Por: Melany Peláez Morales y Natalia Bedoya Alcaraz
Cuando menos pensaron, una piedra, una “piedrísima”, cayó en la sala de la casa vecina. Ya había máquinas y gentes trabajando encima de ellos sin haberse mudado, como lo exigía el megaproyecto vial. “Y que no, que entonces buscáramos una casa para que arrendáramos. Y todo el mundo, 50 familias, buscando en este pueblo una casa para venirse a vivir; o que nos fuéramos para donde un familiar, ¿Y cómo nos vamos a ir para donde un familiar? Si nosotros no tenemos familia aquí. Nosotros no tenemos para dónde irnos. Y busque y busque, muchachas”.
Luz Stella Aguirre es una mujer de 53 años, que escribe, suma, resta y sabe alguito de cuentas. “Una persona muy inteligente”, tal y como lo expresa. Suficientemente dulce para recoger piedras en el camino y pintarlas de colores; suficientemente rotunda para no dejarse robar. Madre de tres hijas y, desde 2021, habitante del municipio de Cisneros, Antioquia.
Vivía en El Balsal, vereda del corregimiento Versalles de Santo Domingo. “Era una casa bien amañadora, al frente había dos mangos grandotes, a esta hora uno se sentaba en unas hamacas que teníamos en el corredor a ver pasar los carros desde por ahí por encima, tranquilo, relajado uno, para llegar una persona a decir que uno se tiene que ir, y que se tiene, porque no es si usted quiere, porque se va o se va…”. Se tuvo que ir obligada por el proyecto Vías del Nus, la doble calzada que conecta el Valle de Aburrá con el Nordeste antioqueño, pasando por el túnel de La Quiebra, entre Santo Domingo y Cisneros.
La promesa de 157,4 kilómetros rápidos y eficaces que rescataran la esencia de lo que fue el ferrocarril de Antioquia, y que explotara el potencial turístico de la subregión llegó desplazando a 50 familias del sector, y afectando a muchas más en las zonas involucradas.
“Yo le digo a mi esposo: nosotros hemos tenido tres desplazamientos, aunque no crean. Nos dieron plata para sacarnos de allí para que compráramos la casita. Pero fueron tres desplazamientos.”

***
Luz nació el 13 de noviembre de 1971 en Alegrías, corregimiento de Caramanta. Su padre y su madre, oriundos de allá, tuvieron dos hijos hombres antes de ella, y una mujer y otro niño después. Luz fue “monita” desde chiquita; andaba de la mano de su mamá la mayoría del tiempo y ocupó el rincón de la cama hasta que nació Gloria Cecilia. Después tuvo que abandonarlo y la ira natural de hija menor consentida y despojada de su lugar favorito, en el que dormía sin miedo, apareció.
“Yo la corría para abajo y me acostaba en el rincón. Un día le metí un confite, casi que se muere. Otro día la ahogué con puro polvo, talco Johnson de ese que le echan a los niños, porque yo no la quería, porque ella me quitó mi lugar, si yo era la niña de la casa”. Pero con el tiempo esto cambió y se convirtió en una mamá amorosa en miniatura. Luz ya no era la que levantaba la mano para agarrarse de su mamá, sino que era quien la bajaba para sostener a su hermana. “Mi hermana dice que a ella no la crió mi mamá, que a ella la crié yo. Porque por donde yo andaba, me la llevaba. A pesar de que yo era una niña, ella era la niña mía”.
Pudo cuidarla con más dedicación desde los 9 años, cuando la sacaron de la escuela. Apenas había cursado primero y segundo de primaria, y le tocó asumir las obligaciones del hogar. La profesora y el rector insistían en que continuara, incluso este último fue hasta la casa a hablar con su papá, que se negó porque ya tenía claro su destino, antes que ella. “Él dijo que no, que a las hijas mujeres no se les daba estudio, porque las hijas mujeres se casaban y para ir a mantener un hombre, que no”.
Por la misma razón no les daba el matrimonio. Porque para él entregarle sus hijas a un hombre sin saber qué vida les iba a dar, no valía la pena. Él “sabía” que si ellas cumplían los quince se quedaban en la casa, con el matrimonio no era así. Por eso esa fiesta sí se las daba y a lo grande. Por ejemplo, la de Luz duró dos días. Empezó después de la misa de las 2 de la tarde, y terminó en la noche del día siguiente cuando ya se habían comido la torta de tres pisos y no quedaba más trago para el baile. Casi toda la vereda de Alegrías fue, porque claro, las hijas de Javier Aguirre eran “de lo mejor de allá”.
