos tácticos, cumplir lo pactado es lo errado o al contrario la equivocación está en buscar un acuerdo con el liberalismo. Y es necesario precisarlo, porque es un acuerdo con el partido liberal de César Gaviria el que se ha venido cocinando hace rato. Y no, no es especulación, hay hechos ciertos, y muchas infidencias que irán saliendo.
Aparentemente el Partido Liberal es la fuerza electoral que podría ser más atrayente en este momento. Sus resultados en Senado y Cámara son buenos y demuestran que, como aparato electoral de un sector de las élites, ligados a intereses gamonales regionales, funciona muy bien para mantener cuota burocrática y de Poder central y regional. Sin embargo, si se mira en detalle, el comportamiento electoral del partido Liberal, por lo menos en los últimos diez años, es bastante irregular en materia presidencial. Ni en sus consultas internas, ni con candidatos propios, han garantizado medio millón de votos (muchos menos que los puestos por Francia, y que vaya uno a saber sean los que se fuguen). A esto sin contar que, en buena medida, los votos de las bases liberales ya están con Petro, se expresaron seguramente en la consulta, y el resto de votos irá para donde el cacique regional indique que deban ir. En los últimos 10 años, por lo general, han girado a la extrema derecha. Las cifras se pueden consultar, los resultados están a la vista con un gobierno que está ahí también gracias a ellos.
En síntesis, flexibilizar el acuerdo previo y faltar a la palabra y que la segunda votación no sea la fórmula vicepresidencial puede ser una táctica adecuada si de lo que se trata es de sumar nuevos votos. Pero si esa flexibilización es para garantizar un acuerdo con el liberalismo, podríamos estar ante un harakiri electoral que más que garantizar crecimiento de las opciones del Pacto Histórico para ganar en primera vuelta, mine la confianza de amplias mayorías que esperan un gobierno distinto y a quienes un acuerdo con los mismos de siempre no les genera sino decepción, pérdida del entusiasmo electoral y por tanto, sumas que se convierten en restas.
Acuerdos tendrá que haber, la pregunta tanto en términos tácticos como éticos, es con quién y cómo.
Más allá del deseo de no mancharnos de quienes militamos a la izquierda y de quienes, como nosotros, esperan que un gobierno del Pacto Histórico prescinda de cualquier acercamiento con sectores de la clase dominante, lo cierto es que el terreno de la política real, y sobre todo de la electoral, está signada por pragmatismos, cálculos y posibilidades tangibles de amarrar acuerdos acorde a intereses. En esa realidad, que es la que nos toca y no la deseada, un acuerdo de Petro con el liberalismo es un (auto)gol más que cantado y su realización o no, motivo de fisuras y divisiones al interior del PH y su acumulado y potencial electoral.
En primera instancia un acuerdo de esa naturaleza tendrá mucho de componente burocrático y en términos políticos su alcance está en, por un lado tratar de generar una situación de gobernabilidad para el eventual gobierno de Petro, y por otro quitarle piso al Uribismo, que parece ser el alcance máximo de algunas vertientes dentro del Pacto.

Y entonces, ¿Por dónde caminar?
Con todas esas claridades, un acuerdo con el liberalismo tendría que estar sustentado en una decisión colectiva, cuando menos mayoritaria al interior del Pacto Histórico y sus bases, trazar líneas rojas programáticas y éticas, y donde el ritmo lo imponga el Pacto desde sus bases, y no el liberalismo de Gaviria y los acuerdos por arriba.
Si las mayorías dicen NO a un acuerdo con el liberalismo, hay que jugarse la opción popular, que no es solamente ni principalmente, que Francia sea la fórmula vicepresidencial, sino en profundizar en una construcción programática ligada a las necesidades más sentidas de las mayorías, atraer y conquistar mínimo 3 millones de votos de otros sectores sociales y políticos, y convencer también a una importante franja de población abstencionista.
En ese camino, el turbulento lugar de lo que se ha dado en llamar “centro” ocupa un lugar relevante. Resulta paradójico que, al interior del Pacto Histórico, muchos de los sectores que propenden por un acuerdo con el liberalismo, rechazan de tajo cualquier aproximación con la coalición de “centro”. Y es paradójico, porque en lo programático son más cercanas las propuestas de Petro y el Centro, que las que se puedan tener con un partido de profundas raíces violentas, despojadoras y neoliberales. Ese “anticentrismo” desde luego, está sustentado en el hecho que tal facción del espectro político, por su ambigüedad, por sus omisiones y decisiones, han terminado favoreciendo los intereses de la ultraderecha, cosa curiosa, igual que el liberalismo.
Visto desde un plano netamente pragmático para ganar las elecciones presidenciales y generar un escenario de gobernabilidad, estos acuerdos se tendrán que ir dando, limitando a su vez, el alcance del Pacto Histórico como proyecto colectivo que jalone las transformaciones profundas. Se podrá ganar la presidencia, se tendrá un margen de gobernabilidad, pero las reformas y los cambios tendrán un camino pantanoso desde adentro. Lo otro es dejar que gane la versión combinada del Uribismo y la oligarquía tradicional y perder la opción de una victoria más simbólica que estructural.
Por ello, sea cual fuere el curso que tomen los acontecimientos en los próximos días, los movimientos sociales, las izquierdas con perspectiva de clase y transformadora, y las millones de indignadas e indignados que aspiramos a un gobierno que cultive cambios, no podremos renunciar a los escenarios vitales en los cuales libramos nuestras disputas: el barrio, la calle, la vereda, el trabajo organizado desde los territorios, el tejido de gobiernos propios, de prácticas populares transformadoras y autónomas, y la movilización social potente y beligerante para exigir derechos, para defender lo alcanzado, y para seguir acumulando hacia escenarios venideros más decisorios donde el protagonismo sea de los pueblos.
* Sobre el quiebre simbólico a la hegemonía del Poder de las derechas se estará publicando próximamente un nuevo artículo.