Bastó medio año para que él mismo le empezara a buscar esposo. Igual que su mamá, ella se enamoró antes de que la casaran con alguien más. Se repitió entonces la historia desde el momento en el que su padre le prohibió presentarle el muchacho con el que ella hablaba sin antes irse de vacaciones a Támesis, donde la esperaba otro Javier, de 28 años, que la había conocido desde pequeña, cuando andaba pati limpia por las mangas y jugaba a los carritos.
“¿Esa monita tan linda de dónde es?”, preguntaba él, aunque fuera una niña. Ella recuerda esconderse detrás de sus hermanos. “Es la hija de Javier”, le respondían. “Ah, yo voy a esperar a esa monita para casarme con ella”, insistía. Y así fue, el 7 de agosto de 1989 se casaron. Luz tenía 17 años y medio.
—¿Y cómo recuerdas tu boda?
—Triste. Yo quería que viniera alguien que me robara en un caballo como hacían en las películas.
Luz se ponía el vestido de novia y lloraba. Seguramente la llevaron a la iglesia y nadie se dio cuenta de que había llorado. Los hombres resolvieron: su papá quería un yerno como él, que ya tuviera casa, tierra para trabajar, que no tuviera vicios y fuera de buena familia. Luz estaba hecha. “El papá de él era muy poderoso, los Osorio allá eran lo máximo. Cualquier mujer que quedara en esa familia, mejor dicho, estaba hecha”.
El mismo día de la boda se fueron a vivir a Cedeño, vereda de San Pablo, Támesis, a la casa de Javier Osorio, hombre que con el tiempo “ha aprendido a querer”, donde tuvo sus propias hijas: Paula, Maribel y Johana.

***
Luz tendría ya 26 años. Se fue al puesto de Telecom que había en la escuela del pueblo, a 40 minutos de su casa en Cedeño. “Yo fui a llamar a mi mamá cuando el man llegó ahí, se quedó parado, me reparó y se sentó afuera en una sillita”. Afuera había hombres armados, pero nunca lo había visto a él. Después de llamar, se dirigió a la tienda y se lo encontró de camino.
—Venga yo le digo una cosa —le dijo el paramilitar.
—Yo con usted no tengo nada que hablar —le respondió Luz.
—Ah, ¿es que es muy berraquita? Así es que me gustan más a mí.
Luz entró a la tienda y compró bombones para sus hijas. La mujer que atendía le contó que él le había preguntado: “¿Esa mona de dónde es?”. Otra vez, otro hombre, la misma pregunta. “Ella vive por allí”, le respondió la mujer. Entonces, él le dijo: “Yo me voy a robar esa mona”. Que no fuera a hacer eso, que ella tenía tres niñas chiquitas y una tenía apenas dos añitos, le insistió la tendera. “Sí, yo me la voy a robar”, decía de todas formas él. Cuando Luz salió él seguía ahí.
—Yo me la voy a robar a usted —le dijo él.
—Pues como yo no me voy a dejar —le dijo Luz.
—Pues no es lo que usted diga.
—No, yo no me voy a dejar robar de usted, de malas.
—Usted me gustó.
—Pero usted a mí no —y se fue para la casa.
Luz supo que él la estuvo buscando en varias partes de la vereda. Empezó a esconderse en el zarzo de la casa, una estructura muy bien conocida por las familias campesinas. Luz extendía un tendido y dormía encaramada ahí, más cerca del techo que del suelo de su casa. Otras noches las pasaba donde su suegra o donde su cuñada; y así fue por cuatro meses.
A ese pánico de amenaza, se le sumó que en la vereda empezaron a pasar muchas otras cosas. Su casa quedaba a bordo de camino y los grupos armados pasaban por ahí para acampar en las montañas. Iban soldados a pedirles que los dejaran lavar la ropa o bañarse, y a su esposo lo obligaban a transportar mercado en las mulas para guerrilleros o paramilitares. El susto se incrementó. “Uno no sabía quiénes eran, ni a qué atenerse. Si usted atiende un grupo en la casa, entonces vienen y lo matan, el otro toma represivas. Cuando eso, ese era el miedo.”
Después del alta influencia que tuvo el Ejército Popular de Liberación (EPL) en Támesis desde 1983, comenzaron a llegar grupos de autodefensa como La Escopeta, auspiciados por las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU) y las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), que aumentaron su presencia en el municipio durante la segunda mitad de los 90.
“Duré escondida hasta que ya él [Javier] dijo: «No, no, no. Esto no es vida. Vámonos».” Y se fueron. Ese primer desplazamiento determinó lo que sería su vida por un largo periodo de tiempo. Luz y su familia empezaron a vivir en muchos lugares, de finca en finca, donde pudieran trabajar: Pereira, Buenaventura, Cali, Medellín, Cisneros. En algunos sólo unos meses, en otros incluso años.
“Yo le hacía de comer a 35 trabajadores, yo solita. Yo pelaba un racimo de plátanos para el almuerzo y otro para la comida. Del miedo tan horrible. Teniendo uno la casa y teniendo sus cafetales.”
Fue así hasta que les hablaron de una finca en Tuluá, Valle del Cauca. Su nombre lo decía todo: El Encanto. Era una finca ganadera. Javier llegó a ser uno de los administradores, y Luz empezó a tener sus propios recursos haciéndole aseo a la casa de la “patrona”, una casa grande. La vida se volvió tranquila, el trabajo era muy diferente a todos los anteriores.
“La señora lo quería mucho, le regaló un ternero lo más de lindo que lo llegó a criar. Se llamaba Toribio. Vivíamos muy bueno allá. Uno gastaba la leche que quisiera, tomaba la leche que quisiera, hacía el queso que quisiera. No había problema hasta que llegaron”. En marzo del 2011 los saludó su segundo desplazamiento.

***
Nadie sabía si los rumores eran ciertos. Que un grupo de hombres había entrado a atracar una finca en La Marina, vereda cercana, declarada como zona roja. Luz, Javier y sus hijas llevaban ya dos años en El Encanto. Que violaron a las mujeres —dos niñas y la esposa— y que, cuando el señor de la casa se metió, lo mataron, decía la gente. “Nosotros habíamos escuchado ese rumor y todo eso, pero nunca pensamos que eso llegara a pasar allá. Y un día cualquiera por la noche estábamos todos viendo televisión, yo estaba con las muchachas y mi esposo…”, empieza a rememorar Luz.
Primero, escucharon ladrar los perros. Serían las seis de la tarde. Después, escucharon tocar la puerta. No se asomaron y Luz la abrió con tranquilidad porque era común que los trabajadores pidieran café o alguna cosa. Pero no era ninguna cara conocida. Los encontró en cambio alguien que les pidió sus cédulas y sus celulares. “¿Como por qué?”, respondió Luz a la solicitud. A pesar de que se opuso, terminaron arrebatándoselas y llevándolos a todos a una supuesta reunión. No lo sabían, pero El Encanto estaba ya rodeada de hombres con fusiles que no alcanzaron a contar.
Llevaron de a poquito a todos los empleados a una de las piezas de la casa principal, y los dejaron encerrados. Lloraban y temían que les fuera a pasar lo mismo que en la finca vecina. Los hombres entraban de a ratos a vigilarlos. A medianoche le dijeron a Luz que hiciera el favor de hacerles un tinto. “Yo no le voy a hacer tinto a nadie”, les respondió ella. Terminó haciéndolo una de sus hijas y el otro administrador de la finca, que no era Javier. Cuando estuvo listo les ordenaron: “Sírvales a ellos”. “Nos tocó tomar a nosotros tinto. Como para que no los fuéramos a envenenar”, dice Luz.
“La hija mía, la pequeña, ella lloraba y lloraba y decía: «Nos van a matar, nos van a matar, nos van a matar». Entonces el man puso el arma y dijo: «Calla ya esa muchacha, o no respondo por ella». Yo le dije: «Mami, no llore, no llore». Y cuando comenzaron a llamar los administradores, el primero que llamaron fue a mi esposo. Y le preguntamos nosotros a otro man que había ahí: «¿Y para qué los llaman?». «No, es que los vamos a matar». Nosotros todos nos tapamos los oídos, y mi hija pequeña gritaba, esperando a ver cuándo escuchábamos el tiro…”
No mataron a ninguno; sólo les preguntaron por la dueña de la finca, que quién era y que si les pagaba bien. Tuvieron toda la noche para buscar el ganado “más bueno”, marcarlo, montarlo en dos camiones y llevárselo. Fueron en total 20 terneras robadas, dos loras, hamacas nuevas, sogas, una moto, los celulares y lo demás que se les atravesó en el camino: “Cuando nosotros oímos una cosa que explotó. Nosotros dijimos: «ay, a quién matarían». Mentira, era la alcancía. La explotaron y se la llevaron”. Era la alcancía de una de las niñas, hija del otro administrador.
Antes de irse, les dijeron que agradecieran que no violaron mujeres, ni hicieron “nada”, dando a entender que no eran los mismos personajes del rumor; aunque ninguna de ellas y ellos supiera quiénes eran los unos y quiénes eran los otros, o si eran los mismos.
El “no, esto no es vida” se repitió. Esta vez lo dijo ella y no Javier. Intentaron quedarse trabajando y cuidando la finca, pero todo era distinto. Cerraban todo con candado desde las 4 de la tarde y ese pánico que conocían de antes, volvió. Los perros ladraban y ellos se asustaban. No podían dormir pensando que iban a volver.
A mediados de 2011, el municipio de Tuluá estaba en disputa entre la guerrilla de las FARC, Los Rastrojos, el Ejército colombiano, Las Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC) o Urabeños, y otros grupos asociados al narcotráfico que se enfrentaban, sobre todo, por el control de actividades ilegales como la extorsión.
Aguantaron solo dos meses y se fueron, otra vez a lo que ya perfectamente conocían: Cisneros, Tuluá, Medellín, Cisneros. En algunos solo unos meses, y en otros incluso años. Hasta que llegaron a El Balsal.

***
Siendo 2014, Camilo, uno de sus yernos, les regaló un “plancito donde podía caber otra casa”, ahí en la misma vereda en la que él y su familia vivían: El Balsal, una vereda del corregimiento Versalles, ubicado en Santo Domingo, municipio cercano a Cisneros.
“Javier, pues haga una piecita ahí para que se metan ustedes, para que dejen de estar rodando por ahí. Usted consigue trabajo por ahí en alguna parte, aunque sea jornaleando, para que no estén donde los humillen ni nada”, les dijo Camilo.
Con la liquidación de la última finca en la que habían estado y el sueldo de dos meses de jornales por recolectar café, construyeron su casa. Hicieron primero una pieza, que luego se convirtió en más. Ya vivían solamente con su hija menor. Comían mango y apreciaban el atardecer desde una hamaca, y Luz tenía un jardín.
“La casita muy amañadora, porque tenía todas las aguas propias. Nosotros teníamos los animales allá, muchos jardines, ¡cómo me gustan a mí los jardines! Había frutales, había de todo. La cebolla que uno cogía, tomatillos, y sembraba por ahí cilantro. Teníamos huertica y todo eso, maticas de plátano…”
Vivieron 6 años de felicidad, trabajando de todas formas porque la soberanía todavía no les daba para vivir. Pero parece que en su vida Luz estaba destinada a que la siguieran, no sólo las mismas preguntas, sino también los mismos rumores:
“El otro día oímos el cuento de que iba a pasar una doble calzada, pero nosotros nunca nos imaginábamos que iba a pasar por la casa de nosotros (…) Estábamos bien tranquilos ahí cuando llegan a hacer firmar papeles y todo eso, y empezaron todas esas máquinas desde arriba. Ya habíamos firmado el papel y todo porque si firmábamos papeles y aceptamos lo que ellos nos propusieron, entonces nos daban 65 millones y si no, que nos daban 18 millones, pero que de todas maneras nos teníamos que salir.”
La Agencia Nacional de Infraestructura (ANI) hizo los trámites. El proyecto Vías del Nus, de iniciativa privada, hace parte del programa de Cuarta Generación (4G) de concesiones viales del Gobierno Nacional, ejecutado por esta institución tras la firma de un contrato crédito por $1,4 billones. Las compañías Mincivil, SP Ingenieros, Construcciones El Cóndor, EDL Ingenieros Consultores y Latinco crearon el consorcio que estará a cargo de la concesión por 30 años.
“Cuando menos pensamos, no podíamos encontrar casa. Yo venía todos los días aquí a este pueblo [Cisneros] a buscar para dónde meternos. Nada, nada. Y nosotros viviendo allá y ya la carretera pasándonos por encima, bajando piedras. Nos dañaron la toma del agua. Por eso decimos que eso fue otro desplazamiento. Todos los días nos llamaban los ingenieros, «¿ya consiguieron casa?» Y nosotros sin saber para dónde nos íbamos a ir.”
Según Luz, no hubo previo aviso a la comunidad sobre la construcción de la obra, ni sobre la obligación de venta de sus propiedades. Les avisaron cuando las máquinas ya se estaban asomando y les impusieron el trato. Ella supo de un vecino que se negó a entregar su finca en el valor que le estaban ofreciendo: “Le consignaron los 18 millones y la finca de él era de más de 100 millones de pesos. Y él dijo que no, que él no desocupaba, y se pusieron a echarle las máquinas. Así pasó con nosotros allí, nosotros decíamos que era muy poquita plata…”
En 2021 lograron encontrar una casa en venta en Cisneros, la compraron sin pensar, estuviera como estuviera, con los 65 millones que les dieron. Tuvieron que hacerle frente a las preocupaciones: pagar por agua, por luz, por gas; también al “todo tan caro” y a preguntas como “¿y yo en qué voy a trabajar allá?”.
El 27 de noviembre comenzaron a vivir en ella y con el tiempo construyeron el segundo piso en el que viven ahora. Luz y Javier montaron los muros y el techo. Luz pintó y estucó sola mientras Javier salía a trabajar. Ya llevan 4 años ahí.
“A mí me dio muy duro los primeros días que yo me vine, yo lloraba mucho aquí. A pesar de que sabía que la casa es de nosotros, yo lloraba mucho, extrañaba mucho mi campo y todavía […] Yo que tuviera la oportunidad, me devolvería para el campo […] Es algo muy traumante […] La misma tristeza, el mismo miedo, porque usted siente es como miedo”.

Luz ha sido la única en su familia que ha sido desplazada por el conflicto armado o a causa del “progreso”. Pasó mucho tiempo para que se diera cuenta de que hacía parte de lo que hemos denominado población víctima. Cuando le contó a su hermano sobre esa posibilidad, él le respondió: “Esta es como boba, ¿usted de dónde saca ese cuento? […] Lo mismo cuando yo le dije que iba a pasar una carretera en El Balsal, él decía «Estás como loca, ¿cómo va a pasar uno una carretera por esta montaña? Vos es que te embobaste, ¿de dónde sacaste eso?»
A ella también se le hacía extraño, pero encontró apoyo en casos parecidos, como el de su vecina. “Vaya y hable que a usted le pueden dar casa o de pronto le dan una ayuda cada mes o algo…”, le decía. Ella le explicó a Luz cómo funcionaba el papeleo para una reparación institucional y la animó a que consultara en el Enlace Municipal de Víctimas de Cisneros. Actualmente está esperando que la llamen para reclamar los más de 17 salarios mínimos legales vigentes que corresponden a la indemnización por ser desplazada.
Luz hace parte de las 2.342 víctimas que había registradas en Cisneros hasta mayo de 2025. Allí ha encontrado un refugio donde sentirse tranquila, en paz y agradecida de compartir con su familia. A principios de este año, participó en los encuentros del Semillero Comunicaciones, Cambio Social y Construcción de Paz de la Universidad de Antioquia que se realizaron en el municipio. Contó su experiencia como desplazada, pero también habló de perdón, de lo feliz que intenta ser cada día, de la calma que le produce sentirse escuchada y, por supuesto, de lo bien que está en su casa.
Luz cría pollos y conejos en su patio, aunque no sea tan rural. Sigue sembrando cebollas y decora su casa con cuadros de flores y mariposas hechas por ella. Recibe cartas de abuela y hace albóndigas deliciosas. “Vean, mi hermano, el que murió, y el otro, que está ahora en Medellín…”, dice señalando las fotos de sus álbumes. “Estas son las dos hijas, las primeras, mi papá, mi mamá… Y aquí, vea, al otro día me casé yo… Esto fue el día del matrimonio, que mi papá me compuso una canción. Eso fue como si hubieran sacado un muerto de la casa el día que yo me casé. Mis hermanos lloraban, mi mamá lloraba, eso fue una cosa aterradora… Mi hermana cuando los 15… Aquí estaba en embarazo yo de Paula… Aquí están toda la familia, mi papá, hermanas y hermanos. Nelson, Aldemar, Héctor y está el esposo de una de las tías…”
Muestra las fotos con cierta alegría, no ha perdido su determinación. Aprendió todo lo que se puede aprender después de escribir, sumar y restar. Tiene un diario donde anota todo sobre su vida, por eso nunca se le olvidaban las fechas de esos eventos tristes. Lo peor y lo mejor, lo que nunca le ha contado ni le contará a nadie. Ya les dijo a sus hijas que cuando se muera no lo vayan a leer, sino que se deshagan de él. Lo tiene escondido encima del chifonier y aunque no le molesta compartir su historia, ese sí no lo iba a mostrar. Como ya es sabido, suficientemente dulce para recoger piedras en el camino y pintarlas de colores; suficientemente rotunda para no dejarse robar.











